
Recuerda
Cogió un libro gordo y sesudo, de esos que desbordan palabras cultas, complejas de pronunciar e imposibles de aprender.
Lo abrazó sobre su pecho y, sin haber leído ni uno solo de sus puntos y comas, empezó a parafrasearlo mirando a cámara con su sonrisa seductora, con la mirada perdida en el infinito y la cara circunspecta.
De vez en cuando elevaba el tono, subía un brazo señalando el cielo y fingía pensamientos; se mordía el labio inferior y carraspeaba mientras pretendía mesarse una barbilla lampiña.
Cuando la pareció haber aparentando suficiente paró la grabación y se desconecto del mundo de la fantasía. Encendió la tele para ver que tal había quedado antes de compartirlo con la globoesfera y después se quedo la noche en vela para ver a cuantos les había gustado su faceta intelectualoide.
LaRataGris
En realidad podía volar. Unicamente tenía que cerrar los ojos y pensar que era más ligero, que con cada inspiración el aire que tomaba le permitía subir un poquito más.
Lo verdaderamente difícil era redirigir su movimiento, saber a donde iba y sentirse acompañado en esa altura infinita.
-¿De qué sirve elevarme por esta vertical sin fin si, yo, lo que quiero es estar con mi gente?
Cada día volaba menos, soñaba menos y caminaba más entre las personas que no podían subir al cielo.
Hablar con ellos provocaba una felicidad que, en la solitaria cumbre de nubes, no podía concebir. Era otro tipo de sueño, un vuelo distinto, horizontal.
LaRataGris
se recostó sobre la barra del metro, dejando que el ronroneo del motor la acunase mientras moría. Su sangre caía constante y copiosa, formando un pequeño y rojo lago a sus pies.
-¿Se encuentras bien? – entreabrió los ojos para ver la cara gorda e infantil que no dejaba de repetir una y otra vez la misma y estúpida pregunta.
-Sí – apartó al otro- estoy bien.
-¿Necesitas ayuda?
– No, imbécil, soy perfectamente capaz de morir sin ayuda.
Y volvió a ignorarlo, dejándose caer sobre su barra.
Un grupo de niños comenzó a chapotear en el charco de sangre que se había formado. Por algunas zonas empezaba a cubrir tanto que podías zambullirte y salir pintado de rojo.
Un lobo emprendedor, rápido, avispado, decidió montar un negocio. Valló alrededor de la loca suicida y anunció una fábrica de pinturas metalizadas para coches rojos.
Había espantado a los niños, le dio un uno por ciento de las ganancias a la muerta.
Con el tiempo y la descomposición, el olor se hizo insoportable. El empresario despidió a su agotada materia prima, puso el cartel de cerrado y pronto, gracias al servicio de limpieza, se olvidaron de que allí hubo algo o alguien.
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El vuelo de una mosca, zigzagueante e indeciso, ante el cristal de la ventana. Como un baile monstruoso, sin sentido; como un bulldog malhumorado, que no para de ladrarle al mundo desde su prisión.
Querría, la mosca, salir a comérselo todo, matar humanos, sentirse viva.
– No deberías basar tu felicidad en el dolor ajeno – le dijo desde su rincón la araña de cristal translucido.
– Dice la cazadora.
– Solo como, no odio a mis presas, no torturo.
Un silencio tenso y miradas calientes se cruzan. Hay reproches, sinceridad. la mosca se acerca hasta rozar el frio cuerpo de su antagonista.
La araña se yergue, arqueándose como un gato que se estira y se lanza excitada sobre el insecto que la recibe libremente. Follan de forma salvaje, dejando que sus cuerpos sean uno. se quedan despiertas toda la noche y, al amanecer, se vuelven a separar con idénticos reproches pero sin la excitación del momento.
La mosca se lanza contra el cristal, la araña mueve la cabeza entristecida.
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