El margen interior

12 marzo 2012

Al margen, junto al bosque sintético, en una pequeña porción de tierra yerma que nadie quiso ni reclamó, viven desheredados que no aceptaron formar parte de la realidad. Decidieron construir sus sueños entre iguales, prometiéndose ayuda sin que les obligase el conjuro de un papel firmado.

Los que rechazaron el lugar, viendo el hervidero de vida, el uso y las actividades que emanaba aquella comunidad, intuyeron todo el dinero que estaban perdiendo al no cobrar alquiler, tener comercios o servicios en la zona. Exigieron parte de su país por las buenas y, sobretodo, por las malas.

El éxodo de los marginados hacia ningún lugar, atravesando tierras ajenas, fue el Último intento de resistir lo inevitable. Todos los intereses habían ocupado cualquier rincón del planeta y, únicamente, pudieron ahogarse en una adaptación lenta y progresiva mientras que su pequeño país se llenaba de malas hierbas, a nadie le servia aquella tierra mas que a los habitantes que no podían pagarla.

Las voces críticas se diluyeron en la gran masa. Buscaron cajas de cartón donde poder vivir, asequibles a sus bolsillos y, como unos cualquiera, desvirtuaron sus mensajes con actos obligados. Los mismos que habían propiciado el gran viaje empezaron a llamarles charlatanes, los mismos que los anulaban, aquellos que mas temían sus palabras… los habían convertido en verdaderos marginales cuando mas integrados estaban.

LaRataGris


“Intergrados…”

12 noviembre 2011

Hasta ahora la ciudad triste nos apagaba en matices de negro y gris. Cada edificio era el tono de una misma escala cromática, homogeneizando un abrazo sombrío y desalentador. La roca y el cemento se habían convertido en prisiones para nuestros espíritus libres. Sólo eramos bichos muertos sobre el arcén. Nos movíamos pero eran estertores, reflejos de una vida consumida. Me asfixiaba aquel sobrevivir de la manada. – ¿Te gustaría salir corriendo?- y siempre era la misma pregunta a la que me aterraba contestar. Agachaba la cabeza y hacía como si no escuchase las voces en mi interior- ¿Te gustaría?.-

Todo aquello formaba parte de una fórmula que yo desconocía. Una ecuación que alguien había calculado para saber cuanto tenía que aplastarnos para que siguiésemos trabajando sin que el descontento nos levantase. No eramos felices pero tampoco sabíamos que hacer para cambiarlo, aquella era la única existencia que habíamos conocido. Pintábamos el interior de nuestras casas de colores pero la realidad que nos construían en el exterior seguía enquistándose sin remedio.

Un día cualquiera mi amigo un millón doscientos veintisiete mil cuarenta y tres se dibujó un corazón verde sobre la piel del pecho. Salió a la calle siendo el mismo número de siempre, con la plomiza camisa tapando la rebeldía, se le intuía distinto. Era una forma de caminar, una media sonrisa ocultando algo… parecía uno de esos niños a los que la escuela aún no ha podido enseñar a no divertirse. No podíamos dejar de mirarlo y no sabíamos por que. Antes de llevárselo preso me confeso su pecado y sentí miedo al saberlo, que no se me notase la rareza, que no empezase a comportarme como si no hubiese perdido la esperanza…

Borré mis huellas de todos los colores felices de casa. Pinté las habitaciones de tristeza, quemé mis ideas y empecé a pensar igual que me comportaba, todo fue inútil. Los perros siguieron su rastro hasta dar conmigo.- señor tres billones setecientos seis mil, se le acusa de intentar ser diferente.- y acabé atrapado en una prisión más pequeña. Yo no había hecho nada pero era tarde para defenderme.

Le pusieron precio a mi libertad; cada idea revolucionaria que entregase, cada cachito de inteligencia que les diera equivaldría a diez minutos menos de condena. Cumplí siete de los ocho años y pude salir a un mundo muy distinto al que abandoné. Nos habíamos sacrificado y la ciudad parecía haberse contagiado de nuestro esfuerzo. Todo se había llenado de color y ya no era la tumba que abandoné. Helicópteros de limpieza lanzaban cubas de pintura allí donde empezaba a deslucir. Ríos de colorante impregnaban cada calle, arrastrando a los transeúntes que también quedaban teñidos en la operación. Los responsables de la ciudad la habían pintado de optimismo y los perros velaban por que nadie manchase las paredes de verdad. Nuestro incidente les sirvió para darse cuenta de que la ilusión de libertad nos tendría mejor controlados que el desánimo, el sistema nos había integrado a su manera, habían transformado la ecuación para un mismo resultado.

LaRataGris