El formato desconocido

8 octubre 2008

La imagen es perfecta. Cada niño tiene los rasgos bien definidos, con sombras difusas sobre los pliegues de la ropa y un sudor frío que imita el nerviosismo de su mente en cada pregunta del maestro.- ¿Los tres formatos dominantes?- articula Juan- El jpg de las fotografías,- con cada palabra agacha más la cabeza- el bitmap y…- duda- Gif?- cuestionándose su propia afirmación.

-Muy bien, sientese.-se deja caer en la silla, aún transpirando, mientras otra niña comienza a exudar al escuchar su nombre en la voz metálica del adulto.

Un tenso silencio se difumina por el aula, intranquilizando el, ya de por si nervioso, intelecto de Juan. Sus pensamientos parecen caballos desbocados que, a punto de traicionarle con sus relinchos, le obligan a desconectarse presionando el botón del baño. Apaga su visor y desaparece la clase, esta en su cuarto.

Se relaja un poco, acaricia un disket de tres cuartos que descansaba en su regazo y suspira soñando con lo que contendra. Cuando regrese a la escuela se habra obligado a olvidarlo, para que la red no lo detecte en sus ondas, esa extensión desconocida que su ordenador no reconoce.

Al visitar a su abuelo, siempre recuerda lo que es el sol. El se lo explico una vez- es la bombilla que ilumina todas las habitaciones-le dijo- de cuando la ciudad estaba conectada por calles y la gente podía pasear fuera de la red- hoy ya nadie sale de casa. Su visor imagina una puerta en un pasillo, parcialmente pixelada por ser lugar de paso, tras la puerta se abre la estancia a la que quiere acceder y allí ve al anciano, junto el holograma de un fuego que no da calor.

-pasa hijo, pasa- la voz trémula vibra en el tweter interno. Le da dos besos en la mejilla, controlando el escalofrío que provoca el roce de una imagen real con otra generada.

Suele escuchar con atención las historias que le cuenta del pasado, deja que divague sobre cualquier insignificancia que el octogenario considere oportuna y, si no fuese por el enigma del formato volvería a dejarse llevar de la mágia de otros tiempos- ¿Qué extensión es la TGA, abuelo?

Sorprendido reconoce el término obsoleto- Eso es muy antiguo, apenas quedaban cuando yo era niño y desde luego me extreña que tu conozcas el termino.

.bueno, me han explicado algo en historia de la informática, pense que tu…

-Si, si claro que se algo- pierde su mirada en el techo, buscando el hilo de lo que contara a su nieto- Eran archivos de imagen, muy pesados, ocupaban tanta memoria que acabaron desechandolos por otros formatos más interesantes.

-¿ Y que tenían?

-Vete a saber, lo que hubiese querido guardar su dueño- decepcionado por estar igual que al principio comienza a marcharse cuando- eso si, corria un rumor.

-¿Si?- sus ojos parecen a punto de estallar de la emoción

-Si, dicen que antes de desaparecer algunos subversivos se encapricharon del formato. Aprovecharon que se comenzaba a aparcar y el echo de que cada vez fuera más difícil de abrir para guardar en este formato lo que llamaron el proyecto Pandora

-¿ Y que paso después, abuelo?

-Nada, se dejo de conocer la leyenda. Supongo que sería un bulo para que nadie intentase guardar algo en TGA, o quizas los detuvo al policía, no se hijo mio, no se.

Siempre que se desconecta ve la misma puerta que se cierra tras de si. Da lo mismo de donde venga, a donde vaya. Es madera imitación a wengue, de un marrón oscuro que no disimula los nudos de lo que se supone fue un árbol. Al fondo del pasillo que se abre frente a el la misma reproducción, en esta ocasión, tras ella, se materializara su cuarto mientras su mente asimila la reentrada.

No nota la reestructuración de su cuerpo, no puede dejar de pensar en lo que su abuelo le acaba de contar y, eso, le distrae. No siente a su ser formarse al girar el pomo y no reconoce la habitación cuando se dibuja ante el. Es más oscura, llena de papeles y un hombre iluminado por una vieja pantalla de ordenador.

-pasa- le invita sin apartar los ojos del monitor- espero que no te importe que haya entrado en tu sistema. Yo soy xibec- voltea todo su cuerpo, tendiéndole una mano amigable al desconcertado Juan Asustado tiene la tentación de correr, alejarse de aquel individuo que no debería estar allí. Sus piernas reciben la orden, dispara su masa por el pasillo, buscando el amparo de su abuelo. Al abrir de golpe la puerta de la que salio se vuelve a encontrar con el desconocido.

