Jugábamos a revoluciones de guitarras, bombo y cajas. A palabras duras y silencios en controles de alcoholemia. Nos corríamos las juergas del vandalismo desmesurado y sinsentido, fingíamos lucha de clases por beber y divertirnos.
El día en que vencieron a mis amigos se buscaron un buen trabajo y una mujer que no hiciese demasiadas preguntas, que llegase de otras guerras perdidas y no les apeteciese hablar de demasiados pasados. Yo lamí mis heridas y acepté la derrota pero no la rendición. Busque comida bajo las piedras y me junte con lunas rebeldes que se levantaban una y otra vez de sus tumbas. Fui un paria perdido y sin norte, un hombre acabado y feliz.
Aprendí a gritar de mis lunas, a ser salvaje con causa, aullar a la ciudad y pintar los muertos para que jamas se tuvieran que callar. Asumí que nunca podría cambiar el mundo para poder sobrevivir, para seguir soñando sin miedo a un nuevo fracaso. La represión de la realidad dejo de afectarme. Ya no podía caer más bajo así que transforme todo lo que estaba a mi alcance y me invente nuevos amigos imaginarios que no estaban dispuestos a dejarme solo… Cambiamos el mundo.
LaRataGris








Tal y como tu lo cuentas, duele, se clavan dentro hasta las tripas! Menos mal amigo que la esperanza es lo ultimo que se pierde, o eso dicen…somos unos cuantos a los que no nos vence ni el victimismo ni el derrotismo!!
Duele pero reconforta saber que no estas solo lamiendote las heridas… contra más seamos, contra más nos demos cuenta de que no existe derrotas eternas más díficil sera que nos hundan …
salud Roci