Camino de migas de pan

18 agosto 2017

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El mundo de lo desconocido

2 febrero 2017

El mundo de lo desconocido


Hambre y libertad

19 agosto 2016

Hambre y libertad


El rincón del poeta

30 junio 2015

El poeta vivía un sueño de palabras delicadas, con las que construía frágiles fortalezas de resistencia. Pintaba la realidad con plastidecores y tinta china pero, siempre el hambre, acababa guiando sus pasos por los caminos de la condena. Tenía un trabajo prisión en el que debía producir grises.

Cada día, el amo, contaba los excedentes que tenía que destruir-¡Tiene que sobrar más- gritaba cuando se sentía un pobre que no derrochaba, que malgastaba menos que su competidor- ¡Tenéis que ir más deprisa vamos, vagos, producid!

– Uno más- se decía el rapsoda- sólo uno más para poder comer.

Si nadie miraba escribía un verso apresurado, apenas un haiku, al que robarle el olor durante el resto de la jornada. Una esperanza.

-¡Señor Eme!- Su dueño estaba formado por los peores clichés de un tirano. Transmutado en cerdo sudoroso, de sonrisa parca y palabras ofensas- existe un rasgar de lápiz inapropiado en esta oficina, como si alguien escribiese versos para no estar trabajando ¿Sabe usted algo?

-Fue,- la hoja arrugada de palabras se pierde en el bolsillo- fue sólo un instante.

– Ha de producir, esclavo. No le pago para holgazanear. Que no se repita.

Una cámara comenzó a seguir sus pasos de poeta, alguien contaba las veces que respiraba, si perdía algún segundo en un movimiento innecesario.

Me duele el hambre. Yo que sólo necesito un punto pequeñito donde caerme muerto, beber el aire de forma suave y pausada. Me obligan a la inmediatez, a lo mundano.

Me duele el hambre, amigo mio, de una forma que sólo puede ser sentida, me es imposible explicarte como me esta pudriendo por dentro esta sin razón que es el trabajo.

Me duele y se me corta el aliento con lo que quieren que haga y hago. Me sienta tan sucio este traje de obligaciones que me desnudaría para no necesitar sus telas infectadas. Quedaría a la vista, igual que en esta carta que te mando, comería vientos si no me doliese tanto este hambre que me destroza.

-¡Señor Eme!- siempre otro grito- salga del lavabo, ya lleva demasiados segundos sin hacerme ganar más dinero- pero Eme se había marchado.

LaRataGris


Promesas

30 marzo 2015

El peso de su realidad: hambre. Crisis, hambre, paro, hambre, día, hambre, noche, hambre, hambre, hambre, hambre. – Trabajo garantizado, paraíso, alegría- lee las promesas del tiempo de prometer demasiado y es de un precio imposible. No puede pagar el cursillo que después le dará de comer y, que demonios, el tiene hambre. Hambre ahora y durante y tras el curso. Tampoco sera por trabajar, o por dejar de hacerlo, es que el quiere comer y se come las uñas nervioso, pero no le alimenta.- ¿dónde se prostituye uno?- pero en cualquier lado ya no tiene el cuerpo para tantos bailes. Unicamente le queda releer el panfleto en el que busca como llegar a ese paro cero, sin tener que pagar por ello, sin no tener que morir en el intento.

LaRataGris


Altruista

1 diciembre 2014

Llevaba una camiseta con un cristo del sagrado corazón, un tío con barba, solía llamarle. Sin dinero hasta los más ateos pueden parecer creyentes, si la ropa que donaron a la parroquia lo propicia o si el sueldo justifica los hábitos.

No le daba el sarpullido que esperaba, pero tenía que dar demasiadas explicaciones en cuanto reconocían al personaje famoso, Jesus. Eso si, siempre era una buena entradilla para predicar su buena nueva, ¡ Dios no existe!, que en realidad no era nada nuevo pero si una buena y vigente, urgente, necesidad el transmitirlo antes de que otro incauto picara, ya había demasiada oveja en el redil.

