La primera incisión es la que distingue al poeta del carnicero. Hoy en día cualquiera puede coger un bisturí con la ilusión de separar, del cuerpo terrenal, eso que hemos dado en llamar alma.
Creo que esencia sería un nombre más adecuado y, si no fuese porque provenimos de una tradición en exceso religiosa, sería un término más en voga.
Es cierto que ya no son necesarias las religiones. Todo está explicado y, aún así, siempre hay gente que necesita cuentos para sentirse viva. Es extraño, se refleja en demasiadas almas.
Por eso hay quien contrata poetas cuando mueren sus cuerpos. No quieren que les quede un mal sabor de boca a sus familiares al diseccionar su alma, su esencia.
La primera incisión, la primera y desgarradora metáfora de una canción de despedida.
– Con todos ustedes – Dijo el maestro de pista-, con todos, todas y todes: el increíble, el fabuloso, el magnífico hombre menguante.
Un fuerte aplauso llena la carpa cuando irrumpe en ella un hombre corpulento, de aproximadamente cuarenta y cinco años. El mastodonte; alto como de aquí al sol, ancho como la tierra, mantiene los ojos cerrados mientras inspira y expira rítmicamente. Entre los espectadores nadie rompe el silencio.
Flexiona las rodillas, se dobla sobre sí mismo, se queda en posición fetal, menguando triste y solitario en un rincón oscuro.
– ¡El impresionante hombre menguante! – vuelve a gritar el maestro de ceremonias.
La gente estalla en vítores de admiración mientras el artista no para de llorar en la penumbra.