Solitario en desorden

8 abril 2013

No había cuerpos, como si cada persona hubiese sido un sueño que desaparece al despertar. La ciudad, que si permanecía, era un desierto de construcciones en desuso. Entre ellas, Andres, se sentía el ultimo hombre sobre la faz de la tierra, caminando caprichosamente por donde le parecía más conveniente. En tres días había viajado de una punta a otra de la ciudad sin cruzarse con más supervivientes o, al menos, sus cadáveres. Las calles estaban perfectamente ordenadas: cada coche en su aparcamiento, se alejaban en coloridas hileras, las tiendas tenían las persianas hechadas y nada, absolutamente nada, parecía dejado al azar. Como si hubiese sido una huida bien planificada desde hacia años pudieron recogerlo todo, olvidándose unicamente de Andres, que parecía el único desorden en aquella soledad. El pobre recogía el aire buscando en sus susurros alguna explicacion. Pero no recibia más que silencio.- Mucho me temo- intentó darse conversacion para no volverse loco- que las cosas son así. Como cuando la vida era de otra manera y todos decían que no se podía cambiar aunque estuvieses triste.
– Tienes razón- le contesto el status quo- ahora formas parte de mi mundo y, como lo has comprendido, ya no te echare.- Y, así, la vida encajo exactamente como encajaba.

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Antisistema

27 marzo 2013

antisistema


El hombre afortunado

27 noviembre 2012

La empresa, esa entidad ficticia que se comporta como un ser vivo, tosía malas cifras postrada en su lecho. Miraba entre las nieblas de su fiebre a todas las manos que eran sus empleados y se preguntaba quien estaba fallando.

Ella era poderosa, respetada… llevaba experiencias a su espalda que la hacían irrepetible. Recordaba, como en un flash antes de morir, los mejores tiempos, los inmediatamente peores y volvía a preguntarse- ¿ quien esta fallando para que yo no levante cabeza?

Los esclavos que dormitaban bajo la cúpula de su caja torácica escuchaban como se retorcía inquieta, igual que un mastodonte a punto de caer, e intentaban pasar desapercibidos para no ser arrastrados por los primeros vientos. Mientras, ella, buscaba tiritas y revisaba una a una todas sus manos, escudriñaba entre los asustadizos peones para encontrar los que le eran más inútiles. Excretó años y dedicación de miles de sus asalariados, se quedo con diez hormiguitas primero, nueve, ocho, siete… y el hombre afortunado se encargo de todo el trabajo. El tenía que correr por una planta vacía, pulsando los botones adecuados, montando, apilando, empaquetando genero que después repartiría por diversos puntos de venta mientras desfallecía y la empresa respiraba un poco más tranquila.

La ciudad, viendo el buen funcionamiento, felicito a la única empresa que no cerraba y le pidió consejo- Despide a todos tus empleados- le contestó- que mi hombre barra las calles, coloque adoquines, pinte paredes, transporte, construya, reparta correo,… reduce gastos para que no te chupen la sangre.

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Espejismos

23 agosto 2012

Espejismos


El juego de las sillas

30 julio 2012

Cada noche la ciudad enemiga enviaba varios hombres, de lo más común posible, disfrazados de vándalos. Destrozaban nuestras sillas atadas a vallas y arboles para que la ciudad, mas inhumana que nunca, pudiese decir que tenia razón. Después se iban a su escondite para nada secreto, lleno de secretas.

Cada noche volvíamos a sacar nuestras sillas a la calle para tomar el fresco y vernos las caras mientras dentro, las televisiones, prohibían revoluciones. Veíamos pasar a los salvajes y, sin miedo, hablábamos y hablábamos hasta que era el sueño el que nos derrotaba. Rendidos dejábamos el mobiliario por el que nos habían quitado, para que lo pudiesen destrozar a su antojo.

Cada noche, casi desde que llego el nuevo alcalde, nos sentábamos a construir estrellas. Fue al poco de entrar en el gobierno; retiro los bancos de los parques para que no nos juntásemos la mala gente, nos tuvimos que sentar en el suelo y en los escalones por que los veranos son imposibles en nuestras casas-horno. Luego, como somos de la peor calaña que existe, nos cansamos del duro cemento y salimos a los portales en un clamor de cotidianidad por recuperar nuestras calles pero,…

Cada noche la ciudad enemiga….

