Querido jefe

13 agosto 2010

Querido jefe


Avanzar en círculos

6 agosto 2010

Avanzar en círculos


Protección comprometida

5 marzo 2010

protección comprometida


El bosque de cemento

27 enero 2010

Helena vivía en una ciudad pequeña, rodeada de un bonito bosque que se veía desde la ventana de su cuarto. Cada noche antes de dormirse se quedaba embelesada tras el cristal, cautivada por los colores que reflejaba la Luna en la copa de los árboles, casi podía acariciar la fragancia de las flores, sentir la canción del viento entre las ramas y se dormía acunada por el rasgar de los grillos, con la boca bien abierta para que por allí entrasen las historias que le contaba la naturaleza y se transformasen en los más bellos sueños del mundo.

Por la mañana, volvía a mirar dibujando en su cara una amplia sonrisa que ya le duraba todo el día. Pero, una vez, pasó que llegó su padre nervioso a explicarle que iban a tener una casa más grande, con más habitaciones, más amplia y más bonita. Y, aunque a Helena ya le gustaba el lugar donde vivían, se alegró mucho por él, porque parecía hacerle mucha ilusión, a ella no le importaba mientras pudiese seguir disfrutando de su bosque.

Ese día en el que su padre había aparecido como un tornado, ella ya no tuvo tiempo para deleitarse con el trino de los pájaros, ni detenerse en el vuelo de las mariposas y por eso todo pareció ir de mal en peor; se quemó con la leche del desayuno, se le rompió el paraguas bajo la lluvia más cerrada que jamás hubiese visto, un perro le persiguió hasta llegar al colegio y a punto estuvo de morderle el culo.

Luego, antes de acostarse, escuchó una coral de búhos y lechuzas y las cosas no parecieron tan terribles. Al fin y al cabo, a Helena le gustaba caminar bajo la lluvia para refrescarse, la carrera con el perro le hizo entrar en calor y fue muy divertida, porque era como jugar a pilla-pilla sólo que de una forma algo más arriesgada. Lo de quemarse con el desayuno es lo único que no le hizo tanta gracia, pero a pesar de todo no fue para tanto, no se lo había pasado tan mal como al principio pensaba.

Todos sus compañeros de clase hablaban de lo mismo. Antes o después sus padres les habían dicho emocionados que pronto sus casitas crecerían. Y aunque ninguno entendía qué era lo que de verdad les tenía que hacer tan felices, se reían mucho porque les habían explicado que era fantástico.

Helena les preguntó si a sus actuales hogares les pasaba algo, ¿acaso no tenían una cocina en la que hacerse las comidas? o ¿un comedor donde comerlas?, ¿un lavabo?, ¿cuartos donde dormir?,… todos tenían de todo así que ¿por qué cambiar de casas? Nadie lo sabía, pero las nuevas serían enormes.

Lo que ningún niño sabía, pues ningún adulto había considerado importante decírselo, era que para que las cosas ocupen más espacio otras han de ser más pequeñas. Algo muy sencillo pero de tremenda importancia. Y, aunque al principio, Helena, no supo el por qué su bosque fue desapareciendo, se llenó de árboles de metal. Estructuras de hierro que fueron creciendo hasta hacer desaparecer la cálida madera. Se consumió en lo que la niña soltaba un suspiro de pena, y para cuando quiso reaccionar sólo había edificios grises que parecían gustar a todos los mayores.

La mudanza fue rápida, pues nadie quiso llevarse nada de su antigua vida. Todo debía ser nuevo; muebles, ropa, coches, … Se habían vuelto locos comprando, gastando, engalanando para aparentar prosperidad, mientras dejaban que sus antiguas residencias fuesen cayendo, poco más que escombros que sólo servirían para albergar ratas.

Cuando Helena vio todas aquellas habitaciones vacías creyó adivinar el motivo del cambio. Ella, siempre que por las noches sentía miedo de la oscuridad corría a la cama de sus padres. Estos la consolaban un ratito pero enseguida la echaban diciéndole que ya era mayor y tenía que dormir sola; ellos, que los dos eran mayores y seguían durmiendo juntos, si habían buscado esta nueva casa era para que cada uno tuviese su propio cuarto, ahora lo comprendía todo.

