Gran inauguración, el cartel no añadía nada más. Bajo su sombra una puerta estrecha y oscura. El portero, de aspecto dudoso, saludaba a los escasos visitantes.
-Quizá esta noche lleguen más criaturas- dijo la araña -. La nocturnidad siempre invita a recorrer las calles silenciosas.
-Cállate- le gritó el hombre -. A nadie le importa el privilegio de las hadas. Su fulgor se apagará sin más.
-Y, cuando ya no quemen al paladar, nos las comeremos- se relamió saboreando su carne tierna entre los quelíceros.
Esperaron por tres noches hasta ver como dentro caían sin que nadie viniese a salvarlas. Esperaron por cuatro días más y al final de la semana se sintieron seguros de poder hacer con las hadas lo que quisieran.
Me encanta hacer estas cosas. Este año Viaje Final, historia muy loca que le regalo a mis niños por Sant Jordi. Si te la quieres leer tú también aquí la tienes para su descarga.
la humanidad había desaparecido. Claro que había humanos paseando por las calles, fingiendo una vida normal, creyéndose humanidad, una palabra sin significado. No dejaban de ser un espejismo, un reflejo del pasado.
Todo cambio cuando el altísimo general, el vencedor de mil juegos de estrategia, asomo; con el uniforme impecable y correctísimas maneras, mirando todas las pantallas con la seriedad esculpida en el rostro.
-Son nuevos tiempos que requieren una respuesta contundente- repitió el moderno discurso caduco de siempre.
Hablaba, por supuesto, del Ardith 27; de estructura química perfecta, biodegradable, energético. Las cantidades que escondía el suelo del país, patria para los orgullosos de viento, convirtieron nuestra casa en pieza clave de la cacareada revolución ecológica, siempre a punto de estallar.
-Nos defenderemos del enemigo. No nos robaran, nosotros, los elegidos, salvaremos el planeta.
La guerra estalló al instante, sin posibilidad de victoria para nadie. El anuncio solo fue un preliminar de algo que se llevaba fraguando desde hacia demasiado tiempo.
Las guerras ecológicas las llamaran cuando su verdadero nombre era economía.
Todos podemos ser un elfo. Vestirnos de forma volátil y afilar nuestras orejas con una sencilla operación. Actuaríamos como si fuésemos uno con la naturaleza, construyendo un pequeño bosque en el balcón de casa para pasar allí cada hora libre de la que dispongamos.
Podríamos hablar con pesada afectación, en un lenguaje inventado. Charlaríamos sobre como el mundo humano se come la realidad de los viejos tiempos de luz, lo tiñen todo de gris y, con otros iguales, trazaríamos un plan sencillo para salvar a la madre tierra.
Es tan fácil, todo el mundo puede ser un elfo, con o sin disfraz. Fingir causas nobles e inventarnos un crepúsculo lejano. Sin embargo, hemos decidido ser luces que se apagan.