-es fantástico lo relativo del espacio en la red ¿no crees?-no espera respuesta-anda pasa, no sigas esparciendo tus pensamientos. Aquí dentro nos protegen firewalls, no entrara ni saldra nada que yo no quiera.

Venciendo su reticencia se ve arrastrado al interior

-te estuve escaneando ¿sabes? La red no es un buen sitio para esconder secretos, pero que demonios, de otra forma yo no tendría trabajo ¿no? Anda dame el disket – retrocede un paso aun mas acongojado- no te preocupes joder, no te lo podría quitar. Tu eres un virtual y yo no pienso salir de aquí para que alguien me halla preparado una encerrona en tu cuarto, si ni siquiera viajo entre redes, lo hago todo desde aquí- señala el tft- con el observo y atraigo solo lo que me interesa. Sin necesidad de ese hiperrealismo por el que pagais tan alto precio. Venga que no tenemos todo el día, metelo e tu máquina y enviame su contenido, vamos a ver que guarda tan celosament ese niñito.- sin saber por que le hace caso- bueno una imagen, bien tardare un poco en encontrar su algoritmo asi que si quieres ponerte comodo estas en tu cuarto.

Sus dedos se mueven rápido por el teclado, apenas se adivina el movimiento debido a la velocidad que alcanza. Pasan las horas, una tras otra, incontables.

-bueno ya esta, acercate a verlo, no es tridimensional asi que no te lo puedo enchufar a un visor. ¿sabes? Hubiese estado bien tener otra imagen para comparar el codigo pero bueno, tampoco sabremos si hay algo mal.

Poco a poco se forma la imagen, de una forma lenta, difusa al principio para precisarse mas tarde.

En ella se ve una niña, un dibujo modernista con vuelos en la falda que se desdibuja sobre un fondo negro. Sostiene un cofre hermosamente cincelada en verde y dorado. El hacker la mira extasiado, rozando el plasma con los dedos, montando unas aguas sobre otras en la figura de la niña-ahhh!!! Pandora.

-¿Quién es?-pronuncia sus primera palabras en la habitación.

-no es un quien, es un que. Un símbolo de la libertad. Solo ella puede abrir la caja cuando quiera, no acepta las ordenes, el mayor mal de nuestro tiempo, el pensar por uno mismo. Ese es su secreto.

-¿Y que hago con el?- la respuesta llega sin una mirada de quien solo tiene ojos para su pantalla.

-olvidala, pierde el formato por que cuando salgas de aquí no tendras protección y tu mente sera un hervidero de lo que has visto. Te descubrira la red si no sabes ocultar tus pensamientos.

Más que nunca querria ver el sol, más que nunca querria que no fuese delito lo que esta pensando por que sabe que la guardia neuronal entrara en cualquier momento en su cuarto para quitarle el disket y quizas algo más.

LaRataGris.

 


El cazador de estrellas

30 septiembre 2008

El cazador de estrellas es más pequeño de lo que puedes imaginarte. Es sólo un crío que, en el tiempo que tardas en decir esta frase, ya ha dejado de serlo. No quedan niños en Palestina. Los que no han muerto en la guerra, han crecido demasiado deprisa. Sus frágiles mentes se fragmentaron para evitarse sufrimientos innecesarios, son diminutas versiones de un adulto. No juegan, únicamente intentan proteger sus vidas para que el cuerpo alcance en estatura la madurez que las circunstancias les han impuesto.

El uniforme le va grande al cazador, le hace tambalearse el peso de su fusil de asalto y el cazamariposas casi parece una broma, como si alguien lo hubiese colocado para decirnos-¿no te das cuenta?¿no ves que no tiene más de trece años? – Y quizá tenga razón. Bajo la capa de rabia, en lo más profundo de esos ojos inyectados en odio, un corazón infantil debe estar latiendo por salir a jugar con sus amiguitos, pero no puede, tiene una misión que cumplir.

Las estrellas no son de nadie. De tanto en tanto algún necio las reclama como conquista de su pueblo o las intenta utilizar de símbolo de su lucha. Ellas brillan en el cielo, ajenas a los conflictos mundanos, mientras que los hombres se inventan todas estas historias que justifican sus locuras. Por ejemplo, cuenta la leyenda que, sobre el suelo de Palestina, prende el fulgor de aquella que señala con su fino haz de luz la tierra prometida.

La Estrella de David no es más que una lámpara colgada en la bóveda celestial. La colocaron allí donde les convenía que iluminase y cada noche, la ironía hace que un gigante la suba para después bajarla cada mañana, que el engaño sea perfecto y todo el mundo pueda ver que el cuento es real.