O eso creía porque en realidad siguieron teniendo dos únicos dormitorios, el suyo y el que ellos compartían. No era por falta de espacio, había muchas salas inútiles y vacías. Eso sí, desde ninguna de ellas se podía ver el bosque que había sido arrasado, con lo que eran doblemente inservibles. Helena no sabía en cuál de ellas quedarse a jugar, pues los espacios rellenados de soledad son demasiado fríos y tristes. Así que, buscando, se perdió. Una habitación enorme y blanca daba paso a otra habitación enorme y blanca con tres puertas. Y tras cada una de ellas se volvía a repetir recinto, tamaño, color y el terceto de entradas a un bucle. Se fue dejando guiar por su intuición hasta que no supo de dónde venía ni a dónde iba. Se había quedado en blanco como cada pared desde hacía ciento cincuenta y tres habitaciones, aunque ella ya había perdido la cuenta.

En cuanto vio una ventana no se lo pensó. Saltó a las calles vacías. Miró su reloj sorprendiéndose de que fuera tan temprano, el gris de los edificios apagaba el brillo del Sol y parecía una noche sin estrellas. Caminó sin rumbo, esperando encontrarse a alguien, pero aquello parecía una ciudad abandonada. Era la dueña de todo lo que se veía, una extensión de cemento. Kilómetros y kilómetros del lugar más aburrido de la Tierra. Y lo peor es que, allí, no encontraría más ventanas por las que escapar.

Sí que encontró el final de la ciudad. Tras mucho caminar a punto de desfallecer se halló al borde de la nada. Cegada por el Sol al que ya no estaba acostumbrada siguió paseando pues cualquier cosa era mejor que aquel lúgubre lugar que abandonaba. Seguía sin conocer su destino, aunque esta vez no le preocupaba pues no podía ser peor que lo que ahora quedaba a sus espaldas.

Ya estaba lejos cuando apareció otra persona corriendo por las calles. Llegaba tarde a trabajar y no era el único. Poco a poco iban encontrando las salidas de sus mansiones, tras días y días de encierro, llegaban muy tarde a un trabajo que no podían perder, si no ¿cómo pagarían todo aquello? Cogieron sus coches perfectamente aparcados y, al instante, miles de ellos formaron ruido y humo negro en un monumental atasco.

El bosque se había llevado mucho más de lo que en un principio podía parecer, el aire era más pesado sin árboles que renovasen el oxígeno y respirar se hacía muy complicado. Además, neutralizados los colores de la naturaleza, el tiempo se convirtió en simplemente una palabra sin sentido. Ya no existía la exuberante primavera, ni el melancólico otoño, desapareció el frío del invierno y el calor del verano, así que ¿qué sentido podía tener el paso de los días si todo se había reducido a la reiteración de un momento, un entretiempo carente de características más que la de ser insulso? A la única persona a la que esto podría importarle ya estaba lejos o quizá…

La gente estaba apesadumbrada sin entender el por qué. Tenían cosas grandes y vistosas, eran los más ricos pero no tenían suficiente. Todos a la vez decidieron agrandar la casa. Trabajaban más y más para pagar las reformas, los obreros, los electricistas, los materiales, el nuevo terreno, los muebles que les comprarían, los sirvientes para limpiarlas, … había tanto que preparar que corrían demasiado, atribulados, estresados y sin ganas de hacer nada de lo que hacían pero haciéndolo. La ciudad se fue extendiendo y si Helena se había marchado lejos ya no lo estaba.

Había encontrado un bosque en el que perderse, en él era feliz. Vivía en una cueva con un oso y una araña. Era amiga de todos los animales, cuidaba las plantas, se bañaba con la lluvia,… parecía un cuento de hadas que se hacía realidad. Pero una mañana pió un jilguero junto a su cueva:

– El ser humano- trinaba- llega el ser humano.

