La caja de razones

21 marzo 2017

Nadie podía quitarle la razón. La guardaba en una cajita de guisantes congelados, junto a muchas otras cosas sin las que la vida carecía de sentido. Allí tenía algunas nostalgias y el sabor de la menta.

De tanto en tanto se acercaba hasta la estantería en la que le había hecho un hueco a su tesoro y, allí, se pasaba un rato oliéndola.

Mucha gente le decía-Estas loco, Martín- Pero, como ya os he explicado, el tenía toda la razón. Por eso se había hecho impermeable a este tipo de comentarios. Con su caja y muy pocas ganas de escuchar era suficiente. Era tan feliz en aquel pasado que, un día, cuando acabó su caja de cereales, la reservo para alguna de los cosas que se le habían quedado fuera.

LaRataGris


Seguir caminando

31 diciembre 2016

Seguir caminando


Presenteción, nudo y final feliz

8 enero 2015

Presenteción, nudo y final feliz


La pequeña Muriel

6 marzo 2012

Había muerto la más pequeña de la familia. Apenas levantaba un palmo del suelo y, aunque ninguno llegaba más allá de los dos palmos, no dejaron de recordarle nunca lo insignificante que era. En el mejor de los casos la llamaban bicho ridículo mientras ella agachaba la cabeza avergonzada por haber nacido tan sumamente reducida.

Tanto se burlaron que, al final, decidió viajar hasta donde le permitiesen sus diminutas patitas, a algún país en el que el gigante fuese tan alto como ella y los enanos tan pequeños como quisieran, era algo que ya no le iba a importar.

Por donde pasaba, sin que se preocuparan por su talla o condición, todos la recibían contentos de poder escuchar historias lejanas. Se sentaban a compartir sus sueños y se quedaban admirados del largo recorrido. Su viaje crecía con cada legua y lengua en la que se repetía y, pronto empezaron a precederle las leyendas que se cantaban sobre la valiente Muriel atravesando el jardín sin ayuda de nadie, buscando un mundo mejor.

En su camino se había enfrentado a terribles peligroso, había trabado fuertes lazos de amistad con las diversas etnias con las que se cruzaba. Ya no le pedían que explicase el sinfín de desventuras, era el resto quienes se volvían eco de sus hazañas y le contaban lo que ella había vivido en primera persona para luego buscar la aprobación de la protagonista. Al principio no sabía reconocerse en todos los cuentos pero, poco a poco, su mente se trasladaba y tenía querer admitir lo mucho que había crecido. Con sólo un palmo de alto ya no tenia que seguir buscando nada. Regresó a casa sabiendo que en cualquier lugar podía ser tan inmensamente grande como era o tan pequeña como la hiciesen sentir, únicamente era cuestión de creerse en los demás o saberse capaz de caminar. Fue un dulce regreso reencontrándose con todos los nuevos amigos, llegando a casa a la hora perfecta de morir, siendo lo que quería ser, en el lugar adecuado.

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