Como si abres un libro por la mitad. No sabes el título, no sabes de que va y allí está Rosso que acaba de robar el ídolo de los Martínez. Nadie conoce el principio ni el porque de las cosas.
A partir de la tercera generación todos empezaron a actuar como autómatas sin sentimiento.
Eso sí, se gritaban los unos a los otros de forma sentida a la par que vacía.
Rosso se deslizó en una sombra al ver al clan contrario. Respiró lo más despacio posible mientras el ídolo se le pegaba a la piel sudada. Sujetó sus cuernos moldeados, observó antes de arriesgarse de nuevo. Aquel robo era más importante que su vida, no podía dejarse atrapar.
Caminó intentando no hacer demasiado ruido, adentrándose en un callejón sin salida, con la idea de esperar en el hasta que los otros se fueran.
Dejando atrás las sutilezas salió corriendo, calculando el salto que le permitiría subir hasta el muro y escapar.
Infravaloró la altura o sobrevalora sus capacidades. Chocó y el ídolo se hizo añicos. Ya no había objeto por el que pelear. Mil pedazos de Cerámica entrechocaban y se le clavaban mientras le apaleaban hasta la muerte.
Lo dejaron tirado para que lo recogiera el barrendero. Nadie lo registro, nadie sabia que allí estaba su preciado estatuilla.
Las refriegas continuaron generación tras generación, sin saber que el motivo de su disputa estaba roto y perdido. Como si hubiesen cerrado el libro por la mitad, sin saber ni que acababan de leer.
Fueron los mejores años, empapada de toda la literatura previa. Respiraba tinta mientras leía de forma compulsiva cualquier libro con sabor a clásico.
Leía y también releía sin freno, hasta que conocer íntimamente a los protagonistas. Cualquier personaje secundario, aunque saliese de forma fugaz, para ella era un familiar con el que convivía.
– ¿Por qué haces eso, Julieta?- sufría con la muerte de los amantes- Tom, ten cuidado en el cementerio- le reprendía con cada lectura.
Necesitaba que que fueran más inteligentes así que empezó a reescribir a sus favoritos.
Convirtió a protas y secundarios de lujo en señoras y señores tranquilos, sentados en el comedor, tomando te y pastas.
-¿Algo más, Frankie ?- Preguntaba sin respuesta-¿Está de acuerdo señor Hyde?- Pero el alterego terrible estaba ocupado, ayudando a cruzar ancianas a la otra acera.
Eran historias perfectas que no le interesaban.
¿Por qué releer aquellos relatos que habían dejado de explicar ninguna mentira plausible? Y, aún así, continuaba reescribiendo mejor para nada.
En el número treinta y siete de la calle Delicias vive Andrea con sus dos hijos y un mosquito gordo, bien alimentado.
Cada noche, Andrea, duerme con los ojos abiertos, atenta al lugar del que proviene el zumbido. En la oscuridad el blanco de sus ojos son como faros que el insecto usa para orientarse.
Surca el viento de su respiración, esquivando uno y otro de los manotazos de la soñadora.
A veces el mosquito invita a varios amigotes y les permite picotear su sangre gran reserva; en esas ocasiones acribillan a los niños sin remordimiento, sin conciencia.
Andrea, desesperada, ya no sabe que hacer. El bicho tiene una tolerancia espectacular a los insecticidas y es capaz de esquivar sus aspaviento como si le leyera la mente.
Nada ni nadie parece poder detenerlo, no hay leyes, no hay moral que lo frenen. Sólo es un prodigio de la naturaleza que vive en el treinta y siete.
-¿Cómo te llamas?- preguntó mientras ella se desnudaba-. Tu nombre de verdad.
– Rubí – Repitió el nombre que ya le había dado al acordar la transacción.
– Vamos, hay confianza.
Y ella buscó un segundo nombre que tenía para estas ocasiones, su nombre de pobre – Isabel -. Ella sabe que a los puteros les gusta saber que se la chupa Isabel, que se humilla sin otra salida. Así se pueden correr pensando que le hacen un favor, que el billete que pagan les da para comer a ella y a sus cuatro hermanos.
¿Isabel? que bonito, te llamas como mi hija. Ven, Isabel, hoy podrás comer caliente.
Entonces ella sonríe fingiendo timidez y poco a poco se degrada.