Dif…iguales

18 septiembre 2019

Dif...iguales

 

Vota Charlie


Ruptura

22 mayo 2018

Cada día hacia lo que tenía hacer. Guiado por la batuta de un director mecánico, bailaba los caminos programados, respirando el compás de la gente.

El mundo exterior, más allá de les sendas artificiales, era tan extraño, estrambótico, helado. La seguridad de lo habitual tendría que ser suficiente.

La perfección se descomponía de una forma que nadie parecía ver. La gente se abrazaba al dolor de ser normal, sonreía los sin sabores y lalala que mierda. Eliminamos el freno de lo diferente, las notas que adoptan los cambios bruscos de ritmo. Moriríamos todos, juntas, fingiendo la felicidad del grupo, ser uno único sería nuestra perdición.

LaRataGris

Vacas diferentes


Algo viejo, algo nuevo, una ciudad prestada

4 junio 2015

Algo viejo, algo nuevo, una ciudad prestada


“Intergrados…”

12 noviembre 2011

Hasta ahora la ciudad triste nos apagaba en matices de negro y gris. Cada edificio era el tono de una misma escala cromática, homogeneizando un abrazo sombrío y desalentador. La roca y el cemento se habían convertido en prisiones para nuestros espíritus libres. Sólo eramos bichos muertos sobre el arcén. Nos movíamos pero eran estertores, reflejos de una vida consumida. Me asfixiaba aquel sobrevivir de la manada. – ¿Te gustaría salir corriendo?- y siempre era la misma pregunta a la que me aterraba contestar. Agachaba la cabeza y hacía como si no escuchase las voces en mi interior- ¿Te gustaría?.-

Todo aquello formaba parte de una fórmula que yo desconocía. Una ecuación que alguien había calculado para saber cuanto tenía que aplastarnos para que siguiésemos trabajando sin que el descontento nos levantase. No eramos felices pero tampoco sabíamos que hacer para cambiarlo, aquella era la única existencia que habíamos conocido. Pintábamos el interior de nuestras casas de colores pero la realidad que nos construían en el exterior seguía enquistándose sin remedio.

Un día cualquiera mi amigo un millón doscientos veintisiete mil cuarenta y tres se dibujó un corazón verde sobre la piel del pecho. Salió a la calle siendo el mismo número de siempre, con la plomiza camisa tapando la rebeldía, se le intuía distinto. Era una forma de caminar, una media sonrisa ocultando algo… parecía uno de esos niños a los que la escuela aún no ha podido enseñar a no divertirse. No podíamos dejar de mirarlo y no sabíamos por que. Antes de llevárselo preso me confeso su pecado y sentí miedo al saberlo, que no se me notase la rareza, que no empezase a comportarme como si no hubiese perdido la esperanza…

Borré mis huellas de todos los colores felices de casa. Pinté las habitaciones de tristeza, quemé mis ideas y empecé a pensar igual que me comportaba, todo fue inútil. Los perros siguieron su rastro hasta dar conmigo.- señor tres billones setecientos seis mil, se le acusa de intentar ser diferente.- y acabé atrapado en una prisión más pequeña. Yo no había hecho nada pero era tarde para defenderme.

Le pusieron precio a mi libertad; cada idea revolucionaria que entregase, cada cachito de inteligencia que les diera equivaldría a diez minutos menos de condena. Cumplí siete de los ocho años y pude salir a un mundo muy distinto al que abandoné. Nos habíamos sacrificado y la ciudad parecía haberse contagiado de nuestro esfuerzo. Todo se había llenado de color y ya no era la tumba que abandoné. Helicópteros de limpieza lanzaban cubas de pintura allí donde empezaba a deslucir. Ríos de colorante impregnaban cada calle, arrastrando a los transeúntes que también quedaban teñidos en la operación. Los responsables de la ciudad la habían pintado de optimismo y los perros velaban por que nadie manchase las paredes de verdad. Nuestro incidente les sirvió para darse cuenta de que la ilusión de libertad nos tendría mejor controlados que el desánimo, el sistema nos había integrado a su manera, habían transformado la ecuación para un mismo resultado.

LaRataGris


Igual-mente

29 octubre 2010

Igual-mente


La forma de las cosas

23 junio 2009

«Igual que la gente no acostumbra a acabar los diccionarios, ¿has pensado alguna vez en dejar algún» otro «libro a medias, a pesar de que te haya enganchado desde el principio?»

