Venenos habituales

31 julio 2017

El indio Juan había traído tarta de queso, tanta que no se la iban a terminar. La gente se volvía loca comiéndola. Su textura de color, el delicado sabor, se deshacía entre los labios para explotar en mil matices dentro de cada boca.

A nadie le importaba que llevase veneno. Cuando les dijo a todos- He de anunciaros algo- ellos siguieron saboreando, incluso al escuchar -La tarta contiene un potente veneno que os matara en menos de una hora- nadie le hizo caso.

Les describió los profundos dolores que les harían retorcerse por el suelo, las contorsiones que deformarían sus esqueletos hasta quebrarlos, el terrible desespero de saberse inútiles ante aquella amenaza.

La gente siguió masticando, no se sabe si por tomárselo a risa o por esa desazón posmoderno a lo inevitable.

Acabaron hasta con la ultima migaja para que ninguna prueba pudiera recriminarle la inocentada al pobre indio. Luego se marcharon, a descansar para siempre, a la tranquilidad de sus hogares. Todos menos el mendigo que habían invitado para aliviar conciencias ante el inminente final, él moriría como un perro abandonado, en la calle.

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Años salvajes

20 febrero 2017

Al día siguiente apareció Marco. Seguía vistiendo la misma sonrisa de derrotas y su camisa blanca se había manchado de vomito y barro.

Dejó cuatro dientes ensangrentados sobre la mesa del desayuno. Maite Corrió a revisarle la boca, abriendosela fuertemente con las pinzas de sus manos.

-”jon fe Farfosa”

-¿Qué?- preguntó sin soltar su presa.

-Que son de Barbosa-. Consiguió Zafarse- El se dedico a cosas menos visibles, más dolorosas

-No se por que sigues yendo con esa bestia- cogió una servilleta y con suma delicadeza empezó a limpiarle las heridas con agua.

-Vamos, mamá, estoy bien. Es que este es mi rollo.

-¿Tu rollo es ser un cafre?- Sonó al desdén de siempre, al que ya se había impermeabilizado- Anda, metete en la ducha. Te preparare un buen desayuno antes de que te caigas redondo al suelo.

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Microrelato de terror

1 noviembre 2016

Me contó la luna que en mis entrañas habitan seres del averno, que les escucha roer mis huesos al caer la noche. Por eso soy tan frágil cuando me golpea.

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Y, aunque puede que lo continúe, acabas de leer el microrelato con el que participe en el concurso propuesto por Esther Magar. En su blog puedes leer el resto de obras de todos los que participaron


Mujer de negro sobre fondo blanco

31 octubre 2016

Se detiene frente a una pared blanca como la cal, igual que su piel lechosa. Unicamente destacan los dos pozos negros que tiene por ojos y la ropa. Una camiseta que parece tejida con carbón, pantalones de luto estricto y zapatitos de bailarina oscura.

Los movimientos, suaves y delicados, pasan desapercibidos. En el contraste de la pared es solo ropa que se balance como si un fino hilo tirase de ella. Desnuda, incluso su bello, del color de la nieve mas pura, sería invisible. Solo tendría que arrancarse los ojos, nadie la vería, no volverían a lamerla.

-No quiero esta forma- gritó atrayendo los miradas-que nadie pueda poseerme, que no me digan lo poca cosa que soy. ¡Os romperé a todos!

La gente continuo como si nada, a nadie le duele lo que no les pertenece. Sus odios se perderan sin mas.

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Dulce Daphne

29 febrero 2016

¿Dónde duermes, dulce Daphne? Después de dibujar deseos desapareciste dañada. Diminuta diosa desbancada, desencantada. Demasiados días desfiguraron, desdentaron, dolieron.

Débil, decidiste descansar ¿Dudaste del disparo directo, definitivo? Difunta: dejaste deudas, depresiones, diacepan…dormiste.

¿Dónde duermes, dulce Daphne?

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Con los ojos perdidos

25 febrero 2016

Con los ojos perdidos


El rincón del poeta

30 junio 2015

El poeta vivía un sueño de palabras delicadas, con las que construía frágiles fortalezas de resistencia. Pintaba la realidad con plastidecores y tinta china pero, siempre el hambre, acababa guiando sus pasos por los caminos de la condena. Tenía un trabajo prisión en el que debía producir grises.

Cada día, el amo, contaba los excedentes que tenía que destruir-¡Tiene que sobrar más- gritaba cuando se sentía un pobre que no derrochaba, que malgastaba menos que su competidor- ¡Tenéis que ir más deprisa vamos, vagos, producid!

– Uno más- se decía el rapsoda- sólo uno más para poder comer.

Si nadie miraba escribía un verso apresurado, apenas un haiku, al que robarle el olor durante el resto de la jornada. Una esperanza.

-¡Señor Eme!- Su dueño estaba formado por los peores clichés de un tirano. Transmutado en cerdo sudoroso, de sonrisa parca y palabras ofensas- existe un rasgar de lápiz inapropiado en esta oficina, como si alguien escribiese versos para no estar trabajando ¿Sabe usted algo?

-Fue,- la hoja arrugada de palabras se pierde en el bolsillo- fue sólo un instante.

– Ha de producir, esclavo. No le pago para holgazanear. Que no se repita.

Una cámara comenzó a seguir sus pasos de poeta, alguien contaba las veces que respiraba, si perdía algún segundo en un movimiento innecesario.

Me duele el hambre. Yo que sólo necesito un punto pequeñito donde caerme muerto, beber el aire de forma suave y pausada. Me obligan a la inmediatez, a lo mundano.

Me duele el hambre, amigo mio, de una forma que sólo puede ser sentida, me es imposible explicarte como me esta pudriendo por dentro esta sin razón que es el trabajo.

Me duele y se me corta el aliento con lo que quieren que haga y hago. Me sienta tan sucio este traje de obligaciones que me desnudaría para no necesitar sus telas infectadas. Quedaría a la vista, igual que en esta carta que te mando, comería vientos si no me doliese tanto este hambre que me destroza.

-¡Señor Eme!- siempre otro grito- salga del lavabo, ya lleva demasiados segundos sin hacerme ganar más dinero- pero Eme se había marchado.

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