
Smile, slave!

Por si algún día se olvidaba se había grabado su propio nombre en la piel. Alberto, rodeado de hojas y violetas, en el antebrazo derecho.
El resultado, hortera incluso para él, merecía la pena. Todos le recordarían sin remedio.
Se había sentido un poeta mientras le indicaba al tatuador como acentuar las puntas de la A, mostrándole como cerrar la O y cuantas gotas de rocío dibujar sobre los pétalos.
-Quiero- Le dijo – que la gente lo lea y lo admire, que piensen: que bello.
Pasaba el tiempo, atenuaba el color. Su cuerpo entró en la decadencia de de la edad y la melancolía. Aunque nunca había parecido un hombre tatuado, con el único dibujo de su nombre, sus flores; ahora era aún peor. Con la piel triste empezó a vestirse como una persona que ha olvidado algo.
-¿Alberto?-se leía el mismo y se preguntaba- ¿Quién será ese Alberto?
LaRataGris
Fueron los mejores años, empapada de toda la literatura previa. Respiraba tinta mientras leía de forma compulsiva cualquier libro con sabor a clásico.
Leía y también releía sin freno, hasta que conocer íntimamente a los protagonistas. Cualquier personaje secundario, aunque saliese de forma fugaz, para ella era un familiar con el que convivía.
– ¿Por qué haces eso, Julieta?- sufría con la muerte de los amantes- Tom, ten cuidado en el cementerio- le reprendía con cada lectura.
Necesitaba que que fueran más inteligentes así que empezó a reescribir a sus favoritos.
Convirtió a protas y secundarios de lujo en señoras y señores tranquilos, sentados en el comedor, tomando te y pastas.
-¿Algo más, Frankie ?- Preguntaba sin respuesta-¿Está de acuerdo señor Hyde?- Pero el alterego terrible estaba ocupado, ayudando a cruzar ancianas a la otra acera.
Eran historias perfectas que no le interesaban.
¿Por qué releer aquellos relatos que habían dejado de explicar ninguna mentira plausible? Y, aún así, continuaba reescribiendo mejor para nada.
LaRataGris