Nuestro niño-adulto dibujaba un mapa del firmamento. Una pequeña guía en la que lo dibujado era todo lo que ya había explorado y quedaba por escudriñar lo que aún permanecía virgen en su hoja. Observó detenidamente cada puntito de luz, analizó el más ínfimo detalle de cada astro hasta estar seguro de que no era la que necesitaba, entonces hizo otra marquita en su papel y continuó la búsqueda. Ya había terminado con la mitad de lo que alcanzaba la vista.

A veces la casualidad nos lleva hasta rincones que el trabajo no sabe ver. A veces alguien arranca una estrella del cielo, la desintegra entre sus manos para conseguir algo de polvo estelar y cuando abre los puños para ver su tesoro, el viento le roba una pizquita que cae sobre una cabeza. Tan poca cosa que apenas se giró a ver qué es lo que estaba pasando, pero suficiente como para ser intrigante. Y, cuando el cazador atraído por la plateada brisa, decidió mirar en una de las zonas en las que ya se había parado, estaban desapareciendo todos los luceros. Perplejo, repasó sus dibujos para comprobar cómo éstos tenían un mayor número de estrellas en aquel cuadrante. Volvió a mirar la devastación que tenía lugar sobre su persona y entonces vió las palmas recogiendo las luces nocturnas. Era un ser tan desproporcionado que no se explicaba cómo hasta entonces no lo había visto nunca. Sus pies se fundían en el suelo hasta parecerse a una tierra sin dueño. Las manos no eran más que nubes tapando las estrellas, de sus labios salían los vendavales que gopeaban la región y sus lágrimas eran las escasas lluvias del lugar. Era un enemigo tan formidable que en su vasto tamaño sabía pasar desapercibido convirtiéndose en el paisaje.

Él, en cambio, era tan diminuto que desaparecía ante los ojos del titán. Ni tan siquiera era una hormiga, simplemente se había convertido en una insignificante motita a la que ignorar.

De una forma mecánica recogía, aplastaba y se llevaba a la boca todo brillo que se cruzaba en su camino. Allí mezclaba su saliva con el polvo y obtenía una pasta pegajosa que había perdido la belleza de las antiguas dueñas. Con esta mezcla era con la que iba construyendo un extenso muro alredededor de una única estrella, que en el centro de una nada azul marina brillaba sin demasiada gloria pero engrandecida en su soledad.

Como un átomo chocándose repetidas veces contra la pared, así se sintió al inicio del viaje. Más bien poca cosa que grita una rebeldía que nadie escucha. La nula resistencia de la bestia contrastaba con la complicada ascensión. Fue prácticamente imposible subirse al pie, lo hizo saltando por el dedo pequeño, enganchándose a la uña y desde allí trepando hasta la pierna. El vello corporal, duro como las ramas de un árbol joven, le sirvió para simplificar el esfuerzo.

Más tarde se colgó de sus ropas, viajaba entre los pliegues y las arrugas, improvisadas carreteras que hacían más sencillo el seguir subiendo. Dejó atrás su fusil, demasiado pesado como para seguir cargándolo e inútil contra el enorme enemigo, abandonó el cazamariposas agotado por el esfuerzo de llevar cualquier cosa. A la altura de la cintura no llevaba más que lo justo y necesario. Había subido tanto y tan rápido que el oxígeno empezó a escasear, la presión taponaba sus oídos y el viento, a esa distancia del suelo, era gélido azote que había comenzado a helar sus esperanzas de éxito. Aún así continuó escalando, calentándose con la idea de ayudar a su pueblo o al menos intentarlo, no dejarse morir sin más a mitad de ninguna parte. Resbaló varias veces con la escarcha formada y, a punto de desfallecer, cuando realmente no podía más volvió a notar un leve bochorno que parecía aumentar con la altura. La cercanía de las estrellas parecía irradiar una suave brisa que le daba una nueva vida. A partir de ese punto con las fuerzas recuperadas todo se hizo mucho más fácil hasta llegar al hombro.

Aquí los movimiento eran más bruscos. Los brazos no paraban de girar de un lado a otro, recolectando, llevándose hacia los labios, contruyendo,…

El cazador suspiró ante la última prueba y comenzó a correr en dirección a la mano, soñando con que no se caía, al menos tenía que llegar hasta el codo y desde allí podría saltar al muro.

Los pelos dispuestos como una selva negra le ponían trabas a la par que le servían de asidero para no perder el equilibrio.-Un poco más- se animaba para darse fuerzas- sólo un poquito más- y llegó.

