Descripción de una pena

31 julio 2018

No era muy grande, metro sesenta y poco. De ojos tristes y palabras esquivas, casi inaudibles.

No tenía nombre y siempre caminaba a mi lado, para no perderse. Yo, que sabía de su presencia, prefería ignorarla mirandola.

Mi pequeña pena por todo. No había felicidad en el mundo que pudiese saciar tu hambre.

Yo te cogía en brazos cuando te veía demasiado cansada, seguía llevándote conmigo porque, de alguna manera autodestructiva, yo te quería incluso cuando ya no podía quererte.

LaRataGris

En cambio, hecha de alegrías

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Ignorantes consentidos

24 noviembre 2016

Ignorantes consentidos


Ignorarte

2 marzo 2015

-¿Recuerdas? Salíamos a la misma hora, tu me decías: ¿has cogido el móvil?, cuando yo te preguntaba por tu libro electrónico. Si hacía frio caminábamos de prisa, sin hablarnos, con calor bufábamos y para el entretiempo llevábamos el cuerpo tan girado que era imposible pararnos.

En el metro procurábamos sentarnos uno al lado del otro, para poder sentirnos solos en compañía: tu jugabas a romper caramelos yo leía, sin apartar los ojos del e-book hasta que en paradas distintas nos separábamos con un beso instantáneo: m bajo 8*,

Hasta esta tarde ;* respondías en la siguiente estación, con un pitido del mensaje.

Regresábamos separados y nos dormíamos viendo la tele desde el sofá: tu en el chaise-longue, yo en la otra punta, hasta el día siguiente, en el que volvías a preguntarme por mis cosas y yo por lo tuyo. Todo estaba tan perfectamente milimetrado que es ahora, que no estas, cuando me siento perdido y te hablo por que no consigo ignorarte.

LaRataGris


El hombre silencioso

5 julio 2011

Le describía sin darme cuenta de que hablaba de una parte de mi. Perdía mi tiempo en amarle sabiendo que ni tan siquiera sería mínimamente odiado. Yo era una nada muy insignificante, una poca cosa nimia y absurda. Aún así me humillaba para satisfacer al hombre silencioso. Abría la ventana para que pudiese contemplar la estrellas y borraba la tristeza de sus labios limpiando la comisura de los mismos con agua y miel.

El sólo hablaba con la mirada perdida. Explicaba infinitos y cerraba los ojos mientras esperaba que el mundo asintiera.

Un día mis venas se marchitaron, empece a exudar sangre y tuve que alejarme para no seguir muriendo. Creo que esa fue la única vez en la que el dios bajo para saber por que no le idolatraban. Miró a su alrededor y al distinguir mi estado lamentable regresó a su pedestal, a su monólogo de eternidad y yo mismo.

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