Ya no distinguiamos el día de la noche. La ciudad se había sumido en la oscuridad absoluta de sus malos humos; un escudo contra los rayos del sol y las estrellas.
La negrura devoraba la luz de nuestros pensamientos. Nos volvía cenicientos, arrastrados de pies y manos.
En general parecíamos actuar igual que antes, con la misma eficiencia, idéntica actitud;
pero, por mucho que repitieron las mismas palabras una y otra vez, no era lo mismo.
La cabeza se nos marchitaba triste y desolada.
El futuro era gris, las arengas negras, ya no había clavos ardiendo a los que agarrarse y, aún así, continuábamos vivos en la ciudad oscura.
Sopló los dados, rezó y los lanzó con la violencia del desespero.
– Doble seis, doble seis – lloraba la ficha sobre el tablero mientras intuía el resultado por la cara del jugador.
– No te agobies, Roja – intentó calmarla Verde-. Es solo un juego.
-iCallate, Verde!- gritó sin mirarla-. iYo soy la que está perdiendo!
– La diversión la hemos perdido todas – Dijo Amarilla con desgana
– ¡Amarilla!- Más roja de cólera que nunca-. i Déjate de putos tópicos! ¡Nos jugamos la vida!
– No es verdad – volvió Verde-. Morir es regresar a la casilla de salida, volvemos a empezar.
-Las mismas torturas una y otra vez. Con suerte se cansan y nos devuelven a la caja, hasta la próxima partida – dijo Amarilla resignada-. Seremos peones del juego hasta que nos unamos contra él y dejamos de luchar por ser el primero en esta carrera sin sentido.
– Doble seis- grita Roja emocionada. – Adiós, perdedoras.
El señor Mustélido, de ojos vivos y sagaces cuando era joven, se había embelesado con los placeres inmediatos; se le había nublado la mirada y el juicio.
Trabajaba para llenarse de niebla, caminando siempre por un laberinto desconocido que le arrastraba irremediablemente al mismo callejón sin salida.
-¿Dónde Vas Mustélido? – y él gruñía una respuesta ininteligible, sonreía sin saber porqué y continuaba atrapado, perdido.