¿Dónde van las vacas?

16 marzo 2018

Mamá se subió de un salto a la mesa del Rapid Pollo. En una mano llevaba el panfleto que le acababa de dar un brigadista y en sus ojos, la determinación de siempre. Ya no me sorprendía. El resto de personas, incluido el chico que repartía las octavillas, la miraban boquiabiertos mientras ella empezaba a leer:

«Si pudieran hablar las vacas, si pudiesen decirnos hacia dónde se marchan cada dos de enero para no volver…

»Amanecen por generación espontánea, con sus pequeñas alitas aún mojadas por el viaje cuántico, revoloteando con pocas horas de existencia. En un par de días viajan kilómetros, buscando verdes pastos, mientras mugen sin parar.

»Son de diversos colores y duermen sobre los tejados reforzados de las ciudades. Hay quien, enamorado, quiere atraparlas para siempre. Las guardan en cajas diminutas, en las que los animales no pueden aletear felices.

»No se quejan lo suficiente y pasan su vida dormidas hasta que… ¿dónde irán? El dos despiertan nerviosas, como si un interruptor hubiese puesto en marcha algún mecanismo interno.

»Intentan escapar golpeando los barrotes y, si su captor no se apiada, ese mismo día mueren en jaulas de oro.

»Se han realizado diversas investigaciones, alguna seria, en las que se intenta seguir su vuelo final. Nunca somos lo suficientemente rápidos. Nos quedamos sin combustible o las perdemos de vista al girar detrás de una nube demasiado oscura y llena de tormentos.

»Son un misterio tal que, a veces, parecen no existir, como si solo formasen parte de otra realidad que no podemos llegar a comprender… »

No le dio tiempo a leerlo entero. Unos guardias la bajaron para volver a separarnos.

De habérselo permitido, el discurso hubiese sido inalterable al de otras ocasiones. Acababa gritando que todo aquello eran paparruchas, supersticiones para imbéciles.

No te dejes engañar, Brad, cariño.

En esta parte siempre rebajaba el tono, como si se acordarse de mí y quisiera ser una buena madre. Le duraba poco. De nuevo, se ponía a gritar que aquello era como cuando los alquimistas querían atrapar unicornios para hacer pociones de virilidad. Decía que teníamos que abrir los ojos y abrazar el método científico. Teníamos que pensar con lógica. Casi nunca llegábamos hasta ese punto: Por aquí yo ya solía estar en una casa de acogida, esperando a que un juez decidiese que la doctora Lem ya estaba lista para recuperar mi custodia.

Aquella vez, sin embargo, no fue así. Yo ya era mayor de edad y ya no había ningún hogar que quisiera salvarme la vida. El estado me informó que tenía que valerme por mí mismo y me alistó en las Brigadas Cazadoras.

¡Estamos a punto de hacer historia!

El padre de Isaac fue brigadista, también su madre y sus abuelos. Su estirpe se remontaba a siglos y siglos de optimismo respecto al secreto de las vacas.

¿Qué te hace pensar que triunfaremos allí donde tantos otros fracasaron? —pregunté sin mirarle.

Su fe le proporcionaba un calor inexistente en mi, yo necesitaba que el fuego prendiese lo antes posible. Intentaba avivarlo mientras cuestionaba su alegría como me había enseñado mi madre.

Vamos, camarada Brad, de momento nosotros estamos aquí, tocando el techo del mundo un día antes de que todas esas vacas nos sobrevuelen. Este es el punto más alejado en el que el año pasado se les perdió de vista y nuestras máquinas, impulsadas por la fe, son capaces de rastrear una pulga perdida en un desierto ¿Qué puede fallar?

Pues, por ejemplo, podría fallar que el campamento no estuviese levantado para cuando llegue esa tormenta de nieve que parece estar formándose en aquellas nubes.

Por suerte, el uno de enero a las doce del mediodía, entendió la indirecta y logramos establecer un perímetro seguro. Colocamos la última piedra protectora justo antes de que fuera se desatase el infierno blanco.

De nada nos servía escudriñar el cielo en busca de algún signo extraño. La nevada lo escondía todo y aún faltaba un día para el éxodo de los rumiantes. Cansados, decidimos dormir hasta el amanecer.

Amaneció demasiado limpio y tranquilo. El cielo solo era nada sobre nuestras cabezas. Si iban a llegar las vacas, no parecía que fuese a suceder en ese instante. Era como si las hubiésemos soñado, como si nos las hubiésemos inventado para poder seguir durmiendo.