Helena se levantó de un salto y vio los árboles de metal, las estructuras de hierro, el terror acercándose para volver a quitarle su hogar. Cuántas veces había temido este momento. Había tenido pesadillas que no le dejaban dormir y por eso no estaba preocupada. Había sentido tanto miedo que decidió estar preparada. Ahora sabía exactamente qué hacer. Le agradeció al pájaro la información y entró en la cueva a recoger una mochila que le había tejido la araña. Abrazó al oso porque sentir su cuerpo mullidito y caliente le daba valor y emprendió el viaje de regreso.

El día que abandonó la ciudad empezó a sentirse más ligera. Sus pasos parecían más decididos y directos. En cambio, el regreso era pesado y lleno de desgana. Había metido en la mochila algo de tierra del bosque que tiraba de su cuerpo para atrás, llevaba en su corazón un grano de esperanza que le reconfortaba para no desfallecer y había dejado sus pensamientos al cuidado del oso para que estos no le hiciesen arrepentirse de lo que iba a hacer. Aún así, cada vez que sus piernas le hacían avanzar su cabeza gritaba y su cuerpo se estremecía. El color gris entraba por sus pies, subía hasta su cerebro, le empañaba el espíritu. Empezaba a parecerse a las pocas personas que se encontraba por la calle. Como si se hubiesen desteñido sus ropas, incluso sus pieles habían palidecido, parecían gárgolas de horribles muecas y aspecto deplorable. Arrastraban zapatos desgastados, fatigados de caminar, encorvando espaldas abatidas por el peso de la vida. Daba lástima verlas y también a Helena que se iba transformando conforme se adentraba por callejones deslucidos.

Su determinación era firme, llegó al centro de la localidad y allí se sentó en el suelo. Se limpió un poco de gris de la cara para ver mejor y vació la cartera sobre la acera. La tierra marrón parecía brillar en el ambiente monocromo del lugar. Se completaba con rojos, violetas, un pequeño matiz cobrizo,… parecía un arco iris entre tanta simplicidad. La gente comenzó a pararse a su alrededor cautivados por la explosión iridiscente. Atrapados fueron persiguiendo cada movimiento de Helena, cómo hundía su dedo formando un pequeño agujerito. Cuando se arrancó el granito de esperanza suspiraron sobrecogidos, era de una intensidad tal que molestaba mirarlo directamente, pero lo enterró rápidamente y su fulgor quedó atenuado. Y, entonces, nada.

La niña mimaba el suelo acariciándolo y regándolo. La gente a su alrededor parecía cansarse. Tras la novedad inicial sólo quedó un poco de polvo y aquel extraño ser vestido de harapos que daba la sensación de pedir, nunca podría dar nada alguien con esa apariencia de pobre. Así que se fueron dispersando. Alguno aún tenía la esperanza de ver maravillas naciendo del suelo, pero eran los menos y tenían que trabajar para pagar sus lujos. Sin darse cuenta se había quedado sola.

De repente, se puso a llover, era una lluvia torrencial de las que hace correr a la gente buscando un sitio donde guarecerse. Helena se levantó tranquila y se marchó por donde vino. Las personas con las que se cruzaba la miraban con curiosidad, al fin y al cabo era la chica que había ocupado todas aquellas horas de televisión, una mendiga sobre la que se debatía si echarla de la ciudad por improductiva o dejarle quedarse por caridad. Alguien de la que se había dicho que haría grandes cosas y de la que se comentó que sólo era un reclamo publicitario para venderles alguna cosa.

