Corría más que el pensamiento, o eso quiso. Quería llegar antes que el murmullo de palabras, que vieran con sus propios ojos que todo lo que les iban a contar no eran más que patrañas inventadas.
Pero se presentó tarde y sin aliento; rojo, destrozado. La gente lo miró de medio lado sin apenas fingir normalidad.
-¿Tú eres del que hablan las voces ? – lo señalaron
– Sí, pero; como podéis ver, no es cierto lo que dicen.
La quinta esencia, una de las siete maravillas del mundo, el primero en cruzar la línea de meta de los cien metros liso en un tiempo récord que no te creerías.
Menos de un segundo para cuantificarlo todo, añádele el valor numérico en uno, dos, tres fuego. Sé una de las tres personas de este mundo único destinadas a la gloria.
El resto son una masa informe, pura morralla.
Mira por encima de tú hombro, conviértete en infinito y te admiraran uno y un millón.
Valora tu estupidez, del uno al diez, ¿once? puede que más.
Las dibujantes: Rubén Uceda, La Rara, Calavera, Mpaink, LaRataGris, Sergi San Julian, Pablo bizarro, Santiaguete, Max Vadala, Paco Garabato, Azagra y Revuelta, Mejikano, Manolito Rastaman, Bellotero y, el actor de doblaje, Tona Aguiar; nos unimos bajo el paraguas de la Tinta RojiNegra para gritar un fuerte no a la guerra con las únicas armas de las que disponemos: corazón y dibujos.
Para tal fin enviamos a la guerra a estos impresentables que la potencian, para ver si así reflexionan (No caerá esa breva).
Aunque su nombre estaba escrito con letras doradas sobre la historia, en realidad, no era nada oficial.
Él mismo, pequeño como era, había cogido el espray y se había inscrito en el rincón que consideró más adecuado.
La historia oficial: ofendida, ofuscada; sacó el trapo, agua, jabón y quiso borrar la huella. Sólo quedo un insignificante residuo que no se veía en la distancia.
Un resto que se podía investigar, seguir su hilo hasta una historia alternativa que nadie iba a buscar y, aún así, allí estaba.
Las calles la recibieron frías y solitarias. Llevaba una mochila raída por otros vientos, llena de inútiles desilusiones que le trajeron cuando soplaban más favorables.
Lo único que pudo salvar del derrumbe de su casa fue un recuerdo, fue un reproche que dobló y guardó al fondo del macuto.
Cargada, con ese silencio del hambre, se alejo de la recesión que le había escupido del trabajo, de las facturas que la estrangulaban.
Los sueños eran baratijas que los prestamistas no admitían en depósito. Demasiado pronto tuvo que vender lo único que le importaba y se conformó con el frio y alguna fruslería sin valor.
-Vera- le dijo otro caído – al menos podemos intentar dormir calientes.- Y se dieron calor, juntándose para que no se escapase ni una sola brizna más de esperanza.