Pintar
22 agosto 2009Cuento corto. El escritor. El rey que no fue príncipe azul y la bruja que era el mismo
15 abril 2009Cuento Corto.
Principe y princesa, una bruja muere y el amor triunfa.
fin.
El Escritor.
Nació un sentimiento de belleza en el corazón de un escritor mediocre. Una chispa que creció hasta absorver a su dueño y le dejo tan ciego de tan intensa que era.
Se sentó, intentando calmar las hermosas palabras que se habían grabado en sus entrañas, ordenando cada sílaba para que la historia fluyera por su cuerpo, hasta una hoja en blanco que se burlaba frente a él. Pero su mente no canalizaba el torrente que desbordaba su interior.
Una punzada de dolor, una opresión, tensó sus músculos, retorció sus huesos hasta dejarlo exhausto, llorando en un rincón de la habitación.
Así lo encontró su mujer, con el sollozo de un llanto desperdigándose entre las paredes, temblando impotente.
Arrodillada, rodeando aquel despojo consumido por lacerantes estertores, intentó entender los labios mudos de su marido, buscando los sonidos que deberían producir al moverse de aquella manera en su cara desfigurada por el daño.
Desesperada rozó su boca con la de el, sintiéndose inútil por no poder entenderle y notó que eran sus labios los que, ahora, seguian a los de su amado, dejando escapar las palabras que él no podía formar.
– Una fábula se ha enredado entre mis venas, me desgarra para poder huir ¡pero no lo consigué! Necesio la llave que lo libere. Por favor ayudame- se apagó el susurro.
Decidida sujetó con ambas manos el cuchillo de mango rojo, tiñó la hoja de carmesí y lo giró ciento ochenta grados en la cerradura de su pecho, abriendo de par en par la puerta. Un hilillo de sangre manó de la herida, transformándose en un río inteligente que se detuvo en el folio, formando en escarlata un «Cuento Corto» que acababa con las palabras.
«a Teresa, mi musa e inspiración,
que libera lo mejor de mi.»
El Rey Que No Fue Príncipe Azul
Y
La Bruja Que Era El Mismo.
Érase una vez, en un reino lejano, que los cuentos eran todos diferenes. Los habían que acababan bien; aunque sorprenda, algunos mal y otros, que al terminarlos, no sabías si llorar o reír.
Se mezclaba la diversión con la crueldad y las dulces ancianas eran salvadas del estómago de fieros animales abriendo en canal sus cuerpos dormidos. También se rescataban a los pobres cabritillos y los pequeños sastres se envalentonaban con historias de asesinos en masa de molestas moscas que revoloteaban en habitaciones cerradas. Los gatos hablaban y se calzaban botas de siete leguas o formaban grupos de heavy metal con perros, gallos y burros.
Cualquier cosa que entretuviese al pueblo, que le hiciese olvidar los impuestos que el déspota monarca imponía a aquel lugar.
– Majestad- entró haciendo una reverencia el recaudador.- Vuestros súbditos os odian. Han escuchado de un tal Robin Hood y piensan que vos sóis el cruel enemigo de sus hazañas.
El rey, enfurecido, llamo al bufón de la corte, culpánolo de su pésima popularidad por difundir historias que entretenían a la plebe pero,- no son suficientemente buenas pues no me quieren más después de escucharlas.
– Oh! Perdonadme su graciosísima señoria,- tintineó al son de sus cascabeles al realizar una pirueta- sólo soy un humilde malabarista que- extendió los brazos y ensombreció el rostro en una mueca expectante- aún así he hallado la solción…
– Habla sin más rodeos- retumbó por la sala del trono la impaciecia del viejo gobernante- Y que por tu bien sea interesante lo que tienes que contar o no necesitarás de esa cabeza chiflada que sostiene tu cuello.
Con una mano en el gaznate y la otra sosteniendo un papel, el saltimbanqui leyó en voz alta y temblorosa un relato que llamó «Cuento Corto».
– Magnifica escenificación. Sublime parloteo. Un príncipe bondadoso, una reina hermosa y todos amigos del pueblo. Que sea, por decreto los cuentos serán amables, con reyes que engañen a la plebe con un maniqueísmo creíble.
Se quemaron las obras, sólo la tradición oral las mantuvo en la memoria de algunos niños.
– Te leeré «La cenicienta»- decían las madre y los padres- «Blancanieves», «La Bella Durmiente»- calando tan hondo en el corazón infantil que se reescribieron con otros nombres, cada vez más dulces e inocuos, con familias reales más bonachonas y queridas. Infinitos fueron felices y suculentas perdices, alegres finales.
LaRataGris.
Cátodos inodoros
5 noviembre 2008Como un relámpago, siempre cae igual. Al menos, así ha sucedido esta vez, y no parece distinto a otras veces que lo vieron por televisión. Edificios caídos, gris por todas partes y olor a algo que nunca antes habían olido, por que los informativos nunca traían el olor.
Pocos que han sobrevivido, casi un milagro, o más bien no, deliberado, que nadie olvide lo que paso. Se necesita que alguien recuerde los vahos saliendo de la tierra, envolviéndolo todo, incluso a los fantasmas de carne quemada y ese olor nauseabundo, penetrante.
Nunca te puede pasar a tí, «Ayer pague el recibo de la luz, del agua, la comunidad, basura, circulación pero ese olor…»
De los vivos ya no todos andan, cojean o se arrastran: pero los que aún tienen movilidad saben donde ir, a cualquier sitio, lejos. Huir de allí encontrar algún lugar tranquilo donde olvidar. Pero alguien tiene que recordar.
Y entonces, si, hay un milagro, sobre la mesa de madera, una vieja marca que ya nunca funcionara, pero será suficiente, o tendrá que serlo. Si la encendieran en todos los canales verían imágenes del bombardeo: los vapores, hierro incrustado en cemento, cadáveres calcinados, mutilaciones, pero ya no estaría el olor de cuerpos putrefactos, sus cuerpos descompuestos que les insisten en que han sido ellos, que hoy el telediario explica su historia y que como todas las historias tiene un final. Y por un instante la ven encendida. Se imaginan terrores inimaginables y se marcha el olor, ese terrible olor, todo se olvida y nadie recuerda nada. Carta de ajuste.
LaRataGris.

Escrito por laratagris 