El ser humano tiene la tendencia de mirar sólo lo que le interesa. Si encima está acostumbrado a pensar en términos desmesurados hay muchos y pequeños detalles que se le pueden pasar por alto. Vieron, por ejemplo, la lluvia inmensa, llamativa. Se fijaron en el acto de marcharse. Pero no se dieron cuenta de la media sonrisa de Helena justo antes de levantarse, no advirtieron lo tensa que entró y lo relajada que se iba, no notaron la plantita que se abría paso a través de la tierra que la niña había dejado. Fue un poco más adelante, cuando ésta empezó a crecer, convertida ya en flor, que se escucharon los primeros grititos de sorpresa. Eran unos -oooooh!!!- que no parecían tener final. El rumor se fue extendiendo, también la fragancia que al competir con la pestilente polución no tuvo problemas para llenar cada rincón de la ciudad. No se hablaba de otra cosa. Se acercaban a verla dejándolo todo de lado. Era algo ridículo si lo comparaban con sus descomunales casas pero a la vez le llenaba de una alegría que nunca podrían obtener con ellas. No era nada que se pudiese explicar, como unas ganas de gritar, de reír, de estar vivo. Aquello era una locura que no se les hubiese podido ocurrir ni al mejor publicista. Además, a su lado se respiraba mejor.

A todos les entraron ganas de acercarse a hablarle a la planta. Le acariciaban los pétalos con una delicadeza extrema, le traían agua, canciones,… y ésta, agradecida, creció fuerte y robusta. Extendió sus raíces agujereando el suelo de cemento que había bajo su tierra y así fue resquebrajándolo. El viento trajo semillas que, aprovechando las grietas, decidían germinar allí. Nacieron arbustos, árboles, flores,… incluso las malas hierbas eran bien recibidas en aquel momento, porque todos traían los colores olvidados, llenaban los corazones de belleza y alegría.

Helena lo vio todo desde lejos, escondida en su cueva se fue a dormir feliz porque observó cómo la vida se volvía a adueñar de la ciudad. La gente sonreía, trabajaba sin prisas, deteniéndose a disfrutar cada instante. Eso le volvía a traer bonitos sueños antes de ir a la cama. Eso sí, sus padres que por fin se habían dado cuenta de su desaparición estaban un poco tristes. Por eso, les envió el jilguero para tranquilizarlos. Les explicó que estaba bien, que no se preocupasen. Que vivía con un tierno osito y una araña que le tejía ropa para no pasar frío, que ahora era feliz y que ellos también deberían serlo porque, por fin, las cosas eran como debían ser, preciosas.

LaRataGris.


Tu problema

23 diciembre 2009

Hundido, sin un psiquiatra que me haga una paja, que eso son cosas íntimas que prefiero solucionar yo sólo.

Miro en el espejo a los ojos de mis problemas y el reflejo que me devuelve no es el mío. Es mi jefe, mi trabajo, mi lacra que se va degradando y… -¡calla!!!- que si no eres un vago. Traga con todo,- silencio!!!-… escuchas eso. Son las tripas rugiendo de miedo, gritando de hambre, … -¡silencio!!!- todo está bien, hazte la paja y cállate que el dolor se aplaca con pastillas y alcohol. Si hay una sobredosis el problema era tuyo, siempre lo es, sea lo que sea lo que se refleje.

LaRataGris.


Derecho a enfermar

27 noviembre 2009

Derecho a enfermar


Escupe sobre mi jefe

29 octubre 2009

Sin nombres, no importa ni el mío ni el de la gente que me rodea, ni tan siquiera el de los que no conozco y fueron tan importantes en esta historia, nada debe relacionarnos.

El día tampoco lo especifícaré, no dejaba de ser como cualquier otro en el trabajo. Un lunes, un martes, miércoles, jueves, viernes o sábado, nada de esto hubiese sido distinto. Estaba en la tienda aparentando felicidad cuando entró un desconocido que vino directo hacía mi y me preguntó si yo era yo. Lo miré perplejo y le respondí que no podía convertirme en otra persona por mucho que lo intentase, así que no me quedaba más remedio que serlo. – No,- me dijo- quiero saber si tú eres LaRataGris.- En aquel momento sí que me quedé pasmado, ese era mi apodo, mi nick prefieren apodarlo ahora, y se suponía que nadie lo iba a saber a menos que yo se lo dijese, y de mis labios nunca había salido.

