Avaricia

22 junio 2010

Carlos llegó a la ciudad y se sentó en un rincón a llorar- No tengo nada, nada de nada, nada-. Era lo único que parecía saber decir y alguien sintiendo pena le dio de comer, otro donde dormir y un tercero una forma de ganarse la vida.

Al principio, contento, se levantaba temprano. Cada mañana iba a trabajar y urdía un plan para dejarlo rápido- Es tan poquito, muy poco, poquísimo- fue su nueva consigna llena de lágrimas y pesadumbre. Enseguida llegó más comida, una habitación más grande y un trabajo con más responsabilidad.

Un tiempo y la situación se repetía con otra frase distinta- No es suficiente…quiero más…¡inclinaos ante mí escoria!- cada vez más autoritario, ascendiendo sin piedad. Ya no necesitaba manipular a nadie, podía chasquear sus dedos y una cohorte de acólitos se inclinaba ante el poder de su dinero. Pero Carlos no estaba feliz. Su supremacía le llenaba de orgullo, era un chico de la calle que se había labrado un porvenir, era la persona más influyente, ya no de la ciudad, del mundo entero pero…él quería seguir subiendo y no le quedaban metas por conquistar.

Un día Antonio llegó a la ciudad con mucha hambre…Carlos ya se había suicidado y el grupo de trepas comenzó a moverse ocupando los espacios vacíos. Quedaba un hueco en la zona más baja, donde los mendigos intentaban inútilmente despuntar. Antonio se sentó en aquel espacio y se preparó un bocadillo con lo poco que había conseguido aquella mañana, no estaba demasiado bueno pero mataba el hambre. Después estuvo haciendo algunas preguntas, buscando la manera de ganarse la vida allí. Lo único que le decían todos era que si sabía llorar todo sería muy fácil para él. Así se conseguían las cosas. Y lloró un poco, todo aquello lo entristecía. La gente se acercó para darle una limosna que él rechazó- Vivir de la amargura sólo me puede traer más melancolía. -Gracias, pero tengo que irme- y se marchó mientras la ciudad esperaba que llegase un nuevo pilar para su pirámide. La maquinaria no se puede desequilibrar.

LaRataGris


Miedos

18 abril 2010

Me encerré. Tres cerrojos, siete llaves y dos alarmas por si acaso fallaba algo. Aún así la casa silenciosa me parecía un peligro terrible. Cualquier crujidito se convertía en una bomba para mis oídos, las sombras se confabulaban contra mí. Me rodeaba una masa gris parduzca, me oprimía su descaro inventando formas diabólicas que me hacían perder los nervios. Busqué un interruptor…me detuve al instante, no sabía si sería peor aquella estancia en penumbra o que alguien supiese de mí por la luz de una ventana. Bajé las persianas, espanté los pocos rayos de luz que se atrevían a cruzar por alli y me quedé en la más absoluta de las oscuridades.

Me prohibi escuchar, oler, degustar,… sentir cualquier cosa y, aislado, no me percaté del primer cerrojo, del segundo, ni del tercero. Reventó una cerradura y saltó la alarma. Dos, tres y cuatro, con la quinta la otra alarma, seis y en la séptima mi enemigo aprovechó mi miedo, no lo ví, estaba demasiado preocupado por mi imaginación y las cosas terribles que creaba para mi…

LaRataGris


Una linterna sin pilas

4 diciembre 2008

El señor T. que no necesita trabajar, está muy contento porque se ha comprado una linterna. Normalmente no se la podría pagar con el dinero que le da su madre, pero, ¡qué demonios!, un día es un día; y en el anuncio se veía tan bonita.

Los primeros días son geniales, hace sombras, deslumbra a la gente por la calle, lee libros bajo las mantas,…, puede hacer tantas cosas con su fantabulosa linterna que cuando empieza a perder intensidad se siente un poco apenado, y al final, con las pilas gastadas, su mirada se apaga con la de ella.

Durante un par de días se siente triste y solitario, al terceroo decide pedirle un aumento a su madre, pero ella no quiere dárselo.

El señor T ha encontrado trabajo en el centro de la ciudad, aprieta torinillos a unas máquinas que no sabe ni qué son. Con su primer sueldo compra las pilas más potentes y duraderas para su bella linterna. Ya no tiene tanto tiempo para disfrutarl, pero aún le queda algo.

Al mes y medio de trabajo se da cuenta de que pierde mucho tiempo en el camino a la fábrica y se compra un coche. Ha tenido que hipotecar su pisito, pero todas las mañanas va como el viento por la carretera.

El coche no gasta mucha gasolina, pero aún así le supone un gasto. Hasta que deje de pagar la hipoteca el señor T hará horas extras, no le pagas mucho, pero le llega para la gasolina, y con el tiempo que ahorra en el camino, tiene más para jugar con su linterna. Lástima que ahora gaste más tiempo trabajando, «pero, ya verás cuando acabe con la hipoteca»-piensa. También piensa que ya que tiene coche debería cuidarlo un poco. Precisamente ayer vió unos alerones fardones anunciados en T.V. Salieron dos días después de comprarse el coche. Si lo hubiera sabido se habría esperado, pero ahora no puede volver atrás. Y, entonces, el señor T, que necesita trabajar para vivir, se pone muy contento porque se ha comprado unos alerones. Normalmente no se lo podría pagar con…

LaRataGris.


Cagando flores

28 noviembre 2008

En invierno mi casa es como un iglú, el gélido viento se cuela por cada grieta y toda la familia nos agolpamos sobre la vieja estufa de butano, en el comedor. El único lugar donde el calor nos hace querernos.

Y allí voy aguantando como los demás, aunque la necesidad apriete. Sólo si la mierda esta asomando aventuro a levantarme del sofá para sentarme esta vez en la frialdad del water. Me acomodo con lentitud, frotando las manos como si esos fuese a calentar la taza. Pero no sirve de nada, se me congela el culo y el forullo sale igual que un carámbano que cuelga de una cueva.

Después me limpio, rapidito para volver corriendo al sol que aleja el frío, dejando pegotes de excrementos aún pegados a las nalgas. Es realmente asqueroso, una historia que podría haber obviado, o al menos maquillarla un poco para que sonase mejor. Pero pensé, por mucho que la adorne nunca cagaremos flores.

LaRataGris.