Críticos

7 noviembre 2016

Gabriel era un buen chico atrapado en una cárcel de papel, donde el mismo dibujaba sus barrotes con tinta y bellas palabras. Sus textos eran una exageración sentimental sin sentido, un exabrupto por la condensación de dulzor.

No como Pep, frío y calculador. Sus textos reflejaban una relación de acontecimientos exactos y mesurables. Carecían de sentimientos que, para él, eran absurdos e inexpresables.

“Terrible paridad”, les dedicó en cierta ocasión un refunfuñón cítrico literario, “en estos libros que coinciden en espacio pero no en forma ni contenido. Una fusión de ambos podría ser sensacional, por separado son mierda pura”.

Así fue como se conocieron, odiando al mismo limón. Los dos dispares autores chatearon durante varios días. Gabriel, lleno de pasión, alego que la fragilidad del corazón no podía soportar las estupideces incoherentes de aquel gañán. Pep, en cambio, expuso trescientos sesenta y cinco puntos por los que no estaba en lo correcto su pérfido enemigo.

Tras largas conversaciones se dieron cuenta de lo mucho que se complementaban y, aunque era una forma de darle la razón al crítico, decidieron quedar para fusionarse. Aquel día generaron una persona completa, perfecta. El estallido que provoco su unión fue cósmico, millones de galaxias se vieron afectadas por la onda expansiva.

No puedes ni imaginarte como quedo la tierra, justo en el centro de la hecatombe. La explosión solo respeto el punto exacto donde yacían la unión de los dos escritores.

Se despertaron algo desorientados, sobre el único trozo firme, rodeados de la nada más absoluta

-¿Qué es esto?-sonó una voz preocupada en su cabeza

-Esto son cero críticos molestando.- respondió la otra. Entonces, sintiéndose libres, eyaculo cada uno sobre el cerebro del compañero para repoblar la realidad con sus mundos interiores.

LaRataGris

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25 marzo 2016

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