Todo siendo nada

29 mayo 2013

Todo siendo nada


El hombre de dos corazones

18 enero 2013
ilustración de Maria Jose Daffunchio.

ilustración de Maria Jose Daffunchio

Hay una historia, tal vez dos, que hablan de ella. El resto, los enlaces con otros seres vivos, se han ido borrando en el mar de la poca importancia. En su vida se había cruzado con demasiadas personas irrelevantes, casi tan insignificantes como ella misma, y nadie había guardado algún recuerdo de sus encuentros. Así, si alguien se  interesaba, tenía que leer la historia en su viva voz, escuchar todos los laberintos recorridos hasta llegar al momento de su no muerte. Pero, ¿quién sabía de ella? ¿Quien le preguntaría por su no existencia?

Solo él. Tal vez recordase un algo, una anécdota, un beso furtivo que aun no ha malgastado, o caricias que no se confundan con otras caricias. Si es así no lo demuestra; baila sobre el mundo como si nunca hubiese coincidido con aquella sombra. Tiene dos corazones pero que importa quién se lo regalo o si aquellos besos son de otro, le alegra en los días grises y eso es suficiente. El nombre de la que fuera su dueña tanto da si ya no le pertenece, si puede venderlo por otro cualquiera más joven y fresco.

A veces, ella, fingía ser un alguien que no habitaba en su interior. Se daba importancia para que la mirasen y escribía capítulos que podían ser vagamente recordados. Pero no era su historia, era una obra de teatro en la que aparentaba conservar un corazón latiendo la misma pesadumbre, marcando los mismos silencios y amarguras. Esos días era poca la realidad que se le escapaba de entre los labios. Dibujaba un corazón sobre cartón grueso y lo pintaba de fuego antes de colgarlo bien visible en la solapa, que todos pudiesen respirar su personaje y lo quisieran aún sin conocerla. Cuando terminaba la pantomima quemaba su disfraz sobre el viento, para que una de las dos pudiese paladear la libertad, luego se condenaba a media vida de no coger las llamadas, enviar el spam a la papelera y a escribir una y mil veces ” Jamás volveré a salir de mi mundo”. Cuando vuelven a olvidarla construye otro pequeño poema sobre el cómo hacer llevadero lo insoportable. – Estas loca- por eso se fue. Se marchó llevándose hasta el hueco de su dolor. Llegó tan lejos que, a tanta distancia, solo podía odiarle- No me busques.

Las noches de luna llena el hombre lobo era amable- Ven- y ella rechazaba sus, para los tiempos que corren, buenas intenciones.  Solo quería comer un poco pero ella era demasiado complicada. Tenía que esperar la dulce muerte y no tenía tiempo de llorar otros huesos. Siempre que la segadora llamaba a su puerta era buscando a alguien con un corazón prendido a la solapa.- Los fantasmas- solía explicarle- no me pertenecéis.- De nada servía que insistiera en ser la misma chica, la muerte se iba sola, sin encontrar a la difunta adecuada.

Alguna vez estuvo tentada de no borrar el disfraz, dejarse atrapar por el frío toque. Pero no soportaba la idea de que alguien reconociese el cadáver de quien no era o, más bien, que no supiese el hombre de dos corazones a quien pertenecía. Aun esperaba que entrasen sus dos latidos para poder fundirse, jamás regresaba. – Sabes- un día la muerte tuvo un ratito- Llevo siglos viniendo a por tus extraños compañeros de piso. Nacen y desaparecen por arte de magia. Nunca puedo matarlos y tu quieres que te coja a ti por ellos, eres muy rara. No creo que vuelva nunca más por aquí a perder el tiempo.- También se fue el hombre lobo enamorado de la libertad. No le Prohibió seguirle pero ella tenía la cabeza perdida y no se dio cuenta. Tampoco le prometió no regresar. Se llevo la mano al pecho agujereado y sintió el recuerdo de una palpitación que pugnaba por volver a llenarla. Cogió tijeras, cartón, pintura y un imperdible. Escondió su vacio tras la manualidad y miro a su alrededor, no había nadie. En la calle la gente parecía ignorarla- son ciegos- le dijo el viento.

