Control apocalipsis

13 octubre 2014

Dentro del televisor una imagen de otra pantalla, en este caso apagada. Un guante pegado con cinta aislante a un traje amarillo apareció entre ambos, encendiendo el segundo aparato.- El ébola- comenzó a leer entre tartamudeos- ha puesto a nuestro país en el mapa internacional. Por fin se nos tiene en cuenta.- Acto seguido el mismo guante le dio al botón y el presidente del gobierno dejo de estar allí.

– Un, dos y- el director bajó la batuta para dar la entrada de los primeros acordes del pasodoble. El tren de alta velocidad se acercaba lentamente al anden, como si diera pie a los curiosos para que se aproximaran al sonido de la orquesta. Estos, los cotillas, llegaban con vítores y aplausos, intuyendo una visita importante.

Los primeros en bajarse fueron unos agentes que intentaban pasar desapercibidos cuchicheando entre ellos por el pinganillo implantado. Uno asintió con la cabeza y los músicos se apresuraron para que las últimas notas coincidieran con la bajada del plasma presidencial seguido de un generador portátil. – el ébola- recito el discurso de las últimas semanas- es una enfermedad del futuro. Nuestro país no podía perder ese tren y por eso hemos sido pioneros en su importación a Europa.- Acto seguido invitó a la portadora a unirse al mitin.

Apareció como un cadáver, ayudada a caminar por varios enfermeros vestidos de arriba abajo con papel celofán amarillo, abrochado con esparadrapo y una pequeña obertura bajo la nariz por la que respirar. Zarandearon sus brazos átonos, para aparentar un saludo y luego la improvisada congregación fue abrazando a la enferma.

– No temáis- les azuzaba el presidente mientras la guardia secreta los empujaba- hemos estudiado el protocolo más eficaz.

La gente, alérgica a la muerte intentaba huir sin esperanza, sabían que en cualquier ciudad a la que quisieran escapar llegaría la caravana.

Epiloco.

– Tuturututu- suenan regias trompetas y una salva de siete cañonazos saludan a la tostadora europea. El jefe de protocolo inclina el televisor hasta que su pantalla roza el suelo. Mientras, dentro, el presidente del país, balbucea: “a sus pies, ama”

– Dicen mis informadores- bramo la presidenta de la unión- que todo ha salido según lo planeado

– Si, mi ama- musito sin despegarse del mármol- hemos sembrado el caos mientras pedíamos calma y confianza.

– Perfecto.- mientras hace una tostada de forma eficiente- Sinceramente, creí que tu gobierno la cagaría.

-No, mi ama. Hemos seguido las directrices marcadas. Todo esta donde debe.

– Mejor para ti. Por ahora puedes seguir en tu puesto, ahora le toca a las farmacéuticas controlar el apocalipsis desatado.

LaRataGris


El otro hombre

1 julio 2014

Penelope sabía bien como quererse. No necesitaba nada más que sus pensamientos; se tumbaba y se amaba salvajemente hasta acabar rendida, aunque no era sólo eso.

El otro hombre, el que vivía en la puerta de enfrente, no parecía contento con esa actitud. Había conocido a tantos otros hombres, era otro más desde su padre a su ex, pasando por hermano, amigos e incluso su madre había sido uno de esos otros hombres. Le decían que es lo que tenía que hacer, lo que estaba bien y mal, y uno tras otro era más represor, más exigente, más hombre,…otro más queriéndola bien educadita en la vieja escuela. Su vecino lo era, todo un incordio insufrible.

Al final, cansada, había llegado a un acuerdo con ella misma, les iba a dejar hablar siempre que no la tocasen, aunque pocas veces se conformaban con eso. Ellos querían protegerla, ese era el cuento que le explicaban, estarían guiándole hasta que encontrase su hombre diferente, el único e inalcanzable que, ella, tampoco quería. Se sentía hastiada de todo aquello, de las quimeras y la normalidad, unicamente necesitaba que una persona la quisiera y esa era ella misma. Ninguno de los otros hombres, solo Penelope sin querer huir.

 


La uña

21 abril 2009

Tengo una uña más larga que el resto, apenas dos milímetros, pero se nota, y mucho. Si no, no me explico la razón por la que todo el mundo me lo dice, incluso gente que no conozco de nada, me para por las calles, sorprendidos de que sobresalga un poco más de lo normal. Muchos ha que me piden que me la corte, que las iguale, pero es que a mi no me apetece llevarla como ellos quieren. La miro una y otra vez, me pregunto si tendrán razón tantas personas diciendo lo mismo, supongo que sí (Ja!!!), que debería hacerles caso.

Cojo el cortaúñas varias veces al día, hago ademán de utilizarlo, me arrepiento, vuelvo a intentarlo. Así durante horas hasta que al fin me decido. Lo tiro al cajón del que salió. Aunque no pueden equivocarse, hay algo que no dicen cuando me aconsejan deshacerme de ella, y es que sin mi uña, su vida sería un poco más aburrida.

LaRataGris.