Bajo sus pies, el muro de polvo y saliva se extendía inmenso, alejándose hasta el infinito. En uno de los territorios serparados se podía ver la bóveda celestial sin dueño, repleta de puntitos de luz. Hacia el otro lado un mar yermo, con una única estrella rodeada de, ya pocas, lucecitas que iban desapareciendo.

Abandonó la muralla, dejando que las aguas cubrieran su cuerpo. Mientras nadaba hacia su destino se fué fijando cómo una estela plateada quedaba tras él, formada por las partículas que se le pegaron en el muro a los pies. La tranquila calidez iba inundando cada vez más su espíritu, hacía tiempo que no se sentía tan bien.

Estaba a apenas unas brazas de la estrella y ya podía distinguirla de una forma bastante clara. Era de metal forjado, de seis puntas perfectamente cinceladas. Su luz provenía de una pequeña vela que habían puesto en su barriga, protegida del viento por una cúpula de cristal. Cada detalle parecía preciosamente estudiado, su belleza meditada para ser suficiente sin apabullar. Fuertemente anclada, cuando llegó el cazador sabía que tendría que forcejear para poder llevársela, de nada le serviría el cazamariposas abandonado. Miró una vez más al gigante, ciego hasta el momento a cada uno de sus actos, cuando viera moverse la estrella seguramente prestaría más atención a lo que allí pasara. Por un momento pensó en abandonar mientras podía. Toda la harmonía que había respirado en este lugar le había servido para borrar su rabia, no quería tener que seguir luchando pero tampoco quería no poder volver nunca más a aquel sitio, con la partida de su odio había quedado espacio en su cabeza para otras ideas que le llevaban a la misma conclusión, aunque por distinta senda.

– He caminado por la piel de un gigante.- pensó- era como una montaña enorme que me aceptó a pesar de ser de otra raza. También me he bañado en un cielo que no es el mío, y sus aguas me han acunado igual que se hace con un hijo. Estoy tocando una estrella que no ha de iluminarme y, sin embargo, me ilumina. Nadie debería adueñarse de lo que es de todos.

Se sumergió buscando el lugar en el que la estrella estaba atada. A su alrededor, millones de cuerdas fluctuaban en la suave corriente, sin nada que sujetar. Buscó entre su ropa algún cuchillo con el que cortar la soga pero lo había dejado todo por el camino. Sustituyó la fría hoja de metal por el marfil de sus dientes. Mordisqueó diez veces y salió a respirar, volvió a hundirse y de nuevo fuera. Podría haberse pasado media vida así pero no tenía tanto tiempo. Pronto amanecería y, entonces, el gigante vendría a recoger la estrella, y si él no se la había llevado aún todo el esfuerzo habría sido en balde. Desesperado, comenzó a tirar con todas sus fuerzas pero no consiguió nada. Sus músculos se tensaban una y otra vez. Parecían querer reventar la piel del pobre cazador que había decidido llevarse de allí aquel trofeo costase lo que costase. Con la única idea en la mente de evitar que siguiese marcando aquel lugar como el sagrado de unos pocos, se peleó contra su propia racionalidad que le aconsejaba abandonar, luchó contra el dolor que le provocaba el esfuerzo y finalmente se vió recompensado. Cuando el último gramo de esperanza le había abandonado el cuerpo, un rayo de luz vino a iluminarlo. La fibra fue cediendo poco a poco, al principio de una forma apenas perceptible, pero cada vez más evidente, hasta que consiguió partirla. Y la alegría desbordó su cuerpo.

Duró bien poco. Al quedar libre de ataduras, la lámpara se desprendió, cayendo hacia la tierra a una velocidad vertiginosa. La cuerda aún atada por uno de los extremos, se enredó en el pie del cazador y le obligó a seguirla cielo abajo hasta una muerte segura.

El gigante, a su vez, intuyendo el peligro, salió corriendo hacia la estrella y sin ver al pobre desgraciado la cogió antes de que ésta tocara el suelo, salvándola de quedar aplastada. No tuvo la misma suerte él. Al detenerse la caída de una forma tan brusca, sufrió una fuerte sacudida que le hizo desenredarse para seguir precipitándose. Intentó asir el cabo suelto, pero la tierra ya le había llamado.

Nadie llora una muerte que forma parte del paisaje, nadie lo echa en falta ya que, incluso, su trabajo lo realiza otro. El nuevo cazador de estrellas es solo un crio. Viste hecho un facha, con unos aparatos que no le servirán de nada ante el magno enemigo. Ha decidido dibujar un mapa del cielo con el que poderle robar los símbolos a sus adversarios. Tuvo la idea al encontrarse porción ya pintada, él continuó por la otra mitad.