- Entonces, tu- pero se marcho deprisa por que no quería cuentas con ella. Había visto demasiadas veces como se había dejado amar con un capricho y luego había desaparecido, todos los ciegos lo habían visto. Nadie se le acerco y aquella noche durmió sola. Lo intento un par de veces más antes de escribir su nombre con cuchillas por todo el cuerpo. Pero ella cumplió su palabra, no apareció.- Llamas a la muerte equivocada- le dijo la puerta cerrada- ella no vendrá. Ni ella ni al que deseas- luego perdió un poco más la cabeza y se sentó a no esperar nada.

Cuando volvió el hombre lobo solo fue una pequeña visita por los viejos tiempos.- sigh, niña mía, que hambre me vas a hacer pasar, que bonito corazón de papel se te pudre a los pies. ¿Me lo dejaras comer esta vez?- con una risita juguetona le dijo que no- Bueno,- se conformo el animal- tampoco sería suficiente para saciarme, es pequeño como el de verdad. Busque a tu amigo para ver si él me dejaba arrancárselo.- De repente ella comprendió el horror y escribió el pánico de lo que pensaba en su rostro- oh, no te preocupes. Fui a matarle pero ya estaba muerto cuando llegue, ha pasado demasiado tiempo para únicamente dos corazones. Yo quería liberarte de su carga pero tú ya eras libre, no te hacía falta.

De repente ella había contado todas sus arrugas, había sumado los años, la espera y, todo, pareció demasiado para este final.- ¿está muerto?- susurro. Pero eso ya no iba a cambiar nada.

LaRataGris


El hombre silencioso

5 julio 2011

Le describía sin darme cuenta de que hablaba de una parte de mi. Perdía mi tiempo en amarle sabiendo que ni tan siquiera sería mínimamente odiado. Yo era una nada muy insignificante, una poca cosa nimia y absurda. Aún así me humillaba para satisfacer al hombre silencioso. Abría la ventana para que pudiese contemplar la estrellas y borraba la tristeza de sus labios limpiando la comisura de los mismos con agua y miel.

El sólo hablaba con la mirada perdida. Explicaba infinitos y cerraba los ojos mientras esperaba que el mundo asintiera.

Un día mis venas se marchitaron, empece a exudar sangre y tuve que alejarme para no seguir muriendo. Creo que esa fue la única vez en la que el dios bajo para saber por que no le idolatraban. Miró a su alrededor y al distinguir mi estado lamentable regresó a su pedestal, a su monólogo de eternidad y yo mismo.

LaRataGris


Sinsentido

16 mayo 2011

Sinsentido


Amor

1 mayo 2011

amor

Feliz día a todas las madres.


El mapa de nuestras heridas

11 marzo 2011

El mapa de nuestras heridas

El amante de la luna

Amanece y la luna le da un beso de buenos días, lo desacuna suavemente y con palabras hechas de luz le susurra- despierta mi dulce niño, ya es de día-. Él se quita el disfraz de soñador, se maquilla de rutinas y vestido como hombre de provecho desaparece en la calle.

Cruza las estaciones de tren, se mueve deprisa para llegar el primero, poder comprar, vender, fabricar,…producir el máximo de piezas útiles y ser un eslabón indispensable para su cadena de montaje. Acaba exhausto de rebotar sobre las paredes.

Desganado se arrastra sin fuerzas hasta la noche.- Amor- le da la bienvenida su alegre luna menguante y lo baña en un sueño que le lleva por tierras tranquilas.

Sin mantenerse entero se desmonta y guarda cada pieza en una cajita donde, acurrucado, deja que su luna lo acaricie. -Buenas noches- le sonríe agotado- no sabes lo mucho que te he necesitado hoy.