«Me pasó con La Insoportable Levedad Del Ser». Antes de llegar al final lo abandoné sobre la estantería para que acumulara polvo sobre sus cubiertas marrones.

«Me lo recomendó», o algo así,« el Pimpollo»- Es una historia excepcional.- «me dijo»- Pero no te gustará porque los protagonistas son dos amantes- «se equivocó».

«Atraído por la extraña crítica empecé a leer con fervor las páginas», dejándome llevar por Tomás y Teresa. «Recorriendo sus miedos, personales, sus deseos inconfesos», …,« la maldad.»

«Con el silencio de quien espera que todo se resuelva comencé el último capítulo sin llegar a verlo concluir.»

Tú lo perdiste todo «fue donde lo dejé», a una página de que realmente acabara. «No quería saber más», «mi cabeza había tejido su propio final y era hermoso.»

-Te lo dije, no te iba a gustar-« Volvió a equivocarse.»

« Más de una persona me lo ha querido explicar.»

– Loco- «me gritan otros tantos»- Si tan malo era no haber leído trecientasquince páginas de un libro de trescientasdieciseis, para eso tienes la contraportada.

– ¿Sabes que existe una peli?. La coges en video y punto, que no es bueno leer tanto.

Todas y cada uno de los que hablan son gente normal, de las que piensan que las cosas sólo tienen una forma de hacerse, la correcta, la que alguna vez les explicaron. Cuestiona.

LaRataGris.


El cangrejo

21 enero 2009

Mucha gente lo cree;

el cangrejo camina hacia atrás.

Mucha gente lo sabe;

el cangrejo, realmente, camina de lado.

Muchas veces lo hace;

el cangrejo se queda quieto por joderlos a todos.


Fue un día cualquiera, entre semana. La gente corría de aquí para allá. En busca del coche, la moto, autobús o metro para no llegar tarde al trabajo. También Juan dejaba atrás los últimos jirones del sueño, caminando deprisa. Su automóvil se quedo en el taller y por primera vez en su vida el olor a transporte público anegaría su trayecto. Durante trece paradas sentiría agarrotarse su cuerpo oprimido por la marabunta que no deja moverse si no es en una misma dirección. Pasando, al fin y al cabo, desapercibido hasta que la megafonía anunció su parada y el lucho por salir.

Al conseguirlo, cuando subió a nivel de suelo, no fue consciente del revuelo que había formado.

Pasmados, intentando comprender lo que sucedía, los que se habían bajado en aquella misma estación y todo aquel que entraba en el metro, miraron a un hombre desafiar las leyes universales. Juan, anodina mota de polvo, subía las escaleras, como si tal cosa, por propio pie. No usaba las eléctricas, algún ascensor !!!. Se limitaba a apoyar un pie tras otro en las frías baldosas que recubrían los peldaños grises y salio al aire libre, ante el estupor de los que allí se habían congregado.

Cuando por fin, alguien, reacciono gritando- ¡ Mirad es un hombre cangrejo! – el ya estaba oculto en el deambular errático de los transeúntes y no pudieron distinguirlo, actuando como actuaba, como uno más.

-¿¡ Qué sucede!?- dijo el jefe de estación al ver que se iban acumulando viajeros ante las escaleras- ¿¡ Por qué nadie se mueve!?
-El,… el hombre cangrejo- parecía ser la única respuesta- un ser que subia bajando- logro articular alguna voz balbuceante- desapareció, mágicamente, al dejar atrás las escaleras- sentencio una tercera.

Lívido, sin poder asimilar aquel hecho extraordinario, corrió a su garita, para dar, nervioso, el parte de lo sucedido a sus superiores- Como nuestro señor Jesus, al caminar sobre las aguas, se ha obrado un milagro; en mi estación. ¡ Ha de ser el nuevo mesías! Y su gracia a tocado mí estación.
-Corte la corriente de las escaleras mecánicas- fue la orden tajante- Diga que hay una avería, que todos han de subir caminando. Llame a las demás estaciones, diga que hagan lo mismo- añadiendo, más tarde para si mismo- lo que menos necesitamos ahora es un loco con ideas propias sobre como subir unos escalones, podría hacer pensar a los demás y eso sería terrible para el orden establecido, terrible. La única solución sera instalar ascensores. Que no tengan otra vía de acceso. Nadie se quejara por tener que caminar y a la vez no podrán desviarse por otros caminos.

Al volver a casa, al día siguiente, y todas las veces que volvió a coger el metro, Juan no varío su itinerario, aunque nunca más lo miraron.

LaRataGris.