El cazador de estrellas

El cazador de estrellas es más pequeño de lo que puedes imaginarte. Es sólo un crío que, en el tiempo que tardas en decir esta frase, ya ha dejado de serlo. No quedan niños en Palestina. Los que no han muerto en la guerra, han crecido demasiado deprisa. Sus frágiles mentes se fragmentaron para evitarse sufrimientos innecesarios, son diminutas versiones de un adulto. No juegan, únicamente intentan proteger sus vidas para que el cuerpo alcance en estatura la madurez que las circunstancias les han impuesto.

El uniforme le va grande al cazador, le hace tambalearse el peso de su fusil de asalto y el cazamariposas casi parece una broma, como si alguien lo hubiese colocado para decirnos-¿no te das cuenta?¿no ves que no tiene más de trece años? – Y quizá tenga razón. Bajo la capa de rabia, en lo más profundo de esos ojos inyectados en odio, un corazón infantil debe estar latiendo por salir a jugar con sus amiguitos, pero no puede, tiene una misión que cumplir.

Las estrellas no son de nadie. De tanto en tanto algún necio las reclama como conquista de su pueblo o las intenta utilizar de símbolo de su lucha. Ellas brillan en el cielo, ajenas a los conflictos mundanos, mientras que los hombres se inventan todas estas historias que justifican sus locuras. Por ejemplo, cuenta la leyenda que, sobre el suelo de Palestina, prende el fulgor de aquella que señala con su fino haz de luz la tierra prometida.

La Estrella de David no es más que una lámpara colgada en la bóveda celestial. La colocaron allí donde les convenía que iluminase y cada noche, la ironía hace que un gigante la suba para después bajarla cada mañana, que el engaño sea perfecto y todo el mundo pueda ver que el cuento es real.

Nuestro niño-adulto dibujaba un mapa del firmamento. Una pequeña guía en la que lo dibujado era todo lo que ya había explorado y quedaba por escudriñar lo que aún permanecía virgen en su hoja. Observó detenidamente cada puntito de luz, analizó el más ínfimo detalle de cada astro hasta estar seguro de que no era la que necesitaba, entonces hizo otra marquita en su papel y continuó la búsqueda. Ya había terminado con la mitad de lo que alcanzaba la vista.

A veces la casualidad nos lleva hasta rincones que el trabajo no sabe ver. A veces alguien arranca una estrella del cielo, la desintegra entre sus manos para conseguir algo de polvo estelar y cuando abre los puños para ver su tesoro, el viento le roba una pizquita que cae sobre una cabeza. Tan poca cosa que apenas se giró a ver qué es lo que estaba pasando, pero suficiente como para ser intrigante. Y, cuando el cazador atraído por la plateada brisa, decidió mirar en una de las zonas en las que ya se había parado, estaban desapareciendo todos los luceros. Perplejo, repasó sus dibujos para comprobar cómo éstos tenían un mayor número de estrellas en aquel cuadrante. Volvió a mirar la devastación que tenía lugar sobre su persona y entonces vió las palmas recogiendo las luces nocturnas. Era un ser tan desproporcionado que no se explicaba cómo hasta entonces no lo había visto nunca. Sus pies se fundían en el suelo hasta parecerse a una tierra sin dueño. Las manos no eran más que nubes tapando las estrellas, de sus labios salían los vendavales que gopeaban la región y sus lágrimas eran las escasas lluvias del lugar. Era un enemigo tan formidable que en su vasto tamaño sabía pasar desapercibido convirtiéndose en el paisaje.

Él, en cambio, era tan diminuto que desaparecía ante los ojos del titán. Ni tan siquiera era una hormiga, simplemente se había convertido en una insignificante motita a la que ignorar.

De una forma mecánica recogía, aplastaba y se llevaba a la boca todo brillo que se cruzaba en su camino. Allí mezclaba su saliva con el polvo y obtenía una pasta pegajosa que había perdido la belleza de las antiguas dueñas. Con esta mezcla era con la que iba construyendo un extenso muro alredededor de una única estrella, que en el centro de una nada azul marina brillaba sin demasiada gloria pero engrandecida en su soledad.

Como un átomo chocándose repetidas veces contra la pared, así se sintió al inicio del viaje. Más bien poca cosa que grita una rebeldía que nadie escucha. La nula resistencia de la bestia contrastaba con la complicada ascensión. Fue prácticamente imposible subirse al pie, lo hizo saltando por el dedo pequeño, enganchándose a la uña y desde allí trepando hasta la pierna. El vello corporal, duro como las ramas de un árbol joven, le sirvió para simplificar el esfuerzo.

Más tarde se colgó de sus ropas, viajaba entre los pliegues y las arrugas, improvisadas carreteras que hacían más sencillo el seguir subiendo. Dejó atrás su fusil, demasiado pesado como para seguir cargándolo e inútil contra el enorme enemigo, abandonó el cazamariposas agotado por el esfuerzo de llevar cualquier cosa. A la altura de la cintura no llevaba más que lo justo y necesario. Había subido tanto y tan rápido que el oxígeno empezó a escasear, la presión taponaba sus oídos y el viento, a esa distancia del suelo, era gélido azote que había comenzado a helar sus esperanzas de éxito. Aún así continuó escalando, calentándose con la idea de ayudar a su pueblo o al menos intentarlo, no dejarse morir sin más a mitad de ninguna parte. Resbaló varias veces con la escarcha formada y, a punto de desfallecer, cuando realmente no podía más volvió a notar un leve bochorno que parecía aumentar con la altura. La cercanía de las estrellas parecía irradiar una suave brisa que le daba una nueva vida. A partir de ese punto con las fuerzas recuperadas todo se hizo mucho más fácil hasta llegar al hombro.

