Fea perdida

9 octubre 2018

Sentía que su autoestima era baja, inexistente. El espejo, para el no tenía virtudes, señalaba todos y cada uno de sus defectos. Era ciego a su inteligencia, incapaz de reír con sus gracietas y, por supuesto, no la consideraba lo suficientemente guapa, no para lo que exigían los cánones de belleza actuales.

Era una puta mierda, un cero a la izquierda pequeño y repugnante.

“Solo un mal día”, le gustaba repetírselo pero la realidad mandaba y ella obedecía. Se hundía mucho más en barro y desesperación, “puto espejo”, asumió el discurso, se lo habían repetido tantas veces que…

“A la mierda, a la mierda, a la mierda”. Débil rompió su reflejo con las manos desnudas. Sus nudillos sangraban y con la sangre escribió en el suelo “tengo cosas por hacer”. Salió desnuda a la calle, donde no había espejos vigilantes. Se sentía libre para ser feliz, fue feliz, fue muy feliz abriendo en canal a todo el que se le pusiese delante.

“Lo que importa es el interior, me lo decíais tantas veces mientras me criticabais. ¿Queréis que adelgace?¿ Qué sonría?¿ Qué os enseñe las tetas y os ponga mi coño en bandeja? Ya no soy la chica tonta que conocisteis, ya no me escondo.”

Tenía la autoestima por las nubes y un cuchillo de carnicero.

LaRataGris

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La pequeña Muriel

6 marzo 2012

Había muerto la más pequeña de la familia. Apenas levantaba un palmo del suelo y, aunque ninguno llegaba más allá de los dos palmos, no dejaron de recordarle nunca lo insignificante que era. En el mejor de los casos la llamaban bicho ridículo mientras ella agachaba la cabeza avergonzada por haber nacido tan sumamente reducida.

Tanto se burlaron que, al final, decidió viajar hasta donde le permitiesen sus diminutas patitas, a algún país en el que el gigante fuese tan alto como ella y los enanos tan pequeños como quisieran, era algo que ya no le iba a importar.

Por donde pasaba, sin que se preocuparan por su talla o condición, todos la recibían contentos de poder escuchar historias lejanas. Se sentaban a compartir sus sueños y se quedaban admirados del largo recorrido. Su viaje crecía con cada legua y lengua en la que se repetía y, pronto empezaron a precederle las leyendas que se cantaban sobre la valiente Muriel atravesando el jardín sin ayuda de nadie, buscando un mundo mejor.

En su camino se había enfrentado a terribles peligroso, había trabado fuertes lazos de amistad con las diversas etnias con las que se cruzaba. Ya no le pedían que explicase el sinfín de desventuras, era el resto quienes se volvían eco de sus hazañas y le contaban lo que ella había vivido en primera persona para luego buscar la aprobación de la protagonista. Al principio no sabía reconocerse en todos los cuentos pero, poco a poco, su mente se trasladaba y tenía querer admitir lo mucho que había crecido. Con sólo un palmo de alto ya no tenia que seguir buscando nada. Regresó a casa sabiendo que en cualquier lugar podía ser tan inmensamente grande como era o tan pequeña como la hiciesen sentir, únicamente era cuestión de creerse en los demás o saberse capaz de caminar. Fue un dulce regreso reencontrándose con todos los nuevos amigos, llegando a casa a la hora perfecta de morir, siendo lo que quería ser, en el lugar adecuado.

LaRataGris