– Con todos ustedes – Dijo el maestro de pista-, con todos, todas y todes: el increíble, el fabuloso, el magnífico hombre menguante.
Un fuerte aplauso llena la carpa cuando irrumpe en ella un hombre corpulento, de aproximadamente cuarenta y cinco años. El mastodonte; alto como de aquí al sol, ancho como la tierra, mantiene los ojos cerrados mientras inspira y expira rítmicamente. Entre los espectadores nadie rompe el silencio.
Flexiona las rodillas, se dobla sobre sí mismo, se queda en posición fetal, menguando triste y solitario en un rincón oscuro.
– ¡El impresionante hombre menguante! – vuelve a gritar el maestro de ceremonias.
La gente estalla en vítores de admiración mientras el artista no para de llorar en la penumbra.
Nos empeñamos en esconder la tristeza entre luces de colores. Construimos paraísos artificiales y así evitamos aprender a convivir con ella. Su sola mención se nos hace insoportable porque no somos capaces de asumir que en la vida no todo es maravilloso y no pasa nada.
Le pregunté a un señor que me explicó el mundo según Yo, Yo era el nombre que se daba.
Yo, decía, saber que el mundo es frío y oscuro por culpa del color. Yo, afirmaba que, si pintar mundo de gris todo más luminoso, todo más mejor, dijo Yo.
Luego se rascaba los genitales, escupía en el suelo y entre gruñidos y eructos hablaba. Yo, se golpeaba el pecho, ¡Yo!, gritaba, y yo, ahora yo y no otro Yo, pensaba, el Yo me aterroriza de ver como Yo, el ser, tan irracional y salvaje.
Su nombre era la contracción de dos nombres que se rompían, el susurro silencioso de una enredadera llena de flores marchitas.
Nos conocimos un mes de enero, junto al estanque.
Él llevaba a cuestas su vida triste mientras yo caminaba con cuidado por no pisar ninguna bomba.
La conexión fue inmediata; caímos muertos sobre el mismo lecho de hojas. Nuestras almas atrapadas en la tierra de los vivos y nuestros cuerpos sin poder tocarse, intangibles.
Mi nombre era el suyo invertido, mis ideas suyas también.
El vuelo de una mosca, zigzagueante e indeciso, ante el cristal de la ventana. Como un baile monstruoso, sin sentido; como un bulldog malhumorado, que no para de ladrarle al mundo desde su prisión.
Querría, la mosca, salir a comérselo todo, matar humanos, sentirse viva.
– No deberías basar tu felicidad en el dolor ajeno – le dijo desde su rincón la araña de cristal translucido.
– Dice la cazadora.
– Solo como, no odio a mis presas, no torturo.
Un silencio tenso y miradas calientes se cruzan. Hay reproches, sinceridad. la mosca se acerca hasta rozar el frio cuerpo de su antagonista.
La araña se yergue, arqueándose como un gato que se estira y se lanza excitada sobre el insecto que la recibe libremente. Follan de forma salvaje, dejando que sus cuerpos sean uno. se quedan despiertas toda la noche y, al amanecer, se vuelven a separar con idénticos reproches pero sin la excitación del momento.
La mosca se lanza contra el cristal, la araña mueve la cabeza entristecida.