Aquí los movimiento eran más bruscos. Los brazos no paraban de girar de un lado a otro, recolectando, llevándose hacia los labios, contruyendo,…

El cazador suspiró ante la última prueba y comenzó a correr en dirección a la mano, soñando con que no se caía, al menos tenía que llegar hasta el codo y desde allí podría saltar al muro.

Los pelos dispuestos como una selva negra le ponían trabas a la par que le servían de asidero para no perder el equilibrio.-Un poco más- se animaba para darse fuerzas- sólo un poquito más- y llegó.

Bajo sus pies, el muro de polvo y saliva se extendía inmenso, alejándose hasta el infinito. En uno de los territorios serparados se podía ver la bóveda celestial sin dueño, repleta de puntitos de luz. Hacia el otro lado un mar yermo, con una única estrella rodeada de, ya pocas, lucecitas que iban desapareciendo.

Abandonó la muralla, dejando que las aguas cubrieran su cuerpo. Mientras nadaba hacia su destino se fué fijando cómo una estela plateada quedaba tras él, formada por las partículas que se le pegaron en el muro a los pies. La tranquila calidez iba inundando cada vez más su espíritu, hacía tiempo que no se sentía tan bien.

Estaba a apenas unas brazas de la estrella y ya podía distinguirla de una forma bastante clara. Era de metal forjado, de seis puntas perfectamente cinceladas. Su luz provenía de una pequeña vela que habían puesto en su barriga, protegida del viento por una cúpula de cristal. Cada detalle parecía preciosamente estudiado, su belleza meditada para ser suficiente sin apabullar. Fuertemente anclada, cuando llegó el cazador sabía que tendría que forcejear para poder llevársela, de nada le serviría el cazamariposas abandonado. Miró una vez más al gigante, ciego hasta el momento a cada uno de sus actos, cuando viera moverse la estrella seguramente prestaría más atención a lo que allí pasara. Por un momento pensó en abandonar mientras podía. Toda la harmonía que había respirado en este lugar le había servido para borrar su rabia, no quería tener que seguir luchando pero tampoco quería no poder volver nunca más a aquel sitio, con la partida de su odio había quedado espacio en su cabeza para otras ideas que le llevaban a la misma conclusión, aunque por distinta senda.

– He caminado por la piel de un gigante.- pensó- era como una montaña enorme que me aceptó a pesar de ser de otra raza. También me he bañado en un cielo que no es el mío, y sus aguas me han acunado igual que se hace con un hijo. Estoy tocando una estrella que no ha de iluminarme y, sin embargo, me ilumina. Nadie debería adueñarse de lo que es de todos.

Se sumergió buscando el lugar en el que la estrella estaba atada. A su alrededor, millones de cuerdas fluctuaban en la suave corriente, sin nada que sujetar. Buscó entre su ropa algún cuchillo con el que cortar la soga pero lo había dejado todo por el camino. Sustituyó la fría hoja de metal por el marfil de sus dientes. Mordisqueó diez veces y salió a respirar, volvió a hundirse y de nuevo fuera. Podría haberse pasado media vida así pero no tenía tanto tiempo. Pronto amanecería y, entonces, el gigante vendría a recoger la estrella, y si él no se la había llevado aún todo el esfuerzo habría sido en balde. Desesperado, comenzó a tirar con todas sus fuerzas pero no consiguió nada. Sus músculos se tensaban una y otra vez. Parecían querer reventar la piel del pobre cazador que había decidido llevarse de allí aquel trofeo costase lo que costase. Con la única idea en la mente de evitar que siguiese marcando aquel lugar como el sagrado de unos pocos, se peleó contra su propia racionalidad que le aconsejaba abandonar, luchó contra el dolor que le provocaba el esfuerzo y finalmente se vió recompensado. Cuando el último gramo de esperanza le había abandonado el cuerpo, un rayo de luz vino a iluminarlo. La fibra fue cediendo poco a poco, al principio de una forma apenas perceptible, pero cada vez más evidente, hasta que consiguió partirla. Y la alegría desbordó su cuerpo.

Duró bien poco. Al quedar libre de ataduras, la lámpara se desprendió, cayendo hacia la tierra a una velocidad vertiginosa. La cuerda aún atada por uno de los extremos, se enredó en el pie del cazador y le obligó a seguirla cielo abajo hasta una muerte segura.

El gigante, a su vez, intuyendo el peligro, salió corriendo hacia la estrella y sin ver al pobre desgraciado la cogió antes de que ésta tocara el suelo, salvándola de quedar aplastada. No tuvo la misma suerte él. Al detenerse la caída de una forma tan brusca, sufrió una fuerte sacudida que le hizo desenredarse para seguir precipitándose. Intentó asir el cabo suelto, pero la tierra ya le había llamado.

Nadie llora una muerte que forma parte del paisaje, nadie lo echa en falta ya que, incluso, su trabajo lo realiza otro. El nuevo cazador de estrellas es solo un crio. Viste hecho un facha, con unos aparatos que no le servirán de nada ante el magno enemigo. Ha decidido dibujar un mapa del cielo con el que poderle robar los símbolos a sus adversarios. Tuvo la idea al encontrarse porción ya pintada, él continuó por la otra mitad.

Puede que con el tiempo, con la muerte de unos poquitos más, aprendamos a convivir, aunque lo más seguro es que no sea así porque, para eso, el ser humano tendría que dejar de vivir en territorios para empezar a hacerlo en una tierra de todos.

LaRataGris

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