Pequeña hada

Llegó como era ella, igual que una brisa ligera que apenas se nota, como el silencio de respirar justo antes de que rompa una carcajada. Mas tarde me contó que había revoloteado por toda la habitación, buscando una salida inexistente, mientras yo escribía sin imaginar que un hada se había colado por entre las grietas de la pared.

 la fada de sucre

Nerea era demasiado pequeña, incluso para sus hermanas. Cualquier hada de azúcar no es mucho más alta que un terrón de azúcar y, ella, medía lo mismo que un grano de azúcar moreno. Imagínate lo minúscula que se veía al lado de cualquier cosa.

Casi se podía decir que era invisible, una molécula de glucosa que se sentía sola en su casita de átomos. La visitaba algún insecto que había aprendido a intuirla con el tacto de sus antenas. Que feliz que se sentía cuando llegaban las hormigas en una fila infinita y ella les cocinaba todo tipo de dulces y chucherías para que ellas se las llevasen a la colonia, también arañas peludas querían que les desenredase la melena, les hiciera trenzas y cucas coletas o cuando las chinches se reían con prácticamente cualquier juego tonto. Era una vida tranquila y sin exigencias hasta que, al cumplir la mayoría de edad, un hada que hacia cuatro mil veces ella llamó a su puerta- usted- le recitó los papeles al ver la hoja abierta- como hada de azúcar siete millones doscientos veintiseis mil trescientos cuatro, habiendo llegado a la mayoría de edad y, siendo lo que es, deberá dejar todas sus ocupaciones actuales de lado y dedicarse a lo que se dedican todas las hadas de azúcar, sin excepción o demora alguna.- Dicho lo cual cerró su carpeta y se marchó sin esperar respuesta.

Perpleja, y sin ganas de no ser lo que no sentía, se preguntó como zafarse de la nueva obligación, aunque sabia que la ley era estricta en estas cuestiones. Toda alegación debía ser entregada debidamente cumplimentada y sellada en ” el ministerio de asuntos obligacionales de hadas y elfos de tierra seis”, donde sería legalmente rechazada. Por eso, finalmente, hizo lo único que podía: preparo una mochila con todos sus indispensables y salió disparada hacia algún lugar indeterminado.

No era difícil esconderse, su tamaño era una ventaja, pero no quería quedarse sola hasta que pudiera jubilarse. Se deslizó bajo tierra hasta llegar a sus amigas, las hormigas. Estas le desearon toda la suerte del mundo antes de echarla por miedo a las represalias de sus hermanas. Tampoco la quiso la araña, le habló de la fragilidad de su tela, que prefería estar despeinada y que, a fin de cuentas, no quería que una proscrita fastidiase su placentera tranquilidad. Ni los chinches, de naturaleza rebelde y, por supuesto, chinchosa, quisieron darle cobijo. Así fue como, la pobre, se fue alejando de moscas y mosquitos, olvido a los escarabajos, caballitos del diablo, mantis y cualquier insecto cobarde. Estaba tan sola como no había querido cuando, el azar, la colo por las grietas de mi celda.

Yo vivía con ella sin saberlo mientras Nerea buscaba una salida distinta a atravesar los barrotes, quería una puerta a otro mundo mejor, algo que no existía en prisión. Un día en su deambular se engancho entre las palabras de un cuento corto que ocupaba las horas muertas de mi celda. Una a una fue describiendo las letras que conformaban su historia, yo solo tuve que escribirlas para conocerla. Asomada a los renglones torcidos por fin pude imaginarla, amarla de tal manera que nació un mundo nuevo donde ella podría esconderse y yo le contaría cuentos con personajes tan pequeños como ella, para que siempre estuviese acompañada.

LaRataGris

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