La muerte del arte. El chisme

– Con todos ustedes – Dijo el maestro de pista-, con todos, todas y todes: el increíble, el fabuloso, el magnífico hombre menguante.

Un fuerte aplauso llena la carpa cuando irrumpe en ella un hombre corpulento, de aproximadamente cuarenta y cinco años. El mastodonte; alto como de aquí al sol, ancho como la tierra, mantiene los ojos cerrados mientras inspira y expira rítmicamente. Entre los espectadores nadie rompe el silencio.

Flexiona las rodillas, se dobla sobre sí mismo, se queda en posición fetal, menguando triste y solitario en un rincón oscuro.

– ¡El impresionante hombre menguante! – vuelve a gritar el maestro de ceremonias.

La gente estalla en vítores de admiración mientras el artista no para de llorar en la penumbra.

LaRataGris

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