El hombre afortunado

27 noviembre 2012

La empresa, esa entidad ficticia que se comporta como un ser vivo, tosía malas cifras postrada en su lecho. Miraba entre las nieblas de su fiebre a todas las manos que eran sus empleados y se preguntaba quien estaba fallando.

Ella era poderosa, respetada… llevaba experiencias a su espalda que la hacían irrepetible. Recordaba, como en un flash antes de morir, los mejores tiempos, los inmediatamente peores y volvía a preguntarse- ¿ quien esta fallando para que yo no levante cabeza?

Los esclavos que dormitaban bajo la cúpula de su caja torácica escuchaban como se retorcía inquieta, igual que un mastodonte a punto de caer, e intentaban pasar desapercibidos para no ser arrastrados por los primeros vientos. Mientras, ella, buscaba tiritas y revisaba una a una todas sus manos, escudriñaba entre los asustadizos peones para encontrar los que le eran más inútiles. Excretó años y dedicación de miles de sus asalariados, se quedo con diez hormiguitas primero, nueve, ocho, siete… y el hombre afortunado se encargo de todo el trabajo. El tenía que correr por una planta vacía, pulsando los botones adecuados, montando, apilando, empaquetando genero que después repartiría por diversos puntos de venta mientras desfallecía y la empresa respiraba un poco más tranquila.

La ciudad, viendo el buen funcionamiento, felicito a la única empresa que no cerraba y le pidió consejo- Despide a todos tus empleados- le contestó- que mi hombre barra las calles, coloque adoquines, pinte paredes, transporte, construya, reparta correo,… reduce gastos para que no te chupen la sangre.

LaRataGris


El barrio de los mancos

5 junio 2011

De seis a ocho, de cuando no tenía derechos ni aparentaban dárselos, mi padre giraba planchas de plástico sobre la prensadora. Por eso le habían galardonado con el título nobiliario de oficial de primera, una forma de decirle que ya llevaba más de cuarenta años salvando todos sus dedos, que había tenido más suerte que sus compañeros que se iban jubilando trocito a trozo, hasta que la mano les quedaba inútil y podían volver a casa con sus familias.

Don Genaro, el rey de los mancos, siempre le preguntaba cuanto más iba a durar.- Ya estas muy viejecito para seguir este ritmo, dentro de poco la máquina te reclamara como a todos-. Mi padre respiraba hondo y hacía odios sordos. A veces lo llamaba al despacho, le enseñaba varios gráficos, los números de las cuentas y le pedía que fuese más rápido, que doblase su faena- Es importante para todos que la empresa sea un poquito más competitiva y si has sobrevivido hasta ahora seguro que resistes la nueva velocidad.-

Y aguantaba. Mi padre era un buen esclavo, hacía su faena mientras su cuerpo se rompía en silencio. Cada semana un aprendiz nuevo dejaba la fábrica de muñones mientras el mantenía la producción.

Un día su caderas fallaron, giraron demasiado frágiles y ya no servía para su puesto. Lo prejubilaron con diez dedos y dolor crónico.

Dicen los políticos que tendremos el estado de bienestar que nos podamos pagar. Los médicos que atendieron a mi padre, las enfermeras, todo el personal del hospital le han felicitado por la suerte que ha tenido al operarse ahora, dicen que a partir de ya todo ira a peor. Les han cerrado plantas enteras y los enfermos se mezclan en las que han sobrevivido. Dentro de poco tendrás que llegar con un corte hecho en casa y las suturas se harán pegando trocitos de celo. Parece ser que necesitamos mutuas para curarnos los resfriados, necesitamos desembolsar un dinero que no nos pagan para que nuestra vida pueda seguir su curso. Si no puedes aprieta los dientes, aguanta como mi padre hasta quebrarte… eso o en lugar de tocar la sanidad tocamos a los políticos, a los banqueros y a todos esos pajarracos que viven de cadáveres ajenos.

LaRataGris.


Derecho a enfermar

27 noviembre 2009

Derecho a enfermar