Todas nos conocíamos en el barrio y sabíamos de que pie cojeábamos. Como se movían las calles, renqueantes, pero seguras y directas.
Sabíamos quien era el listo, la que mejor lo arreglaba todo, el pesado, el homosexual… cada uno tenía su etiqueta, su San Benito.
Podíamos señalar a la puta sin temor a equivocarnos, hablar de lo que cobraba, con cuantos viejos se lo hacía y de que el Cefe era el que le había pegado las ladillas.
De lo que no teníamos ni idea, ni queríamos saber, era de como había llegado a esa situación. Si era feliz, si cambiaría de tener la oportunidad. Sólo era la puta asiática del barrio, con eso era suficiente.
Como la vieja del visillo, el modernikis, la supermadre y el sucio fontanero,… todas las profesiones y, sobretodo, la profesional.
Aunque le atraparon los demonios, a pesar de la derrota, murió con una sonrisa. Abrazando a la mujer que le había sufrido, tranquilo y feliz. No escondía sus miserias, no se arrepentía de nada.
El velatorio, siempre para los vivos, para mostrar cariño, para decir estamos aquí, contigo; aunque nadie estuvo cuando ella lloraba su vida alegre.
Descansa más la que se queda que el que se aleja. Se acaba la rumba, enciende un ritmo caribeño con el que escapar de la tristeza que se le supone.
Cuando no le interesas a nadie, cuando te sientes solo.
Mi nombre es la contracción de otro nombre y una actitud. Mis pensamientos las palabras que he armado y leído durante todo mi vida. Las retuerzo, las moldeo, las destrozo hasta hacerlas mías.
En mi cabeza habitan grandes y pequeños pensadores, tremendísimos idiotas, imbéciles titulados. Me traiciono más de lo que pueden traicionarme mis amigos, pocos, escogidos, conozco a muchos; a mi siempre me justifico.
Un día comprendí que interesaba tan poco que no valía la pena el esfuerzo de encajar. ¿Por qué intentarlo si inadaptado estoy contento?
Puede que desde entonces menos querido, más consecuente, más feliz.
Puedo decir oso sin preocuparme, puedo desafinar y bailar con mi pie izquierdo. Respiro y me dejo llevar.