los perfectos ignorantes
31 agosto 2011Sin corazón
28 julio 2011El hombre demasiado triste pensaba que su corazón se encogía en exceso, palpitaba muy lento y quedaba a la deriva del pecho, chocando con las paredes de la caja torácica. Dolía tanto la vida, ver como la gente aceptaba las injusticias como algo cotidiano y sin solución, que pensó que si lo tiraba su existencia sería un poco más llevadera.
Se lo arrancó de un golpe, sin sentir nada. Ya no notaba el dolor, las penas, las tragedias le parecían insustanciales… igual que la alegría y la esperanza. Era un ser pasmado, un autómata perfecto y brillante.
Pero el hueco que había dejado, el pequeño agujero, del tamaño exacto al corazón, era demasiado grande, pesado e insoportable. Empezó a buscar algún objeto liviano que taponase la entrada de aire. Recorrió el mundo entero sin echar la vista atrás, sin tan siquiera girarse para ver como de la semilla que había lanzado germinaba un árbol de un millón de flores que endulzaban el viento.
Recorrió siete veces el planeta antes de volver al mismo punto del que había partido y sentarse a descansar a la sombra de su árbol. Era enorme y llenaba de felicidad a todos los que paseaban a su lado. Unos niños jugaban entre sus ramas, los amantes se abrazaban en los claroscuros y los ancianos tomaban una bocanada de aire antes de continuar caminando hacía ningún lugar. Era un sitio mágico como no había encontrado en ninguno de sus viajes. Aquella noche durmió tranquilo y por la mañana probo la fruta del árbol. Era un tanto amarga, dulce y picante. Un extraño sabor de mezclas contrarias y complementarias. Poco a poco su hueco se fue llenando del jugo de las frutas. El pecho empezó a palpitar lento, a la deriva de un encogerse normal ante las injusticias… Ya no quería volver a sentir frío, prefería abrir los ojos y aprender a cambiar el mundo antes que tener que transformarse en gente que pasea solitaria, buscando lo que ellos mismos lanzaron. Quería ser valiente y enfrentarse a las tristezas.
LaRataGris
Entropía antropomórfica
11 junio 2011El mundo iba tan deprisa como siempre. Giraba sobre su eje, alrededor del sol, marcando las estaciones a las que el ser humano les había dado nombre para poder poseerlas. Pero, la tierra, era ajena a los compradores de tiempo. Su vaivén describía las órbitas sin pensar en junio, marzo, agosto… su calendario se hacía de ondas espaciales, las caricias del cosmos y su propia libertad la hacían vibrar a un ritmo distinto.
Para los hombres y mujeres eso era una afrenta terrible. Grupos enteros se habían dedicado a estudiar su comportamiento. Formulaban leyes y teorías, las transformaban en dogmas irrefutables y, aquella desfachatez del planeta volviéndose loco…cambiando frío por calor sin una solicitud previa, era un declaración de guerra encubierta.
Se estableció una comisión científica con los militares más cualificados. Se les dio carta blanca para perder su tiempo en buscar soluciones rápidas, que afectasen lo menos posible al desarrollo de la economía. Las conclusiones las redacto un gabinete político de emergencia y una guapa presentadora leyó el batiburrillo incomprensible por televisión.
Sin carácter retroactivo el día pasaría a tener veintitrés horas. Se acabaría a las once y poco a poco el verano volvería ser caluroso, el otoño melancólico, un invierno terrible y la primavera explotaría de colores. Recuperaríamos la normalidad previa al cambio climático y el planeta estaría listo para seguir explotándolo sin escrúpulos. Sólo tendría que acelerar su órbita un milisegundo cada cuatro horas pero, el mundo iba tan deprisa como siempre…
LaRataGris

Escrito por laratagris 







