A veces el amo se acercaba a la distancia de un balcón y nos arengaba para que trabajásemos más; más rápido, mejor. Prohibió los relojes porque ya nadie tenía tiempo, trabajábamos sin descanso y medir lo invisible no tenía sentido. Las horas, si es que tiene algún significado esa palabra, pasaban descontroladas.
Al principio quisimos que el sol marcase nuestros momentos; manteníamos una pequeña noción con las comidas o cuando alguien se dormía.
Pero la faena era exigente, se redistribuían los turnos y ya no sabías cuánto llevabas allí, luchado contra un enemigo invisible.
Éramos piezas que sólo adquirían valor cuando tenían que ser cambiadas.
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