El imperfecto

25 agosto 2014

Tras los disturbios culpabilizaron a los más pobres. Dijeron que eran destructores, vándalos y, algo peor, enfatizaron que ellos mismos, con su actitud en el pasado, su no hacer nada, habían empujado a la sociedad a aquella situación. Para los que tenían que esconder tan mala resulto su inactividad como su acción posterior.

-¿ quien de vosotros,- gritaban en las asambleas, haciéndose pasar por ciudadanos-decidme si solo uno de vosotros esta libre de culpa para poder lanzar la primera piedra?-. Por norma general nadie se atrevía a hablar. El que más, el que menos, había tenido que robar para poder comer. Se creían alborotadores por gritar su pena y la acusación directa les hacía agachar la cabeza y acabar con el problema.

– yo- las cabezas reunidas buscaron. El orador intentaba distinguir al gamberro.- yo que no estoy libre de culpa lanzare la primera piedra y la segunda si no tengo a nadie a mi lado, también la tercera.- un círculo de vacío rodeo sus palabras y el anciano quedo en evidencia mientras no dejaba de hablar- sin ser perfecto no me culpabilizo. Intento mejorarme aunque se que es imposible la perfección en una sociedad corrupta. Por eso puedo, debo, lanzarla por que cambio lo que me rodea y eso me transforma. Estoy cansado de delinquir en esta forma legal. Y vosotros, todos y cada uno de vosotros, también tenéis el derecho ganado para poder tirarla. Esconded la mano después, es necesario hacerlo mientras nos persigan por ser consecuentes, por ser razonables, lógicos, libres… Apuntad, calculad bien la trayectoria que si no, el uno por el otro dejaremos la casa sin barrer. Que la culpa es una excusa perfecta para el vago de moral.- tras un silencio se lleno la nada y una lluvia de piedras, de frutas podridas, cayo sobre el estrado.

LaRataGris


Tiempo de siembra.

8 mayo 2011

Apenas juntaron un poco de nada, un algo de insignificancia, menudencias y boberias, una montañita minúscula. Llegaba a la altura de un tobillo y en ella estaban los ahorros de todo el pueblo, su promesa de comida, las semillas de mañana.

Cada cual cogió con mimo la proporción adecuada para su familia, la plantó, cultivó y esperó… cada persona se sentó a verlas crecer. Todos menos el usurero. Contaba sus ganancias, sus castillos de dinero no cabían en una sola habitación, se multiplicaban hasta donde alcanzaba la vista. Que listo había sido al cambiar cuatro puñados de granos por todas aquellas riquezas que jamas se agotarían.

Llego el tiempo de la vida, del florecer y las semillas se habían extendido por todo el valle. Sus plantas colonizaban cada rincón, daban frutas, verduras y nuevo simiente para la siguiente cosecha. Dejaron de depender del avaro, construían sus vidas del esfuerzo propio, intercambiaban lo que les sobraba y sólo les faltaba dinero, aunque ya no era necesario para tristeza del prestamista.

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