Disidencia artística

Temblando cogió los pinceles y la latita de pintura color miel. Llevaba tanto tiempo asustado, sin atreverse a sacarlos, que casi no se fijo en que estaban despeinados, con la mitad de los pelos caídos y la otra a punto de desaparecer. Mojó la puntita en la miel y salpicó una pared protegida por sombras y silencio. Era un color horrible para vender una revolución, nada agresivo, ni alentador o persuasivo… casi quedaba escondido en las mismas penumbras que lo ocultaban a el. Aún así trazó la idea clandestina y salió corriendo antes de que alguien lo viera. No respiró hasta estar tres calles más allá, cerca de su refugio.

Subió las escaleras de tres en tres, sin saber de donde sacaba las fuerzas que le habían ido quitando los años. Abrió tan deprisa como pudo y se encerró de un fuerte golpe- Es sólo una pintada- pensó- nadie me ha visto, no buscaran culpables por una chiquillada.

Al día siguiente Marta le preguntó con la mirada y el asintió ligeramente. Seguía teniendo miedo. – No quiero hacerlo de nuevo- le gritó con un susurró a la hora de comer- ya no tengo quince años.- Ella no dijo nada, se limito a sonreírle de una forma boba y complaciente. Aquella tarde se perdieron en un cine, una vieja película y palomitas… jamas volvieron a hablar sobre aquello.

LaRataGris

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