Puede que con el tiempo, con la muerte de unos poquitos más, aprendamos a convivir, aunque lo más seguro es que no sea así porque, para eso, el ser humano tendría que dejar de vivir en territorios para empezar a hacerlo en una tierra de todos.

LaRataGris


Dulces sueños

26 septiembre 2008

Dulces sueños


Infantil

23 septiembre 2008

He perdido la noción del tiempo. Sé en qué año estamos, aunque no sé muy bien qué significa esto. Dos mil cinco, nací en el treinta y tres, así que ahora debo tener nueve o diez años, aún soy joven.

Miro a mi alrededor, estoy rodeado de viejos. Cada día más arrugados encorvados del peso de su propia edad, presos de un cuerpo frágil. Me comparo con las imágenes del televisor, de las revistas, también llenas de ancianos. Deben tener entre veinte y treinta y pico. Nunca se sabe con esto de las operaciones. Aún sigo siendo un crío a su lado.

Una vez pasé por quirófano, no por aparentar lo que no soy, no tenía arrugas que planchar. Quise retrasar mi madurez y ahora debo aparentar tres años- ¿a que nadie diría que ya tengo dieciocho?

Pensar en esto me da dolor de cabeza. El otro día escuché en el telediario que se habían disparado las ventas de aspirinas infantiles. Es curioso porque ya no veo niños por las calles. A parte de mí, todos son como momias. Incluso el presentador, actuando como un adolescente que no se admite tal cual es, no como yo, que nunca renegaré de mis cuatro añitos tan bien llevados.

Debo ser el último niño de la tierra. Me tomo mi aspirina sin un buen resultado. Nunca lo tiene pero soy joven, eso es lo importante, tengo nueve meses.

LaRataGris.


La cultura del dinero

17 septiembre 2008

1.El precio de un CD.

Veinticinco de Noviembre:

Oscar siempre apuntaba el dí­a en que había tenido una idea que él creía excepcional. Lo hizo al escuchar hablar del canon que debía salvar la cultura y él consideró estúpido. -“ Te dicen que no puedes copiar un CD si no pagas a su autor“- escribía a finales de mes -“ y, por otro lado, te explican que los compactos serán más caros para sacar el dinero que no obtienen de la piratería. Así, si no copias algo prohibido te están timando, pagas más del uso que le darás. Te incitan a delinquir para no ser un primo“- concluyó tajantemente su aseveración, marcando el año en que había concluido el tema y rubricándolo con su firma. Igual que siempre terminaba sus ideas geniales.

2.La idea genial.

Oscar vivía en una tensión constante, a la espera de que los momentos de lucidez no le pasasen desapercibidos. Siempre llevaba consigo una pequeña libretita, en la que poder dejar cualquier pensamiento, y dos bolígrafos, por si alguno de ellos fallaba le quedase el otro.

No podía descansar ni en el placer de un sueño, por eso, pasada la medianoche se despertó oprimido por la ansiedad. Palpó a oscuras, buscando su libreta y, sin encender la luz, garabateó como pudo la fecha y una palabra para recordar al despertarse lo que había imaginado.

Sonó el despertador, como un acto reflejo se incorporó para leer lo que había escrito- Veinticinco de Noviembre. Cuento-, atravesando en diagonal la página. Con una letra que más parecía un jeroglífico-«Cuento“ – pensó antes de comenzar a desgranar lo que podía ser“- recuerdo un caballo blanco, una película tonta de la tele y justo antes de ser atrapado por Morfeo…-sin darse cuenta, dejó que sus maquinaciones arrastrasen a la mano, guiando la pluma por los vericuetos de una de las historias más hermosas que nadie halla podido inventar. Un año le llevó concluir las veintisiete páginas, con sus revisiones y retoques, hasta que finalmente se sintió satisfecho y la coronó con la firma y el año en que concluyó.

Dos mil cuatro.

3.A cien un pensamiento.