 

 

 

 

Las partes del mapa

Se habían acostumbrado a ser las dos partes de un mismo mapa. Dos vidas que se necesitan la una a la otra para poder ser leídas. Un abrazo casual y los pliegues de la piel empezaban a montarse sobre sus cuerpos, dibujando el recorrido de sus días, marcando con una equis algún lugar donde se había perdido un tesoro.

Cada noche se rompían los dedos recorriendo los lugares comunes del dolor, como hombrecitos caminando sobre sus cortezas. Seguían el trazo de la línea discontinua tatuada en el pellejo. Los brazos se fundían en un abrazo para poder soñar un camino secreto y, sobre los dos unidos, se cruzaban los segundos en una maraña de sin razón.

Con caricias desenredaban las carreteras del pasado, pintaban nuevas sendas y reordenaban el mapa de sus heridas para que nada doliese tanto. Era un plano de vencidos buscando consuelo.

Los besos ladrones les desgastaban, borraban las marcas del dolor y a cambio dejaban un llanto de silencios. Habían aprendido a regalarlos sin amor, erosionar su exterior para que las primeras luces del alba encontrasen el interior de los amantes hecho un nudo de noche.

 

 

 

 

La luna

 

A ella le quedan los días soleados, el silencio y la tranquilidad de la casa vacía. Se levanta primero, deshaciendo el lazo de los cuerpos y, entre caricias, lo despierta con suavidad y le da un beso antes de que se marche.

Se siente tan fresca y radiante que necesita estar sola, no pensar en nada ni nadie.

Tan feliz de su nueva vida, los primeros pasos sobre la tierra para acabar haciendo lo mismo de siempre, no parece importarle porque la memoria ha olvidado los años.

Se pinta de juventud, de perder el tiempo y quedarle una eternidad por delante. Pero las fuerzas que aún deberían ser eternas se disipan sin más y la enfermedad le clava un cuchillo en los huesos que parecen quebrarse dentro del cuerpo. Se deja caer incapaz de llegar a ningún sitio. Cierra los ojos, se siente demasiado frágil a pesar de este invernadero que se ha hecho construir. Cuenta los tic tac del reloj, los ordena en grupos de diez y, cuando tiene los equivalentes a once horas adivina a su amado llegando de trabajar.

Se arranca un pedacito de corazón, apretando los dientes para soportar el dolor . Esta noche lo volverá a acunar, le borrará la pena igual que él la mece y la reinventa.- No sabes lo mucho que te he necesitado hoy- y ella le responde sin pronunciar palabras- Yo también necesitaba sentirte.

LaRataGris.


A flor de piel

13 febrero 2011

A flor de piel


Las flores del sueño

11 febrero 2011

El campo de la soledad

 

No recuerdo cómo llegamos a este yermo, si lo hicimos a la vez o por separado pero, un día estábamos los dos necesitándonos. Empezamos a rellenar carencias hasta convertirnos en una sola persona, sobreviviendo a aquel infierno de soledad con la suave caricia de nuestros labios. Si se nos llevaba el viento nos cogíamos de la mano, nos atábamos a la tierra y curábamos las heridas del golpe. Si uno sentía el miedo girándole el estómago, el otro se acurrucaba a su lado, temblando, lloriqueando,…consolando.

 

Nos perdimos mil veces en ese desierto antes de admitir que jamás tendría fin aquel rojo abrasador. Moriríamos allí en cuanto dejásemos de poder comernos, cuando nuestros cuerpos no regenerasen por las noches todo lo que nos alimentaba de día. Construimos nuestro hogar junto al único árbol que vimos después de rendirnos. Levantamos paredes de nada, acostándonos a dormir sobre el suelo rojizo mientras nuestro techo de nubes nos protegía de la lluvia de estrellas. Amanecíamos abrazados, soportando el frío del silencio.

 

miedo

ilustración de Juan Kalvellido y Maria Jose Daffunchio

 

El camino de las hojas

 

Cada mañana brotaban del árbol cientos de brillantes hojas de vivos colores. Parecían gritarle al hiriente monocromo del lugar. Una pequeña esperanza de vida tan efímera como los segundos que nacen para morir al instante. Como si fuese primavera y otoño a la vez se asomaban para caer y dejarse llevar por el viento. Nada las retenía, no quedaban recuerdos de su paso, se perdían en el horizonte. Al atardecer sólo quedaba un árbol calvo, de tronco rojo y enfermizo, como si la luz hubiese sido un sueño transitorio.

