La condena del gigante

4 octubre 2012

Erase una vez un hombre que se había hecho grande a si mismo. De una sola y diminuta célula se multiplico, se hizo niño y, como tanto gusta decir en la tierra de las oportunidades en la que vive, fue creciendo hasta convertirse en el gigante que es ahora. Pero no pienses que paró en algún momento. Si su cuerpo se detendrá, si el metabolismo de gente tan sumamente enorme tiene un fin, ni se conoce, ni se esta estudiando. Al resto le basta con asustarse de su envergadura, respetarlo por el terror que provoca con el retumbar de sus pasos y los huracanes de inspirar, espirar.

Un día su cabeza choco contra el techo del cielo, su cuerpo se encorvo y sintió como seguir subiendo devolvía su mirada hacía la tierra. Gruñó enfurecido mientras sus poderosos brazos buscaban la forma de elevar el firmamento, empujó, maldijo y todos se echaron las manos a la cabeza un poco más espantados de lo que habitualmente estaban. – Tenemos que romper la cúpula que lo aprisiona- gritaron horrorizados- tenemos que permitir que siga creciendo.- Era obvio que el jamas dejaría de expandirse, necesitaba más espacio y, si no lo tenía hacía arriba, se tumbaría hasta ocupar el mundo que ellos habitaban.

Siete hombres treparon por sus piernas, un helicóptero vigilaba el ascenso y en sus casas los espectadores espectaban el espectacular espectáculo televisivo. Enmudecían con cada traspiés, vitoreaban las hazañas y, cuando abrieron el agujero se abrazaron y lanzaron cohetes, tocaron fanfarrias mientras el gigante continuaba aumentando su volumen y el oxigeno se escapaba hacía otro mundo, un mundo donde estar sin que algo desmesurado empuje constantemente.

LaRataGris


Entropía antropomórfica

11 junio 2011

El mundo iba tan deprisa como siempre. Giraba sobre su eje, alrededor del sol, marcando las estaciones a las que el ser humano les había dado nombre para poder poseerlas. Pero, la tierra, era ajena a los compradores de tiempo. Su vaivén describía las órbitas sin pensar en junio, marzo, agosto… su calendario se hacía de ondas espaciales, las caricias del cosmos y su propia libertad la hacían vibrar a un ritmo distinto.

Para los hombres y mujeres eso era una afrenta terrible. Grupos enteros se habían dedicado a estudiar su comportamiento. Formulaban leyes y teorías, las transformaban en dogmas irrefutables y, aquella desfachatez del planeta volviéndose loco…cambiando frío por calor sin una solicitud previa, era un declaración de guerra encubierta.

Se estableció una comisión científica con los militares más cualificados. Se les dio carta blanca para perder su tiempo en buscar soluciones rápidas, que afectasen lo menos posible al desarrollo de la economía. Las conclusiones las redacto un gabinete político de emergencia y una guapa presentadora leyó el batiburrillo incomprensible por televisión.

Sin carácter retroactivo el día pasaría a tener veintitrés horas. Se acabaría a las once y poco a poco el verano volvería ser caluroso, el otoño melancólico, un invierno terrible y la primavera explotaría de colores. Recuperaríamos la normalidad previa al cambio climático y el planeta estaría listo para seguir explotándolo sin escrúpulos. Sólo tendría que acelerar su órbita un milisegundo cada cuatro horas pero, el mundo iba tan deprisa como siempre…

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