Fue nada más acabar su historia cuando Oscar se vio impelido a escribir de nuevo. Sabía que aquellas líneas eran lo mejor que había escrito nunca, que cualquiera se sentiría orgulloso de hacerlas suyas y el, que quería compartirlas, quería evitar que cualquiera escribiese otro nombre al acabar aquel texto. Por eso apunto -“ Dos de Diciembre. La tierra para quien la trabaja pero, y los pensamientos, ¿a qué precio están actualmente?¿Defiende, realmente, la SGAE el derecho de todo autor?- dejó el texto inacabado, a la espera de informarse y luego confirmó sus sospechas, con las que terminó de escribir -“ No basta con las ideas. Para que el pensamiento te pertenezca primero tienes que pagarlo. Si no, aún con la autenticidad de la firma, es como un anónimo del que cualquiera puede apropiarse. Es curioso pagar por un placer que nace de uno mismo. Sobre todo si se tiene en cuenta que no se quiere sacar ningún beneficio de él“- miró sus bolsillos vacíos -“ Tendré que esperar a compartirlo hasta que solucione el problema del hurto intelectual.

4.Las multas del pensamiento.

Finalmente, Oscar, decidió arriesgarse. Un domingo de invierno salió a la calle con una silla y se puso en pie sobre ella. -“ Señoras, señores. Disculpen si les molesto en algo pero, aquel que no quiera escuchar es libre de marcharse sin haber recibido ofensa alguna a su intelecto“- Apenas cuatro se quedaron a escuchar el resto del discurso- «Soy escritor y mi dinero no es el suficiente para proteger mis textos de posibles ladrones. Por eso apelo a ustedes. Me gustaría compartir con ustedes un cuento que creo será de su agrado. Por favor, escúchenlo y, si en verdad lo consideran interesante, les agradecería unas monedas que me permitan atarlo a mi“ – Dicho esto sacó unos papeles y comenzó a leer para ver cómo, poco a poco, más gente se iba acercando a su círculo. Aquel día muchos llegaron tarde a sus citas y los móviles de sus oyentes se silenciaron para no interrumpir la hermosura de las palabras. Sin embargo, a pesar del placer, pocos dejaron constancia monetaria de la diversión que habían obtenido.

En cualquier caso, el experimento no había sido un fracaso y, pasada una semana, habiéndose corrido la voz, un público numeroso esperaba al nuevo juglar del reino. Y a la siguiente aún se apretaban más personas, cada siete días la aglomeración era mayor, hasta que, por fin, le dio a Oscar para pagarle a la SGAE.

-«Oscar Antonio Sánchez“- leyó el funcionario su carnet y el ordenador- «Celebramos que haya venido. Un segundo, por favor.»

Juzgó extraña la coletilla, era como si le estuviesen esperando sin él haber anunciado visita alguna. En apenas un minuto apareció tras la ventanilla otro funcionario, este con una carpeta de color negro en la que se leía su nombre sobre una pegatina.

-Señor Sánchez, pase por aquí, por favor – No parecía ser amigable a pesar de las buenas maneras- le informo que el señor Bayona, propietario legal del texto Historia de un cuento corto, le ha demandado por utilizarlo sin su permiso para obtener dinero. Aún no le habíamos enviado la carta pero su providencial visita nos ahorrará ese trámite. Si es tan amable de firmar sobre la línea de puntos y pagar su deuda desestimaremos emprender cualquier acción contra usted.

5.Sin dinero ni futuro.

Oscar no creía que la justicia fuese la mejor solución para alguien sin poder. Aún así, se embarcó en la defensa de lo que era suyo.

Reconoció al señor Bayona como uno de tantos. Lo recordaba por sus repetidas asistencias a su monólogo de los domingos. Nunca pagaba por lo que escuchaba y, sin aviso previo, dejó de aparecer por allí. Ahora volvía a verlo cada día, en todas las revistas donde le preguntaban cómo se le había ocurrido aquel bestseller que lo había hecho famoso. Había amasado tal fortuna que podía permitirse las minucias de un proceso largo. Oscar, en cambio, perdió su trabajo por las continuadas ausencias para asistir a las vistas y se había quedado sin nada por ganar lo que ya había perdido de antemano. Gastó su último euro en comprarse una libreta y desapareció de la vida pública. Sin dinero y, al precio que están las cosas, obviamente, sin futuro.

6.Escondido.

Veintinueve de Noviembre.

Prácticamente no apunto nada, lo guardo todo para mi, aunque ahora mismo eso no tiene importancia. Cuando estás en un sanatorio mental cualquier cosa que puedas pensar es considerada una locura tonta que no lleva a ningún sitio. De todas formas, prefiero no arriesgarme, sé que los celadores registran mis pertenencias y alguno podría tener la inteligencia suficiente como para saber qué está leyendo.

Los demás locos respetan mi intimidad, no hablo con casi nadie y lo único que sé del mundo exterior es que todo ha sido como una canción de verano. No ha publicado nada más interesante, pero con lo que ha obtenido ya puede vivir tranquilamente. Me consuela el saber que yo me llevó parte de su fortuna al obligarle a pagar las minutas de sus abogados.

