
Con su lógica de todo vale.
Era nadie. Se había fundido hasta ser paisaje. Con sus movimientos maquinales. Hasta el descanso era rutinario y frío, carente de significado.
-¿Jugaras hoy conmigo ? – Le dijo el pequeño a destiempo.
– No hemos programado esta diversión. En tres horas tal vez, – repasó la agenda – tengo un hueco.
– Nadie te necesitará en el infinito. La eternidad puede ser una carga pesada.
-Yo soy nadie- dijo extraño de tanta normalidad.
LaRataGris.
Era aún pequeño cuando aprendió a contar. Podía agrupar hasta veinte objetos sin esfuerzo; llegaba a treinta si se concentraba. El treinta y uno, al principio, se le escapaba.
Como no sabía hablar nadie se enteró de su proeza.
Creció y creció también su habilidad. Claro que superó los treinta y seis colores de su caja de lapiceros, los trescientos sesenta y cinco días de un año pasaron mientras él contaba los granos de arroz de cada paella, la arena del desierto, el número de estrellas que veía: las que se le escapaban, las vivas, las muertas.
Contaba horas, minutos y segundos; los latidos de su corazón, su ausencia: cero y murió demasiado pequeño como para poder ser algo más que una estadística.
LaRataGris

Como cada año pasa. La gente se siente eufórica, felicita la novedad, exorciza los malos momentos. Como si fuese tan fácil, cae un segundo y todo cambia.
Feliz año nuevo, aunque yo me mantendré en la neutralidad de continuar.
LaRataGris.
sobrevivió al invierno. Se despertó en primavera, escuálido como una ramita quebradiza; ya sin fuerzas, con la despensa temblando como había temblado él.
La nieve se derretía, la vida regresaba. Salió con la inercia de quien quiere recuperar su existencia.
Una brisa suave lo tambaleaba en un baile extraño.
– Mmm – Musitó como si fuese esa palabra la única que podía pronunciar. Rió, cerró los ojos y se dejó caer.- He sobrevivido al invierno, ya puedo morir- como si sobrevivir fuese el objetivo.
LaRataGris