Vivía tras la seda de unas cortinas de miel. Dormitando mientras sus lacayos paseaban frente a su ilustrísima majestad; en un desfile complaciente, reverencial, inhumano.
De tanto en tanto abría los ojos, se maravillaba de sus inferiores. Pensaba: que despreciables y sintéticos parecen.
– Acércate- ordenaba-. Encended, jugad la luz del gran sol-. Se mostraba caprichoso-. Reid, llorad. Fingid hasta que todo sea cierto.
Y el pueblo debía ser complaciente, no rebelarse, no pensar o el rey se levantaría de detrás de su cortina de miel.
Gran inauguración, el cartel no añadía nada más. Bajo su sombra una puerta estrecha y oscura. El portero, de aspecto dudoso, saludaba a los escasos visitantes.
-Quizá esta noche lleguen más criaturas- dijo la araña -. La nocturnidad siempre invita a recorrer las calles silenciosas.
-Cállate- le gritó el hombre -. A nadie le importa el privilegio de las hadas. Su fulgor se apagará sin más.
-Y, cuando ya no quemen al paladar, nos las comeremos- se relamió saboreando su carne tierna entre los quelíceros.
Esperaron por tres noches hasta ver como dentro caían sin que nadie viniese a salvarlas. Esperaron por cuatro días más y al final de la semana se sintieron seguros de poder hacer con las hadas lo que quisieran.
Bajó del cielo rodeada de invisibilidad e intenciones. Alzó los brazos y habló para los humanos-. Os he traído el fuego que nace del mismo corazón del sol-. Pero poco dura la maravilla cuando todos teníamos una llama artificial y una vida por continuar.
Regresó en el mismo silencio que había llegado, sabiéndose una diosa innecesaria. Mientras las hormigas pudiésen generar sus propias maravillas no necesitarían mitos y leyendas.
Ya no distinguiamos el día de la noche. La ciudad se había sumido en la oscuridad absoluta de sus malos humos; un escudo contra los rayos del sol y las estrellas.
La negrura devoraba la luz de nuestros pensamientos. Nos volvía cenicientos, arrastrados de pies y manos.
En general parecíamos actuar igual que antes, con la misma eficiencia, idéntica actitud;
pero, por mucho que repitieron las mismas palabras una y otra vez, no era lo mismo.
La cabeza se nos marchitaba triste y desolada.
El futuro era gris, las arengas negras, ya no había clavos ardiendo a los que agarrarse y, aún así, continuábamos vivos en la ciudad oscura.
Sopló los dados, rezó y los lanzó con la violencia del desespero.
– Doble seis, doble seis – lloraba la ficha sobre el tablero mientras intuía el resultado por la cara del jugador.
– No te agobies, Roja – intentó calmarla Verde-. Es solo un juego.
-iCallate, Verde!- gritó sin mirarla-. iYo soy la que está perdiendo!
– La diversión la hemos perdido todas – Dijo Amarilla con desgana
– ¡Amarilla!- Más roja de cólera que nunca-. i Déjate de putos tópicos! ¡Nos jugamos la vida!
– No es verdad – volvió Verde-. Morir es regresar a la casilla de salida, volvemos a empezar.
-Las mismas torturas una y otra vez. Con suerte se cansan y nos devuelven a la caja, hasta la próxima partida – dijo Amarilla resignada-. Seremos peones del juego hasta que nos unamos contra él y dejamos de luchar por ser el primero en esta carrera sin sentido.
– Doble seis- grita Roja emocionada. – Adiós, perdedoras.