 

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Celebrando otoño

29 octubre 2011

En otoño veías aparecer a mi padre cargado con dos enormes sacos de hojas secas, intentando no hacer demasiado ruido para que mi madre no le echase el sermón antes de tiempo y así poder alfombrar el suelo de casa con toda aquella hojarasca. En cuanto lo veíamos aparecer con su cara de sospechoso mi hermano y yo cubríamos todos sus pasos y la casa cogía olor a bosque, las habitaciones se llenaban de ocres y mama empezaba a gritar cosas sobre madurar y ensuciarlo todo. La escena acababa con un beso, con la promesa de recoger cuando el reloj de cenicienta anunciase el final y nuestros ojillos suplicando que permitiera la locura. Siempre nos dejaba perdernos entre los arboles pero le gustaba que pensásemos que sin su permiso nada de aquello tenía lugar.

Cuando ella daba su si cogíamos nuestros anoraks y la verdadera magia empezaba a brotar. Nos íbamos de picnic al balcón, junto a un pequeño río y allí celebrábamos que la mejor estación del año es en la que te sientes feliz.

Un día, cuando mi padre estaba tan mayor como para no traer hojas secas, cuando yo ya era lo suficientemente aburrido como para no seguir con el juego, le pregunte por que hacía todo aquello. El se limito a señalar la ciudad que se extendía tras la ventana y a susurrar como si fuese el viento- yo ya estoy viejo- me dijo después- pero pase lo que pase fuera yo traigo el viento de mi casa.

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La ciudad hipotecada

10 septiembre 2011

Esta escrito en la historia de los objetos, en las piezas con corazón que llenan mi ciudad. Hay mucha gente que no sabe leer entre las líneas de lo que le rodea y le pasan desapercibidas las cosas pequeñitas e insignificantes. Saben escuchar muy bien los ruidos fuertes, las palabras agitadas y las mentiras que quieren ocultar la realidad.

El poder contrata asesores que les traduzcan los relatos y sean capaces de reescribir finales a callejones sin salida, plazas sin bancos y fuentes sin agua…

Esta narración es real, sucede en mi barrio ahora pero comenzó con la crisis. Justo en el instante en que unos ricos decidieron que necesitaban más, que jamás sería suficiente y, mis vecinos, empezaron a no tener para pagarles. Se vieron obligados a coleccionar facturas, recibos impagados y esquivar el hambre y la sed con ingenio o, más bien, con lo poco que no les habían quitado aún.

Pero esto no sucedió, no lo vio nadie o no lo quisieron ver. La pobreza se quedaba de puertas para dentro y en la calle tenías que leer para enterarte de lo que le estaba pasando a gente que te había rodeado desde que eras pequeño. Los políticos lo hicieron lo mejor que sabían, que no era demasiado. Únicamente descifrando el cariño de la fuente se entendía la tristeza en los rostros de los desheredados.

Aquella fuente había estado allí desde que yo recuerdo. Pocas personas se paraban a beber de ella pero cada vez más llenaban garrafas y cubos para completar los grifos que no se podían permitir y tener un poco de agua potable en casa. Se formaban colas con todas las razas representadas, inmigrantes y autóctonos podían llegar a formar una cadena de peregrinos en busca del tesoro líquido. El único rasgo común de todos ellos era el de ser pobres sin futuro.

La izquierda, más preocupada por el dinero que no les llegaba para obras sociales, no se dieron cuenta de sus hijos caídos, no pensaron que a veces la mejor obra es la que ya esta hecha. Miraban para otro lado cuando la derecha reinterpretaba el cuento y hablaba de delincuencia juntándose, ladrones que le costaban demasiado al ayuntamiento. Arrancaron la fuente, cerraron las heridas de la tierra el mismo día y les explicaron a todos que el que quisiera agua tenía que contratarla, pagarla de su propio bolsillo e hipotecarse junto a la ciudad que no les pertenecía, vivían del aire prestado hasta que encontrasen el objeto que les permitía tanto.

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La vida mezclada

9 agosto 2011

Vivía en una habitación pequeña, parte de una almacén dividido con paredes de papel, un sitio en el que resguardar el cuerpo de la realidad.