-Sí, soy yo pero…- antes de seguir hablando ya me estaba abrazando. Noté la mirada de mi superior en la nuca, insinuando que perdía el tiempo en lugar de vender, pero un susurro me tranquilizó. El desconocido murmuraba en mi oreja que entendía mis dibujos, que sabía lo que estaba pasando y que, aunque en realidad no podía ayudarme, sí que haría algo por mí. Luego se marchó sin darme más explicaciones y mi jefe se acercó para que dejase de contemplar las musarañas.-Si no tienes nada que hacer limpia aquellas estanterías, ya.

Estuve al menos una semana preguntándome cómo me había encontrado aquel señor. Supongo que dejé varias pistas a través de mis dibujos, pero la verdad es que no pensé que nadie se tomase la molestia de resolver el puzzle de mi identidad, no importa, como el nombre, como el día, … como tantas otras cosas que son nímias para esta historia. A partir de ahora solo interesa el Señor A… casi doy su apellido. Cada tres horas alguien preguntaba por la primera letra del abecedario, se le acercaba y le escupía al rostro. Y A, mi Amo contratante, se limpiaba hasta que a los ciento ochenta minutos aparecía por la puerta alguien distinto preguntando por él.

Un año entero así no hizo mi vida más sencilla pero sí más divertida. Por eso, quiero agradecer con esto, a nadie. Pues a nadie conozco y con nadie tracé ningún plan, ni formamos ningún grupo en ninguna red social para rascarnos mutuamente la espalda. Y, por su puesto, no quisiera insinuar que si tu jefe te putea, como a mí el mío, este sea un buen sitio donde dejar un comentario, pues yo soy un desconocido para él.

LaRataGris.


Pensamientos felices

18 octubre 2009

Pensamientos felices


Adelantando trabajo

14 octubre 2009

Aquí, donde nadie para, en la ciudad del trabajo y la rutina, hay una norma no escrita. Se basa en la producción seriada, en la que cada cuál se encarga de una parte del proceso.

Alguien le da a un botón rojo cada cinco segundos, se abre una compuerta y cae un tornillo sobre una cinta transportadora. A miles de kilómetros, algún desconocido pulsa, también, otro botón cada cinco segundos y, sin saberlo, pone en marcha los engranajes de la cinta que se lleva su metálica carga entre unas cortinillas de fieltro. En la sala de al lado, un tercer operario recoge el tornillo, lo deposita en una cajita de metacrilato y la apila sobre el resto de cajas hasta que el turno de las ocho las recoja todas y continúe el proceso a intervalos de diez milisegundos. Si un eslabón falla, si rompe la cadena, detiene la gran fábrica de la humanidad en la que todas las personas son parte de la misma maquinaria.

Es por eso que nadie deja para mañana y la eficacia se lleva trabajo a casa, sin saber realmente para qué sirve.

El tiempo libre desaparece, a excepción de unos minutos que se gastan en adoctrinar a los niños en la bondad de un sistema en el que todo está perfectamente estructurado, hasta el sentimiento de dolor más básico.

La alienación es tal que se adelantan los días. El Lunes ya se hace la faena del Viernes y el Viernes se concluye la producción de todo el año seis meses y cinco minutos antes de tiempo. Las celebraciones invaden todo el globo aumentando el rendimiento en un setenta y seis por cien. Cada vez va todo más rápido. Los diarios salen en segundos, hablan del triunfo de la masa obrera : Ocho mil coches más, la carne del planeta ya está envasada, lista para ser comida, talados todos los árboles necesarios para poder publicar este periódico por dos siglos más,… y nos ahogan los automóviles, la carne se pudre envasada sin que nadie tenga tiempo de alimentarse, la gente muere desnutrida en un ambiente con cada vez menos oxígeno,…

Poco a poco somos la única especie sobre la Tierra. Desaparecen los animales que nos alimentaban, se marchitan las plantas que aún no habíamos cortado y la Tierra perece llevándose a su tumba a todo aquel que aún estaba preocupado por seguir corriendo.

LaRataGris.


Siempre te acaban dando por culo

19 septiembre 2009

Siempre te acaban dando por culo