El doctor dice que me estoy curando de mi manía persecutoria, yo sé que si me sacan mataré a ese cabrón. Creo que se lo diré para que alargue mi estancia aquí, me siento a gusto porque tengo mucho tiempo para pensar y ya he escrito en mi cabeza cuatro cuentos más, querría acabar un quinto antes de salir, espero que sea posible.

dos mil cuatro

LaRataGris.


Y Alicia entro en mi vida

11 septiembre 2008

Alicia tumbada en su cunita juega con los sueños, entreteje el manto de noche sobre su cabeza y en cada estrella que borda están escritas las horas a las que quiere dormir. las escoge al azar y se enfada si no quieres jugar con ella cuando ha decidido.

Alicia es tan pequeña que se ve enorme. Hay que protegerla, alimentarla, llevarla de paseo y llorar con sus lágrimas o reír en sus labios. Alicia es la cosa más bonita que me ha pasado nunca, (Su madre sabrá perdonarme), y desde hace tres días que no entiendo cómo es posible haber vivido hasta ahora sin ella.

Antes de nacer ya le dediqué varios dibujos.

Uno sobre el parto, cuando me asustaron en las clases pre-parto y lo quise reflejar, ahora sé que la cosa puede ir a peor, que me quedé corto y que algún día volveré a dibujarlo como en realidad es, no juegan a ser dioses son carniceros disfrazados, no hubo que lamentar nada pero no fue gracias a los “doctores”.

Dogmatización de la ciencia

 

Otro fue un día antes de que me dijeran el sexo del bebé, después de escuhar mil veces si sabía que qué iba a ser me animé a hacer una predicción y ahora cuando la cojo entre mis brazos sé que acerté.

Ni lo se ni me importa

 

Alicia nació el ocho de septiembre de dos mil ocho y sé que aún le quedan muchos bellos dibujos por enseñarme.


El pepino

2 septiembre 2008

Y de repente, amaneció un día en que un inmenso pepino había aparecido en medio de New York. Al principio algo que no me afectaba por que yo estaba cómodamente sentado en mi casa de Carcelona, a mogollón de kilómetros del problema. Pero claro las plantas crecen. Y, en un instante aquel vegetal enorme había invadido todas las calles y callejas de mi ciudad. La gente lo inmortalizaba como posesós, deseosós de ganar algún certamen fotográfico sobre cucurbitáceas. Tod?s pensaban que su instantánea obtendría el premio por retratar a la más grande y hermosa, aunque claro, siempre era la misma.

Como decía, Teníamos aquel gigantesco ser vivo por todos sitios, bloqueando algunas puertas y ventanas. Como a mi no me cortaba el paso fui por el pan que aún no había traído esa mañana. Por el camino recogí algunas cosas para una ensalada, el pepino era gratis, a pesar de que algun?s avispad?s le habían clavado cartelitos de se vende aún quedaban muchos cachitos libres.

Lo aliñe todo con su aceite, sal, la lechuguita, zanahoria y otros condimentos. Mientras me la comía puse la tele para ver si hablaban de mi plantita, bueno, la de tod?s.

Había llegado a todas partes, incluso a los parajes más recónditos del mundo. Sin hacer distinción entre países ricos y pobres. Al llegar había roto algunas cosas y la gente se sintió un poco molesta, pero se fue acostumbrando como a una de esas esculturas modernas que hoy día infectan las urbes. Además, había quien, después de mucho tiempo por fin tenía algo que llevarse a la boca. Y, quizás eso fuese lo peor que podía pasar. Lo dijo un hombre rubio, con barba; un americano, economista o algo así que sostenía la idea de destruirla- ási no devaluara nuestro dinero, de que sirve una sociedad basada en el libre intercambio si todo es gratuito.

El herbicida fue cosa de l?s salvador?s de la humanidad. Un retorno a la normalidad entre verde marchito. Y entonces, de repente, amaneció un día en que nada había cambiado y a nadie pareció importarle.

LaRataGris.


El internauta caído

26 agosto 2008

Estaba en la cocina, sentado en el suelo sobre unos garabatos que acababa de hacer con rotulador indeleble negro. Más allá se extendían los mismos trazos, en diferente disposición, representando un enorme circuito que le había llevado construir toda la mañana, ahora le daba los últimos retoques.

Algún mueble blanco también había sucumbido a su creación. Antes de que lanzara su herramienta de tinta al rincón más alejado, antes de que cayera como un muerte y dejara descansar su obsesión sobre el mármol verde.

