Las noches de verano salía a respirar al balcón. Se sentaba y, sin mirar las estrellas, leía las historias del cielo inalcanzable.
-¿Te gustaría volver a surcarlo? – siempre le preguntaba su memoria.
-¿Yo?- se contestaba-Nunca hice nada importante para merecerlo.
– Y, sin embargo, viajaste por el firmamento, te bañaste en esponjosas nubes,…
-Niñerías- como si no tuviese pasado – solo era mi forma de vivir, nada especial, nada que añorar.
Entonces miraba el futuro infinito y sonreía arrugando un poco más su cara. -Lo hecho hecho está y, en realidad, no es nada. He sido feliz, lo tengo todo por delante.
– Ya tienes ochenta y tres años – le recordó su memoria.
– ¿Ochenta y tres? Nunca había estado en un país como ese.
Hacía tiempo que el rey no recibía a nadie. Pasaba día y noche jugando en la soledad absoluta de su cuarto. Solo permitía que llamasen tres veces a su puerta; un golpe cada vez. Escuchaba el «toc” y esperaba diez minutos antes de abrir y encontrar desayuno , comida o cena en bandeja de plata.
Comía y dejaba los restos del otro lado, sin ningún contacto con sus subditos.
Preso de lujos por decisión, no quería ni necesitaba salir. Era el rey solitario, le debían obediencia y el mundo tenía que girar en la dirección que había escogido aunque, siempre, lloraba su aislamiento.
Era aún pequeño cuando aprendió a contar. Podía agrupar hasta veinte objetos sin esfuerzo; llegaba a treinta si se concentraba. El treinta y uno, al principio, se le escapaba.
Como no sabía hablar nadie se enteró de su proeza.
Creció y creció también su habilidad. Claro que superó los treinta y seis colores de su caja de lapiceros, los trescientos sesenta y cinco días de un año pasaron mientras él contaba los granos de arroz de cada paella, la arena del desierto, el número de estrellas que veía: las que se le escapaban, las vivas, las muertas.
Contaba horas, minutos y segundos; los latidos de su corazón, su ausencia: cero y murió demasiado pequeño como para poder ser algo más que una estadística.
Como cada año pasa. La gente se siente eufórica, felicita la novedad, exorciza los malos momentos. Como si fuese tan fácil, cae un segundo y todo cambia.
Feliz año nuevo, aunque yo me mantendré en la neutralidad de continuar.