De repente Isaac señaló el horizonte, únicamente un punto en el firmamento que fue creciendo hasta que el rebaño cubrió todo lo que alcanzaba la vista. El ruido de sus mugidos parecía formar también una muralla sólida.

¿Cómo llamaría a esto la científica de tu madre?

¿Mi madre? —Había tanto desprecio en su pregunta que por el tono ya sabía que no le gustaría la respuesta—. Mi madre abandonaría todas sus estúpidas creencias por está realidad.

¿Cómo podía decirle la verdad? Como podía decirle que gastábamos demasiado dinero en una quimera. Todo era excesivamente arbitrario en aquella investigación. Ella ya había diseñado un protocolo mucho más específico. Nada de campamentos cada quinientos metros, gestionados por Boy Scouts que dilapidaban la inversión antes de llegar a una conclusión original.

Estoy seguro de que ella abrazaría la causa sin dudarlo.

Pero ya no le importaban mis palabras.

¡Enciende el rastreador! —Él corría de un lado a otro, colocándose el arnés, procurando que cada máquina emitiese el sonidito adecuado—. Deséame suerte.

Acto seguido aseguró una cuerda a la argolla que sobresalía en el plexo de su pecho y con el otro extremo lazó a una de las reses.

Inmediatamente fijé su posición en la pantalla mientras el animal arrastraba su cuerpo por los aires. Podía imaginar la misma situación en el resto de campamentos, con todo el instrumental pitando mientras se alejaban los valientes voluntarios.

Durante dos horas tracé el recorrido como me habían enseñado en el entrenamiento, mientras en el cielo no dejaban de aparecer más y más rumiantes que habían apagado la luz del sol. Cada vez, mi refugio me parecía más pequeño e inseguro. Hasta que, igual que empezó, mi pulga debió llegar al final de su desierto. Perdí su señal y el rebaño comenzó a menguar.

Como si borrasen sus huellas, la última vaca devolvió la tormenta del día anterior multiplicada por mil infiernos helados. De nada sirvieron nuestras defensas, que me dejaron desnudo en aquella soledad, destruyendo el trabajo que al año siguiente nos debería haber llevado más lejos.

Hasta donde alcanzan mis ojos se abre una profunda nada. El viento ha borrado las huellas de nuestros pasos, el pretendido mapa que habíamos dejado para que otros pudiesen seguir nuestro mismo camino. Llevo cinco días muerto, sin poder caminar y aún así, no se como, camino. El cielo se ha roto en una tempestad de nieve y frío que me hace imposible saber si subo o bajo. Mucho me temo que esta repentina tormenta ha sellado el cañón que fue nuestra puerta de acceso.

¿Dónde están las vacas?

¿Acaso importa?

Tropiezo, pero la nieve y la convicción de ya no existir, atenúan la caída.

Algo cálido y húmedo me devuelve a la vida. El día brilla como si estuviese dentro de un fuego fatuo.

Veo que descienden, como dioses a los que no les importa el devenir de los mortales. Docenas ya me rodean con sus patas hundidas en la nieve, placidas. Las que van llegando se posan suavemente, fundiendo el manto helado con sus ardientes pezuñas. Mi mundo se derrite haciendo que todo parezca una ensoñación tras el velo de vapor.

Mi madre también está allí, arrancándole las alas a las que ya han tocado el suelo.

¿Mamá?

Shhh… —Un dedo en sus labios me manda callar—. Coge fuerzas, mi niño, mientras la realidad persista no puedes dejarte llevar por los espejismos

Veintidós de febrero

LaRataGris

Esta locura ha sido el Reto número 11 de Insectos comunes: ¿Y si las vacas volaran?

En total han sido cinco relatos los que les puedes seguir la pista desde su página oficial (clica arriba).

Pero además, si quieres obtener la revista digital, que los une todos, la puedes encontrar en Payhip, no te la pierdas.

Los patos por Toni C.

El zumbido de las vacas voladoras Por Benajamín Recacha

Una declaración en Banculte por Manu LF

El vaquero Por Cerdo Venusiano

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¿Para qué sirve un barco de papel?

15 julio 2016

Es viento lo que me interesa. Sus alas libres que mecen las olas del mar. Se acompaña de la luna coqueta y marea, y la salitre llega a la playa de un cielo, siempre es el cielo, lleno del brillo de la noche.

« Aprende a nadar», la voz me invita como canto de sirena, «Aprende a cabalgar sus aguas mansas y a la vez salvajes. Su infinito»

Yo miraba donde cortaba la linea el horizonte, allí no había huida posible

«Pero papá», le pregunté al viejo marino«¿por qué tengo que aprender a nadar?»

