Abrir y cerrar los ojos. Un segundo, un acto instintivo que repites una y otra vez: abres, cierras, abres, cierras…
Un día decidiste alargarlo: cierras uno, dos, abres; respiras y un poco más: cierras, uno, dos, tres, cuatro; tomas aire, abres.
Cierras media hora primero, una después, dos, tres y, finalmente, un día entero sin ver nada. Respiras, ecuchas, sientes y pasan dos días, una semana ciego, paladeando la vida. Aprendes a comportarte en todos los sitios nuevos. Abres, cierras y no regresas.
Otro día del libro, otro Sant Jordi, y otro cómic que hago para mis «peques». Y de paso para ti también. Imprímelo y sigue las instrucciones para poder leerlo.
Vivía tras la seda de unas cortinas de miel. Dormitando mientras sus lacayos paseaban frente a su ilustrísima majestad; en un desfile complaciente, reverencial, inhumano.
De tanto en tanto abría los ojos, se maravillaba de sus inferiores. Pensaba: que despreciables y sintéticos parecen.
– Acércate- ordenaba-. Encended, jugad la luz del gran sol-. Se mostraba caprichoso-. Reid, llorad. Fingid hasta que todo sea cierto.
Y el pueblo debía ser complaciente, no rebelarse, no pensar o el rey se levantaría de detrás de su cortina de miel.
Gran inauguración, el cartel no añadía nada más. Bajo su sombra una puerta estrecha y oscura. El portero, de aspecto dudoso, saludaba a los escasos visitantes.
-Quizá esta noche lleguen más criaturas- dijo la araña -. La nocturnidad siempre invita a recorrer las calles silenciosas.
-Cállate- le gritó el hombre -. A nadie le importa el privilegio de las hadas. Su fulgor se apagará sin más.
-Y, cuando ya no quemen al paladar, nos las comeremos- se relamió saboreando su carne tierna entre los quelíceros.
Esperaron por tres noches hasta ver como dentro caían sin que nadie viniese a salvarlas. Esperaron por cuatro días más y al final de la semana se sintieron seguros de poder hacer con las hadas lo que quisieran.