Vicente había empezado a trabajar sin cobrar en una fábrica muy prometedora, le prometo que si lo hace bien, le decían, si no rechista, si cumple, si se plega, si…llevaba ya tres meses así y empezaba a estar harto. El Cristo de su camiseta se había borrado con el sudor de su frente y, dignificado, esperaba que le lanzasen alguna miseria que pudiese roer. Tengo tanta hambre, rugían sus tripas, que aguantare un poco más para ver si compensan mi dedicación y altruismo. Pero la recompensa no llegaba y murió de inanición.

Lo recibieron en la fosa común, vestido con sus mejores galas, su camiseta desgastada y unos pantalones del uniforme que no había devuelto. Algún día, le decía siempre un fantasma que le había tocado como compañero, nos levantaremos como un sólo muerto y expropiaremos los mausoleos, seguro que la gente de los nichos de clase media nos apoya. Pero Vicente callaba por que ya sabía que o se había hecho en vida o, si no, uno se muere y se lo queda como un recuerdo de lo que pudo sin suceder.

LaRataGris


Las edades del reencuentro

27 octubre 2014

Ácrata no se había dado cuenta pero era un poquito más grande. No por haber crecido o madurado, simplemente habían pasado los años y eso era motivo suficiente como para catalogarlo en su generación. Sus coetáneos eran conocidos como la quinta del robot.

Un día se cruzó en una autopista virtual con Lalo. Habían jugado de pequeños, explicado sueños y esperanzas de adolescentes, luego se separaron sin saber el uno del otro y, ahora, su amigo estaba muy mayor. Sus fotos reflejaban años y daños inexcusables.

Ácrata se preguntó si le habría pasado lo mismo. Se fotografía sobre un espejo y la miró durante trescientos sesenta y dos días y una mañana, hasta que al final admitió lo mucho que había cambiado. -¿ soy un hombre? ¿acaso, eso, varía en algo mi vida?- Con desgana comprobó la hora, llegaba tarde a trabajar.

– Lo siento,- palmeó Jefe su espalda- no eres mal chico pero llegas tarde.

Ácrata respiró hondo- Necesito el trabajo, no podrías pasarlo por alto.- Como nadie escuchó esto último, Jefe se había puesto a firmar albaranes y sellar comunicados, levantó la voz para no desaparecer- Te juro que te lo recuperare.

– Mira,- deja su rutina- no es sólo que llegues tarde es que vienes obsoleto.

– Puedo hacerlo tan bien como cualquier niñato. Me reciclare.

Sin levantar esta vez la vista del papeleo despreció la súplica- Siempre supe que traicionarías tu nombre, que el mal vicio de la comida acabaría con tus convicciones. Yo en cambio puedo honrar el mio. Los nuevos modelos de trabajador no son mejores que tu, no hacen nada nuevo.- esquiva fugazmente los documentos- yo ya estaba contento con como le dabas al botón de tu máquina.- por un instante se pierde en el techo para poder retomar el discurso con más ímpetu- No es nada que tu puedas aprender, es que ellos cobran menos.

– Yo- dudó- también puedo cobrar menos.

-Déjalo estar, sera mejor que no lo liemos, las cosas ya son lo que son.

Reloj marcó las nueve y media, siempre llegaba a esta hora cuando iba al trabajo.- Quizá se le halla pasado. Casi ha estado un año con nos…

– Si, claro- se retorció el señor Sofa- después de todos estos meses mirando la foto se ha quedado lelo, por favor.

– No peleéis chicos- puso paz la luz apagada y la habitación quedó en la penumbra del silencio, esperando a Ácrata. Un murmullo invisible se fue adueñando de la estática del aire.

Reloj marcó la una y treinta y seis minutos.

– Es culpa mía.

– Evidentemente- gruñó Sofa- de haber sido una buena foto no tendrías esas marcas de expresión y hubieses oscurecido su pelo- de repente puerta retumbó asustandolos a todos. Dieron un respingo inapreciable a ojos de Ácrata que entraba arrastrando una bolsa de hambre infinita.

El espejo del recibidor intento que viera su cara más amable, la nevera se escondió sin nada que ofrecerle y la fotografía, como el espejo, igual que le había sugerido Sofa, se retocó para que se sintiese más joven.- Jamás he sido tan niño- conspiró con ellos su vision sin que eso tuviese demasiada importancia. La luz continuo apagada, la puerta se cerró por siempre y Ácrata se diluyo entre las quejas de Sofa.

LaRataGris