 

A fuerza de repetirse la fantasía, de formar parte del espectáculo matinal, fuimos construyendo en nuestra mente la idea de que, a lo mejor, era real. En un acto reflejo despertábamos sin nada que hacer, con los ojos enfocados hacia sus ramas. Seguíamos con la mirada su recorrido hasta verlas desaparecer, siempre en la misma dirección, una supuesta salida del infierno.

- Tal vez- me susurró desesperada de aquella cárcel sin muros- si realmente no es un sueño… puede que estén huyendo, que conozcan un camino y…quizá si las seguimos podamos escapar nosotros también.

La até tan fuerte como pude, como siempre habíamos hecho, asustado de que se la llevase la misma brisa que a las hojas. Le hablé de cuando buscábamos el final de la prisión, de cómo destrozamos nuestros pies para seguir estando en medio de la nada.- Es un camino de viento, solo tendríamos que dejarnos llevar pero, desaparecería dejándonos caer o, en sus caprichos, nos abandonaría a distintas corrientes, nos separaría dejándonos huérfanos. Es mejor olvidarnos…aceptar de una vez nuestra situación-.

 

Pasaban los días y parecía incapaz de sentirse viva. Se tumbó a los pies del árbol, se hizo un nudo en los labios y me quedé solo. En sus ojos se leía la pena de verse atrapada. Lamí sus heridas como siempre había hecho, pero esta vez se negaba a sobrevivir. Regué sus labios con mi sangre, intenté alimentarla.

 

Acaricié su rugosa piel con dientes afilados. Su cuerpo ya no regeneraba mis mordiscos, su carne se volvía insuficiente y poco gustosa. Me cansé de cuidarla.

 

Empecé a tener siempre hambre. Mi cuerpo se retorcía hueco, se hacía pequeño y me costaba moverme. Miré a mi alrededor siempre igual. Ya no tenía sentido poder caminar. Brotaron raíces de mis piernas, se formaron ramas en mi cabeza y me convertí en un árbol como el que nos había cobijado, fue lo único que se me ocurrió para poder resistir.

 

Las hojas de viento.

 

Un día ella se levantó. Comenzó a caminar ligera sin el peso de su cuerpo. Bajo sus pies ya no quedaba mundo. Surcaba la senda del viento, rodeada de hojas multicolores que seguían su mismo camino. Avanzaban los kilómetros y empezaron a perder su color, se hacían transparentes, más suaves y delicadas. Se convertían en hojas de viento y se disgregaban libres. Su imagen también cambiaba, poco a poco se volvía invisible, desaparecía igual que mis flores del sueño en cada amanecer.

 

 

LaRataGris.




Reescribiendo margarita

19 noviembre 2010
Dafne

ilustración de Maria Jose Daffunchio.

Erase una vez un quizá en el pétalo de una margarita, un tal vez o depende y puede…mientras se iba deshojando. Cuando el tiempo reescribió las historias borro la inocencia y las respuestas fáciles. En cada nueva flor que se le marchitaba entre las manos se añadían mil por qué, justificaciones, miedos. Uno de sus ojos ya no quería ni mirar asustado, el otro fingía un falso valor y confianza para que el resto de su cuerpo no huyera en estampida, acabaría desmembrada, esparcida en pequeños trocitos de lo que fue.

Un abrazo ata sus partes, una caricia con la lengua- ¿Qué te han dicho los pétalos? ¿sigo enamorada?- La voz suave la arrulla, la desarma y olvida todo lo que ha leído. Las páginas florales quedan en blanco para volver a enamorarse.

-No me han dicho nada, tendremos que predecir nuestro propio futuro.

LaRataGris.


Miedo a la revolución

27 marzo 2010

Miedo a la revolución


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