«Algún día te llamaran los peces y querrás sumergirte a buscar los tesoros que te prometan. Entonces el mar curtirá tu piel y seras un lobo navegando los senderos de la estrella polar»

«Y, si siempre he de acabar mirando el firmamento, buscando mi astro guía, las nubes esponjosas del sueño ¿por qué no me enseñas mejor a volar?»

«¿Teniendo tan cerca el agua?»

«Casi puedo notar como rozo el cielo»

«Te ayudare a construir tu propia barca»

«Un barquito de papel, con alas para que no se lo coma tu oceano»

«¿Para qué surque el mar celestial?»

«Si»

«Entonces tú ya sabes volar. Enseñame, enseñame tu a volar para que mi realidad no empequeñezca tu mundo»

LaRataGris

El alquimista de papelIlustración(El alquimista de papel): LaRataGris

Texto: LaRataGris

Voz: Isa Nafarroa


El Uruk soh

30 mayo 2016

Cuando Asch el salvaje se fijó en las estrellas el corazón le dio un vuelco

-¿Mamá?- le gruño en su primitiva lengua. ¿Qué son esos fuegos que cuelgan ahí arriba?

-Hasta donde llegan tus ojos- le contestó barriendo con una mano el firmamento- es el Uruk Soh, donde habitan los dioses de la luz, los que atan nuestras vidas.

Esa noche Asch soñó que escalaba una enorme montaña y tocaba el Uruk soh. Aquella mañana se despertó con una convicción recorriéndole todo el cuerpo.- Algún día- se prometió- subiré y matare a los dioses que nos esclavizan a la tierra- En realidad esa fue su forma de tocar el Uruk soh, soñando.

Mucha gente contó su historia en los fuegos del suelo: de como Asch construyó máquinas que desafiaron a los mismos dioses y como los destruyo cuando al bajar juro y perjuro que no existían. Así fue como su tribu aprendió a volar, con el sueño de Asch.

-¿Mamá!- Hoy, la pregunta, es similar- ¿Qué hay en el cielo?

-Caca que cae-respondió- Entra en la caja o la radiación nocturna te destruirá- Le arrancó las alas y apagó el fuego para que nadie molestase por la noche con sus cuentos absurdos.

LaRataGris


Caricarcelista

26 octubre 2014

caricarcelista


Olvido involuntario

5 junio 2013

Ahora que soy uno de los olvidados, de los viajeros de paso, del viento sin voz, … un murmullo. Dejo atrás los recuerdos y las formas fantasmales de los que, como yo, fueron efímeros en el tiempo, las heroínas, los monstruos de traje y corbata.

Ahora que me desdibujo y las risas perdidas se hacen solidas, mi mente grita entre cuatro paredes los mas de diez años envejecidos en un segundo, cuando pude imaginarme arropado y seguro, cuando volaba.

Ahora, con las alas arrancadas y los días recortados, me siento a verme triste. Cada arruga es la vida de alguien que pierdo, momentos arrebatados entre comprensiones, flexibilidades insuficientes y una luz tan intensa que quema. Que bonito todo cuando te animan, tanto que me pregunto ¿ nadie quiera billete de ida a ese infierno? Pero faltan voluntarios.

LaRataGris


Ícaro

27 mayo 2011

Cuando crecí, al perder mis alas y asumir derrotas, mis pensamientos se fueron deshaciendo. Empecé a caminar desorientado, incapaz de alejarme de las flechas que indican la dirección de las baldosas amarillas. Todas las teorías desaparecieron y la realidad me fue empujando para que no perdiese el tiempo y cumpliese mi objetivo en la vida. Había dejado de ser un niño.

Las responsabilidades, los compromisos eran cada vez más insistentes. Me pedían que hiciera, que dejara de hacer, que no me quejase, que sonriese, que asumiera sus ideas como propias y mi existencia no tuviese sentido sin que mi sangre no fuese las consignas de la empresa. Cada día era más largo y pesado que el anterior, ya no tenía fuerzas.

Consumido, en mitad de la oficina, cerré los ojos y deje que los recuerdos me hicieran llorar- Te quemaras-. De las ensoñaciones me traje las plumas olvidadas, las pegue con cera y salte al vacío desde la octava planta. Planeé cerca del sol y todo volvió a ser como cuando era pequeño, y volar aún no estaba prohibido.

LaRataGris.