Atrapado

El señor Mustélido, de ojos vivos y sagaces cuando era joven, se había embelesado con los placeres inmediatos; se le había nublado la mirada y el juicio.

Trabajaba para llenarse de niebla,  caminando siempre por un laberinto desconocido que le arrastraba irremediablemente al mismo callejón sin salida.

-¿Dónde Vas Mustélido? – y él gruñía una respuesta ininteligible, sonreía sin saber porqué y continuaba atrapado, perdido.

LaRataGris

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