Era aún pequeño cuando aprendió a contar. Podía agrupar hasta veinte objetos sin esfuerzo; llegaba a treinta si se concentraba. El treinta y uno, al principio, se le escapaba.
Como no sabía hablar nadie se enteró de su proeza.
Creció y creció también su habilidad. Claro que superó los treinta y seis colores de su caja de lapiceros, los trescientos sesenta y cinco días de un año pasaron mientras él contaba los granos de arroz de cada paella, la arena del desierto, el número de estrellas que veía: las que se le escapaban, las vivas, las muertas.
Contaba horas, minutos y segundos; los latidos de su corazón, su ausencia: cero y murió demasiado pequeño como para poder ser algo más que una estadística.
Como cada año pasa. La gente se siente eufórica, felicita la novedad, exorciza los malos momentos. Como si fuese tan fácil, cae un segundo y todo cambia.
Feliz año nuevo, aunque yo me mantendré en la neutralidad de continuar.
sobrevivió al invierno. Se despertó en primavera, escuálido como una ramita quebradiza; ya sin fuerzas, con la despensa temblando como había temblado él.
La nieve se derretía, la vida regresaba. Salió con la inercia de quien quiere recuperar su existencia.
Una brisa suave lo tambaleaba en un baile extraño.
– Mmm – Musitó como si fuese esa palabra la única que podía pronunciar. Rió, cerró los ojos y se dejó caer.- He sobrevivido al invierno, ya puedo morir- como si sobrevivir fuese el objetivo.
De alguna manera que era incapaz de comprender, se había roto. Se le veía en la cara, incluso antes de desmoronarse. No tenía que decirlo, había caducado como caducan los árboles en otoño.
– Ven – quiso repararlo. Lo abrazó esperando una reacción que no llegaba. Dejaba que el viento lo rodease; sin crecer, sin desmoronarse.
Se separó, aflojó la presa sabiéndose insuficiente. De alguna forma se había roto y no se quería reparar.
Hubo al principio una ascensión lenta y dirigida. Hacia abajo, la caída, se veía terrible. Hacia arriba lenta, dirigida, monótona; parecía interminable. Como si el pico de la montaña fuese un cielo inalcanzable.
Ya no importa. Resbaló y cayó como un relámpago fulminante. Cuando la fricción lo desposeyó de fuerza e iniciativa continuó deslizándose pendiente abajo, paulatina e irremediablemente.
Contrariamente a lo que te puedas imaginar, con cada giro, cada metro perdido; se sentía más lleno y feliz. Se iba quitando el lastre innecesario hasta que, desnudo, frenó contra un saliente.
Con el cuerpo magullado y las fuerzas reducidas gritó- ¡Fuera la careta del triunfo!¡Adiós al disfraz de la aceptación!
Hasta el averno había sido un viaje rápido y trepidante, mucho más de lo que fue la pesada subida. La adrenalina de tantos años explotó en luces dolorosas.
De pie respiró el aire puro del infierno y se sintió como en la promesa de un paraíso perdido. Se sentó a admirar aquel lugar idealizado.
Sobre su cabeza sonaban los cantos de sirena. Por debajo, en un abismo más profundo, los lamentos condenados.
Estaba en el lugar perfecto y no decidió quedarse. Se lanzó de cabeza dispuesto a ser uno más de los únicos que aún pueden cambiar el mundo.