La respiración de todos los que habitábamos el edificio era una sola y acompasada. Inhalábamos los mismos sueños con insignificantes matices. Habíamos asimilado como propias las enseñanzas de los medios, la escuela y finalmente la misma sociedad que, con el cerebro bien reordenado, nos empujaba a querer dinero y estatus con el que poder alejarnos de las calles que nos habían visto crecer.

Por eso mismo surgieron las fronteras de la habitación. Nadie debía espiar nuestro futuro, copiar los planes y llegar antes al gran final prometido. Pero las finas paredes no eran capaces de retener los llantos y ansiedad de aquella carrera. Era raro no notar como se movían los vecinos, como se revolvían inquietos en los duermevelas. Girábamos sobre nosotros hasta que finalmente era inevitable que algunos se golpearan contra los frágiles muros de color que fueron cayendo.

Invitados por la casualidad, al vernos liberados de la soledad, empezábamos a romper las paredes de la celda. Siempre encontrábamos la misma mirada de otros presos, nuestros iguales con idéntica hambre y pena. Fue tan fácil darnos cuenta que no queríamos robarnos las miserias, que sólo necesitábamos sobrevivir para empezar a vivir de otra manera… fue tan sencillo que quisimos ayudarnos. El que no podía levantarse se apoyaba en los más fuertes y, poco a poco, mi pequeña habitación se transformo en un mundo sin límites.

LaRataGris


La ciudad vendida

7 julio 2011

Amanece en la ciudad de nadie, donde cada calle es del mejor postor y las fuerzas de la ley y el orden venden seguridad a cambio de miedo. Vigilan cárceles de libertad, mantienen a los presos atados a futuras violencias que justifican cualquier barbaridad.

Millones de hormigas mantienen los silencios necesarios para que no sean las ideas si no los intereses los que definan su sociedad. Están aterrorizadas y el poder despliega intimidatorios grupos que hagan palpable el estado de terror que se avecina si se siguen comportando como ciudadanos emancipados.

-Vuelvan a sus quehaceres diarios- parecen querer decir- no se detengan a pensar. Nosotros, los afortunados, ya sabemos que camino tomar… A quien cederle la ciudad.

LaRataGris.


Pequeñas construcciones

10 mayo 2011

Desde que nació su habitación se había convertido en un almacén de juguetes. Le regalaban peluches, sonajeros, coches, princesas y, sobretodo, cacharros que hacían mucho ruido. Todos tenían un botón y una frase típica, una canción o se tiraban pedos sin parar. Ocupaban tanto espacio que ella siempre los miraba desde la puerta.

Cada mes, su madre, lo recogía todo en bolsas de plástico, se las llevaba y ponía en su lugar nuevas diversiones que jamás utilizaba.

Un día alguien se equivoco y, donde tendría que haber habido un castillo con luces y sonidos, aparecieron unos bloques de construcción de formas simples y abstractas. Empezó a apilarlas mientras les buscaba el interruptor, la gracia, la cualidad de aquel juguete que parecía inventado para nada. No le encontraba las tripas pero, sin darse cuenta, las montañas de piezas fueron dibujando el contorno de una ciudad. Cansada de rebuscar volvió a la seguridad de su puerta y, fue entonces cuando, desde allí, consiguió ver los edificios que había construido.

Desde entonces, cada tarde, después de su hora de teleducacativa, se perdía por calles inventadas, corría por solitarias plazas y disfrutaba de sentarse sobre algún edificio mientras la urbe se iba haciendo más grande. Era tan divertido estar allí que cuando paso un mes le suplico a su madre que no tirase la villa hasta que hubiese podido trazar un mapa de sus rincones. Esta aceptó aunque no entendía que tenían de especial aquellos trozos de madera pintados de colores llamativos, se los dejaría treinta días más.

Para entonces su ciudad de futuro había ocupado toda la habitación. Se había empezado a nutrir de todo lo que encontraba a su paso. Reclutaba a los peluches, les daba un trabajo a los dragones y los coches se lanzaban en todas las direcciones, todos con las pilas quitadas para que no estropeasen la diversión con historias que no venían a cuento.

No lloró cuando vinieron a quitárselo. No sintió pena, ni tristeza. Ella ya había memorizado todas y cada una de las piezas y podía seguir construyendo en su cabeza, dando vida a un mundo en el que sólo le faltaría encontrar a sus amigos invisibles para que no le faltase de nada.

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