Ya no distinguiamos el día de la noche. La ciudad se había sumido en la oscuridad absoluta de sus malos humos; un escudo contra los rayos del sol y las estrellas.
La negrura devoraba la luz de nuestros pensamientos. Nos volvía cenicientos, arrastrados de pies y manos.
En general parecíamos actuar igual que antes, con la misma eficiencia, idéntica actitud;
pero, por mucho que repitieron las mismas palabras una y otra vez, no era lo mismo.
La cabeza se nos marchitaba triste y desolada.
El futuro era gris, las arengas negras, ya no había clavos ardiendo a los que agarrarse y, aún así, continuábamos vivos en la ciudad oscura.
La loca tenía un título universitario, pensamiento claro y la soledad no como amiga pero tampoco como enemiga. Sólo trataba de vivir, luchaba contra las adversidades igual que haría un cualquiera.
Pero le llamaban la loca porque no cumplía el cien por cien de las normas establecidas, los estándares aceptados.
La loca buscaba su propia felicidad por mucho que la quisieran atrapar.
La señalaban, la criticaban y ella, por el camino difícil, los ignoraba.