El sótano exquisito

-Llegaré tarde- Juan abrió la puerta del sótano y bajó veintisiete escalones que giraban en el tramo final. Podía hacer ese recorrido en menos de cinco minutos, aunque había días en los que prefería sentarse a mitad del camino. Se quedaba pensativo, dejando que se escurrieran las horas hasta haber conseguido acumular una buena cantidad que luego dejaba ir por la ventana, para que los recogiese cualquiera necesitado de algo de tiempo.

Allí podía quedarse media hora o media vida hasta que, su madre, preocupada, lo llamaba desde el hueco de la puerta. Esos días sabía que si no hubiese escuchado su nombre hubiese podido gastar toda su existencia en la oscuridad más absoluta, despierto.

Había acondicionado el sótano para poder escribir un rato en soledad, era un lugar exquisito, incluso para no hacer nada.

LaRataGris

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