El día en que jamas conocí a Picasso (*)

Cuando yo nací Picasso ya estaba muerto. Se había inventado y reinventado cientos de veces hasta ser un cadáver tan interesante como reservado. No era nada accesible, no concedía entrevistas y apenas se le veía fuera de la tumba.

Conseguí su teléfono de un amigo cubista en común y tras diez tonos la centralita insinuó con su voz de máquina pregrabada- Pablo Ruiz Picasso se encuentra dormido o fuera de cobertura. Por favor, inténtelo un poquito más tarde. – Jamas me cogió el teléfono o me devolvió la llamada.

Perdía mi tiempo en la lectura de sus cuadros. Buscaba discretos mensajes encriptados y me desesperaba por no poder conocerlo. Un día especialmente caluroso decidí olvidarlo. Quemé todas sus pinturas y me arranque los recuerdos de aquellos años perdidos. Pero mucha gente me seguía preguntando sobre el, querían saber si seguía obsesionado, si me había vuelto loco ya o lo haría la semana que viene. Era difícil romper el fuerte vinculo que había adquirido con aquel completo desconocido.

Hastiado fui al parque del castillo en el que reposa su cuerpo y con toda la fuerza de la que pude proveerme le grite- Pablo, hoy sera el día en el que jamas te conoceré. Ahora ya puedo seguir mi camino.- Y Pablo respondió en el ulular de una lechuza.

LaRataGris

(* Nda. Juego de palabras imposible de traducir al francés)

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