Sueños de ciudad

28 mayo 2009

La ciudad, que hoy está francamente hermosa, me invita a que sueñe con ella.

Soñamos que la escalera que lleva al cielo, son nuestras alas. Y allí, superando los dos nuestros vértigos, creemos que la polución es un poco de aire evolucionado que no causa daño.

Nos cruzamos con un viento racheado del norte que viaja al sur, una planta de los deseos y una manta voladora. Ellos comenzaron hace tiempo su viaje, no como la ciudad y yo.

Discrepamos amistosamente sobre acompañarlos o no, pero un pájaro cantor nos saca de dudas cuando los cinco decidimos ir con él en su leve trinar.

Su voz es muy hermosa aunque su canción sólo habla de tristezas.

Apenado abandono el grupo no pudiendo soportar lo que en su cantar hizo mi raza.

La ciudad me sigue pues dice que también a ella la construyó el hombre. El viento, la planta, el pájaro, incluso la manta, quedan.

Con los corazones llenos de piedras comenzamos a descender. La libertad, belleza puede que hasta la ciudad ¿fueron sólo espejismos? La invitación a un sueño que hombres grises se encargan de tirar. Hombres que olvidaron la ilusión y no la permiten a nadie, así que quedo sentado, alumbrado por luz mortecina que sombrea mi rostro cansado.

LaRataGris.


Siempre más

5 marzo 2009

Vivían en la ciudad de plata siempre preocupados por no ser oro.

Vivían en la ciudad de bronce como podían o, más bien, sobrevivían.

Una al lado de la otra, separadas por un río de platino fundido; ensuciado con cuarzo, mármol y pirita.

Se miraban. pensaba la más pobre: ¿Quién fuera mi vecina, engalanada, siempre en fiestas?. Mientras, con voz sibilina, se oía entre las torres de tan noble metal: ¿Qué es lo que podría obtener de esa cochambroso lugar que alimente mis arcas?

Y cada día pensaba y cada día se oía hasta que, de noche, dos mensajeros, rompieron los reflejos y se encontraron con sus barcas a mitad de camino, entre ambas ciudades.

– Queremos ser plateados.
– Nosotros más poderosos- Y así quedo sellado un pacto. Los Bronceados, mano de obra más barata, construían un enorme puente que uniera las ventajas que tanto ansiaban, las que acabaron convirtiéndose en una plata cada vez más rica y un bronce como siempre había sido, pobre y desvalido.

LaRataGris.


El engranaje

13 febrero 2009

El catorce de septiembre del tres mil veinticuatro un coche se paró en medio de Vía Laietana. En un principio los que iban por delante ni se enteraron, seguían pisando el acelerador aunqeu no se movían del sitio. Detrás, un conductor tuvo que girar el volante para no comerse el parachoques de aquel Ford Juerga que intentaba arrancar sin éxito, el automóvil no le hizo caso.

Un policía que lo había visto todo, de lejos, se ordenaba correr para ir a ver si todo estaba bien, pero sus piernas prefirieron arraigarse en el suelo; solo podía mirar alrededor, a todo una ciudad que se había detenido bruscamente, a la par que aquel vehículo.

Las nubes desde el cielo, el Sol que no se decidía a seguir su curso persiguiendo a la Luna, las horas estáticas en un reloj, … Todo esperando que alquien le diese, de nuevo, cuerda a esta enorme atracción de feria. Pero nadie llegaba, y la gente se impacientaba, pensaban que los despedirían en el trabajo por llegar tarde, que morirían de hambre sin poder ir por comida. Murmullos que se elevaban, pitidos que luchaban por ser los más insoportables, gritos y entre ellos, uno que se impuso por su lógica- ¡Que alguien con móvil llame a reparaciones!- pero no tenían cobertura, se había esfumado con el movimiento – ¿Sirve una cabina!?- claro que sirvió.

Desde que el hombre que se había quedado enganchado en la cabina llamó, hasta que llegaron, sólo pasaron tres días. Con la habitual rapidez y eficiencia llegó un operario vestido con su mono marrón, llevando un maletín imitación de piel.

La gente, que había permanecido setenta y dos horas en el mismo sitio empezó a meterle prisa, sin conseguir nada a cambio. El hombre hizo caso omiso, incluso parecía ir más lento.

Se acercó al auto que inició el embrollo, abrió el capó y le echó una ojeadaa la motor, lo cerró. Miró dentro, debajo y finalmente quitó una piedra de la rueda trasera, la tiró a la papelera y todo regresó a la normalidad.

Cada instante, cada elemento volvió a girar en la dirección de siempre y, nadie, hablo nunca más de aquel incidente.

LaRataGris.