La habitación pequeña

21 mayo 2019

Ismael vivía en una habitación pequeña, llena de cómics, películas y libros. con todos sus tesoros construía castillos en los que esconderse.

En su mundo siempre sonaba algo de música, se podía tumbar mirando el cielo del techo, rodeado por sus amigos imaginarios.

Mas allá de la puerta, el resto de piso, era un lugar frio en el que convivir. Zonas comunes en las que tenías que desordenarlo todo de un forma exacta, para que nadie tropezase con nada.

El día en que cumplió cuarenta años, como si la vida se transformase, llegaron un montón de desconocidos a despedirse, cada uno con un regalo absurdo, algo que ya no cabía en su madriguera.

Tendría que desprenderse de algunos de sus tesoros para hacerle un sitio a un pisapapeles horrible, tarjetas y camisetas en las que se leía “demasiado viejo para la vida.”

Buscó algún rincón en desuso, quiso colonizar espacios comunes y al final tomo la decisión más acertada. Se deshizo de todo lo que le habían regalado, agradeciendo que fueran cosas tan inútiles que no le supusiera ningún problema el no quererlas.

-Ojala siempre me regaléis estas mierdas- les dijo antes de que la última persona, que llevaba veinte años sin ver, saliera para siempre de su vida.

LaRataGris

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Pequeña imaginaria

19 diciembre 2013

pequeña imaginaria


Pequeña hada

25 marzo 2013

Llegó como era ella, igual que una brisa ligera que apenas se nota, como el silencio de respirar justo antes de que rompa una carcajada. Mas tarde me contó que había revoloteado por toda la habitación, buscando una salida inexistente, mientras yo escribía sin imaginar que un hada se había colado por entre las grietas de la pared.

 la fada de sucre

Nerea era demasiado pequeña, incluso para sus hermanas. Cualquier hada de azúcar no es mucho más alta que un terrón de azúcar y, ella, medía lo mismo que un grano de azúcar moreno. Imagínate lo minúscula que se veía al lado de cualquier cosa.

Casi se podía decir que era invisible, una molécula de glucosa que se sentía sola en su casita de átomos. La visitaba algún insecto que había aprendido a intuirla con el tacto de sus antenas. Que feliz que se sentía cuando llegaban las hormigas en una fila infinita y ella les cocinaba todo tipo de dulces y chucherías para que ellas se las llevasen a la colonia, también arañas peludas querían que les desenredase la melena, les hiciera trenzas y cucas coletas o cuando las chinches se reían con prácticamente cualquier juego tonto. Era una vida tranquila y sin exigencias hasta que, al cumplir la mayoría de edad, un hada que hacia cuatro mil veces ella llamó a su puerta- usted- le recitó los papeles al ver la hoja abierta- como hada de azúcar siete millones doscientos veintiseis mil trescientos cuatro, habiendo llegado a la mayoría de edad y, siendo lo que es, deberá dejar todas sus ocupaciones actuales de lado y dedicarse a lo que se dedican todas las hadas de azúcar, sin excepción o demora alguna.- Dicho lo cual cerró su carpeta y se marchó sin esperar respuesta.

Perpleja, y sin ganas de no ser lo que no sentía, se preguntó como zafarse de la nueva obligación, aunque sabia que la ley era estricta en estas cuestiones. Toda alegación debía ser entregada debidamente cumplimentada y sellada en ” el ministerio de asuntos obligacionales de hadas y elfos de tierra seis”, donde sería legalmente rechazada. Por eso, finalmente, hizo lo único que podía: preparo una mochila con todos sus indispensables y salió disparada hacia algún lugar indeterminado.

No era difícil esconderse, su tamaño era una ventaja, pero no quería quedarse sola hasta que pudiera jubilarse. Se deslizó bajo tierra hasta llegar a sus amigas, las hormigas. Estas le desearon toda la suerte del mundo antes de echarla por miedo a las represalias de sus hermanas. Tampoco la quiso la araña, le habló de la fragilidad de su tela, que prefería estar despeinada y que, a fin de cuentas, no quería que una proscrita fastidiase su placentera tranquilidad. Ni los chinches, de naturaleza rebelde y, por supuesto, chinchosa, quisieron darle cobijo. Así fue como, la pobre, se fue alejando de moscas y mosquitos, olvido a los escarabajos, caballitos del diablo, mantis y cualquier insecto cobarde. Estaba tan sola como no había querido cuando, el azar, la colo por las grietas de mi celda.

Yo vivía con ella sin saberlo mientras Nerea buscaba una salida distinta a atravesar los barrotes, quería una puerta a otro mundo mejor, algo que no existía en prisión. Un día en su deambular se engancho entre las palabras de un cuento corto que ocupaba las horas muertas de mi celda. Una a una fue describiendo las letras que conformaban su historia, yo solo tuve que escribirlas para conocerla. Asomada a los renglones torcidos por fin pude imaginarla, amarla de tal manera que nació un mundo nuevo donde ella podría esconderse y yo le contaría cuentos con personajes tan pequeños como ella, para que siempre estuviese acompañada.

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La pequeña Muriel

6 marzo 2012

Había muerto la más pequeña de la familia. Apenas levantaba un palmo del suelo y, aunque ninguno llegaba más allá de los dos palmos, no dejaron de recordarle nunca lo insignificante que era. En el mejor de los casos la llamaban bicho ridículo mientras ella agachaba la cabeza avergonzada por haber nacido tan sumamente reducida.

Tanto se burlaron que, al final, decidió viajar hasta donde le permitiesen sus diminutas patitas, a algún país en el que el gigante fuese tan alto como ella y los enanos tan pequeños como quisieran, era algo que ya no le iba a importar.

Por donde pasaba, sin que se preocuparan por su talla o condición, todos la recibían contentos de poder escuchar historias lejanas. Se sentaban a compartir sus sueños y se quedaban admirados del largo recorrido. Su viaje crecía con cada legua y lengua en la que se repetía y, pronto empezaron a precederle las leyendas que se cantaban sobre la valiente Muriel atravesando el jardín sin ayuda de nadie, buscando un mundo mejor.

En su camino se había enfrentado a terribles peligroso, había trabado fuertes lazos de amistad con las diversas etnias con las que se cruzaba. Ya no le pedían que explicase el sinfín de desventuras, era el resto quienes se volvían eco de sus hazañas y le contaban lo que ella había vivido en primera persona para luego buscar la aprobación de la protagonista. Al principio no sabía reconocerse en todos los cuentos pero, poco a poco, su mente se trasladaba y tenía querer admitir lo mucho que había crecido. Con sólo un palmo de alto ya no tenia que seguir buscando nada. Regresó a casa sabiendo que en cualquier lugar podía ser tan inmensamente grande como era o tan pequeña como la hiciesen sentir, únicamente era cuestión de creerse en los demás o saberse capaz de caminar. Fue un dulce regreso reencontrándose con todos los nuevos amigos, llegando a casa a la hora perfecta de morir, siendo lo que quería ser, en el lugar adecuado.

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