Al entrar, su madre lo encontró con la respiración entrecortada y un gemido constante en el que era difícil entender lo que decía, una frase que repetía mil veces; se ha ido la luz. Llorando lo recogió para llevarlo a la habitación, junto al viejo Pentium XXX modificado que le ayudaba a conectarse a un mundo alejado en el ciberespacio. Extendió los cables mientras su mano izquierda le enredaba el pelo en una lenta caricia.- Ya ha vuelto, cariño. No te preocupes, mami lo arreglará todo- Le rasgó la manga de la camiseta, anundándole el retal que había obtenido en el brazo, buscando una vena donde clavarle la aguja del terminal.

El pinchazo le produjo un dolor intenso y reconocible. Sonrió al sentir las punzadas distanciándole de la realidad. Abrió los ojos dejando que media pupila siguiese escondida en el párpado superior y, al estar totalmente implantado, reinició el equipo con un solo pensamiento. Esquivó la barrera binaria y el mar de información rompió en la paredes de sus vasos sanguíneos. Numeros y colores anegaban sus sentidos virtuales provocándole un leve aturdimiento, una extraña presión. Un olor a carne quemada se iba extendiendo. El cuerpo se convulsionó, las pupilas se dilataron mientras se formaba una frase en su fondo negro:

Este programa no responde,

sobredosis.

LaRataGris.


La casa de los espejos

20 agosto 2008

EL HOMBRE QUE NO QUIERO SER

No quisiera que todo lo que dije fuera palabrería vacua. Cascadas de sonidos que se pierden en la corriente de gente sorda. Y, aún así, que he hecho por conseguir uno solo de mis sueños. Si yo mismo no quise escuchar lo que decía. Fui actuando sin pensar que traicionaba mis ideales. Prospere, Amase parte del dinero que critique, incluso lo hornee para que la masa creciera. Cubrí mis pensamientos con trabajo, hipotecas, niños y algo de ilusión en forma de lotería. Escondí los espejos que me enseñaban las canas y arrugas; el ombligo que tapa pies de sátiro.

El alcohol sustituyo la desilusión de los primeros días, la tele por cientos de libros que consumían mi alma en depresiones. Mis cuerdas vocales se transformaron en trompetas y cohetes cuando retransmitían un partido de fútbol. Mis anhelos, llegar a fin de mes. Una carcasa hueca como la de cualquier cobarde…- escucha su mujer la retahíla de este loco al que no reconoce.

Lo mira aterrada, en aquella vieja atracción de feria- ¡ Max!- Mientras el esta en otro mundo, aquel gris que se ve reflejado en el espejo.

Sólo el esfuerzo de tres hombres consigue alejarlo; recuperar su alma para el engranaje que siempre debe rodar en la misma dirección. Después cerraron la casa de los espejos.

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La casa de los espejos no es más que un recinto circular, repleto de espejos, que no para de girar para desorientar así a las gente que entre en su laberinto. Sus paredes reflejan infinitas salidas falsas por las que intentar huir. No importa cual escojas, lo peor siempre se encuentra mirando lo más profundo de tu ser.

LaRataGris.

 


La estrella más cercana al Sol

5 agosto 2008

Subido en una escalera metálica, apoyado en la estrella más cercana al sol, peldaño a peldaño voy superando el miedo a las alturas para poder rozar uno solo de los rayos de ese trazo impreciso que es el dibujo de un niño.

Vaporosas nubes grises se transforman en siluetas conocidas que me saludan, que atravieso mientras acarician por detras de mis orejas susurrando que las estrellas pequeñas son más faciles de conseguir, siempre quietas en su balcón de cielo. Y las miro sin desearlas, sabiendo que si sería más sencillo recoger un puñado y echármelas al bolsillo, para regresar por propio pie a la tierra, pero no quiero puntos de luz. Así que continuo mi ascensión por un metal cada vez más rojo, sin que me abandone la idea que me ronda hasta llegar allí donde no puedo continuar.

Miro mi anhelo, solo alargar el brazo y acariciar su amarillo, soñar despierto. A menos que resbale, que pierdo el equilibrio que mi esfuerzo sea vano- ¡No ha de serlo!- con cuidadode no quemarme recojo la pequeñez que sostiene la escalera la guardo, y siento que agujerea mis pantalones escapando, arrancando rabia que dejo allí en recuerdo de lo que nunca olvidare, que la muerte de una caída me privo de arder cuando yo asi lo quise.

LaRataGris.