Por lo que pasó en Madrid ahora siempre llevo un par de folios en la cartera. Un lápiz y un bolígrafo; tiritas, hilo y aguja. Jamás me olvido de tener un libro a mano y una muda de recambio por si a la primera le da por hablar sola. Pasta y cepillo de dientes, un peine, paraguas; un frasquito con las lágrimas de un unicornio.
Si puedo me echo la casa a cuestas, el coche, un bidón de gasolina.
Estar listo para cualquier contingencia de la vida menos para lo de vivir.
No toda la clase obrera se sube a las vigas. No toda la clase obrera tiene un jefe. No toda la clase obrera construye rascacielos. Hay gente que hace de construir sueños su oficio. Que tiene que hacer frente a burocracias, enfermedades laborales, precarización y mafias de los grandes capitales como el que más. Que debe de enfrentarse al patriarcado, al racismo, a la lgbtifobia, al clasismo y a los prejuicios sociales. Detrás de cada dibujo, pintura o imagen hay personas trabajadoras, cuya fuerza de trabajo y vivencias les han llevado a convertirse en profesionales. Recordar esto nos dignifica.
Corría más que el pensamiento, o eso quiso. Quería llegar antes que el murmullo de palabras, que vieran con sus propios ojos que todo lo que les iban a contar no eran más que patrañas inventadas.
Pero se presentó tarde y sin aliento; rojo, destrozado. La gente lo miró de medio lado sin apenas fingir normalidad.
-¿Tú eres del que hablan las voces ? – lo señalaron
– Sí, pero; como podéis ver, no es cierto lo que dicen.
La quinta esencia, una de las siete maravillas del mundo, el primero en cruzar la línea de meta de los cien metros liso en un tiempo récord que no te creerías.
Menos de un segundo para cuantificarlo todo, añádele el valor numérico en uno, dos, tres fuego. Sé una de las tres personas de este mundo único destinadas a la gloria.
El resto son una masa informe, pura morralla.
Mira por encima de tú hombro, conviértete en infinito y te admiraran uno y un millón.
Valora tu estupidez, del uno al diez, ¿once? puede que más.
Aunque su nombre estaba escrito con letras doradas sobre la historia, en realidad, no era nada oficial.
Él mismo, pequeño como era, había cogido el espray y se había inscrito en el rincón que consideró más adecuado.
La historia oficial: ofendida, ofuscada; sacó el trapo, agua, jabón y quiso borrar la huella. Sólo quedo un insignificante residuo que no se veía en la distancia.
Un resto que se podía investigar, seguir su hilo hasta una historia alternativa que nadie iba a buscar y, aún así, allí estaba.
Respira y apartando la mirada de su audiencia dispara palabras a sus fieles.- Soplan vientos de cambio, sopla fragilidad. Construís castillos de naipes por mostrar su belleza al aire y caen en el mismo instante en el que son levantados. Soplan revoluciones sin que nos pongamos de acuerdo y cambia el viento y es otra reivindicación. Es otra gente empujando en sentido contrario.
Respira de nuevo, como si el último párrafo lo hubiese soltado de carrerilla, sin parar a tomar aire.
– Todos pedimos lo mismo, todas queremos mejorar pero el poder del viento es volátil.
Y calla. Cae fulminado por la oficialidad del ejercito rebelde que para esto si se ha puesto de acuerdo. Soplan en la misma dirección, lejos de las realidades cambiantes, a años luz de las mejoras.
Habían quedado en la vieja cafetería, la también vieja pandilla, con las mismas tonterías que ni la edad conseguía curar.
Sólo echarían de menos a Fran; murió hace un año por beber demasiado, esnifar demasiado y acelerar sin saber donde estaba el pedal de freno. Se reencontraron en su entierro, rieron más de lo que lloraron y se prometieron volver a verse cada trescientos sesenta y cinco días, hoy.
Estaría Joseph, aún enamorado de Lola. Hermosa Lola la llamaban, la llaman aunque del nombre solo le quede Dolores.
Por arrugada que estuviese, Joseph, seguía viéndola brillar como una estrella triste.
– Volverá a ser mía.
En su cabeza cuchicheaban por la parejita de moda: hablarían de sus cornudas parejas, de los niños -¡Que se jodan!- les gritaba.
Pero Alberto tenía su propia historia para estar cotilleando por ellos. Magda necesitaba cerrar antiguas heridas, Julian sólo tenía una vida mediocre y quería fingir que la existencia era ligera como entonces. Y la Hermosa Lola, ella quería que Magda supiese cuanto la amaba.
Todos necesitaban retomar la vida donde la dejaron; cuando nada era importante y todo importaba. Todos querían ser protagonistas de un momento mejor y a nadie le importaba ya el capitán del equipo de Rugby o la jefa de animadoras.
Cada cual tenía un objetivo que no lograrían, que los dejaría en en la misma vía muerta un año más.
Cuando Andrés escogió el camino de la magia nunca imagino que los magos de verdad eran reales. Es, claro, un secreto muy bien guardado. Fingen hacer trucos baratos para que nadie les señale y les obliguen a desaparecer para siempre.
Él ya era un poderoso mago, nunca el mejor, cuando fue convocado por el alto consejo de brujas y hechiceros.
-¿Qué puede haber de bueno en estas convocatorias? – intranquilo se plantó ante la enorme puerta grabada, respiró hondo y golpeó con la aldaba; dos golpes secos y una voz cavernosa le invitó a entrar.
El alto consejo miraba el infinito y hablaba sin mover los labios: «Bienvenido, mago»
Sólo un mago sin nombre.
Piensa -¿será una entidad cósmica capaz de destruir el universo?¿un ser que ha venido de Pícnic desde una galaxia lejana? o ¿unicamente es algo de mago que he hecho mal?
Respiró y miró a los ojos de la desesperación con la esperanza de que fuese la entidad cósmica, una crítica más lo destrozaría.
Aunque no era el mejor mago del mundo ¿para qué iban a llamarlo a él para enfrentarse a un pulpo interdimensional? ¿él? ¿el elegido?
Era agradable pensarlo pero tenia que ser realista.
-Buenos días- le saludó el consejo – siéntese por favor…
En un rincón iluminado, del que salen risas y música, allí vive Lulú. Y todo el mundo la conoce aunque ella no conoce a nadie.
Los ve pasar señalando, la marcan: la loca, la rara, la extraña, la diferente, la que sirve de mofa para los normales.
Ellos, que no se distinguen entre si, que actúan de forma similar y sueñan con cosas grandes que nunca van a tener. Son tan iguales que ni Lulú, la loca, puede diferenciar entre sus burlas. No sabe quien es malo o quien peor. Para ella todos son lo mismo y, Lulú, no conoce a nadie.
Decidió vivir la fugacidad, dejar un bonito cadáver. Se metió de todo en el cuerpo, exhalaba rapidez y salvajismo pero no murió.
Atrapado en los vicios de una vida que apenas recordaba, solo flashes a altas horas de la noche, paranoias, dolor. Tenía el cuerpo destruido, la movilidad reducida pero, iJoder!, no moría.
Vivía ralentizado, recuperando todo lo que había corrido. se maldecía sin fuerzas ni para sostener una cucharilla, atacada por las melancolías echando de menos a todos los que habían conseguido salirse de la carrera.