
The erotic of the aparence

El escritor se sintió atado a las estructuras del texto. Las frases, los signos de puntuación, la acción de los verbos y el sujeto delimitado por adjetivos. Todo parecía pelear por un sentido mayor y, por eso, pillado en una contradicción, decidió apretarse un poco más para que las cadenas autoimpuestas le hicieran libre.
Se obligó a sus propias normas y decidió, cumplirlas a rajatabla: ¿Eres capaz de escribir un relato completo con una sola vocal?, se retó.
En medio de la página escribió, dibujó, en color rojo, una A mayúscula rodeada por un círculo y lo presentó al mundo.
Los anarquistas entendieron enseguida el guiño y construyeron su propio relato desde allí; hubo otros que hablaron de una arroba mayúscula, de un internet más maduro, alejándose de las naderías modernas pero, también, existierón las voces críticas: surgieron los que afirmaron que aquello no era un relato, era una suerte de humor gráfico, una tontuna, un yo no se que que je ne sais pas. Los editores que ¿Qué cómo ostias lo vamos a editar?
¡Ay!- gritaron los fans del sonido para congraciarse y luego se quejaron ellos mismos de que no era tan latina como esperaban.
– Siempre margináis a la u- lus utrus.
Lo tildaron de vocalista por no integrar las consonantes en su ecuación y, otros, le acusaron de escribir para minorías por lo mismo.
Se abrieron sesudos debates:
– La A simboliza al lince, idiota.
– No seas absurdo, subnormal. La A es la forma de caminar del compás.
También hubo quien lo reescribió todo y habló de la tristeza, del amor, la lujuria. Había aproximadamente una opinión inexacta por persona y, eso sí, alguno que se adscribía a cualquier definición lanzada con una mínima vehemencia.
Los vendedores de libros pidieron ediciones especiales, una segunda parte, complementos en revistas especializadas; con entrevistas y análisis pormenorizados.
la continuación podría ir de la E en semicírculo, tal vez un viaje al futuro del abecedario donde, estamparía una zeta morada externa a un triángulo.
Pero el escritor se sentía satisfecho. Exhalando un fuerte suspiro pensó en volver al corsé de las reglas oficiales, al menos de momento, mientras perdía la ocasión.
LaRataGris
Por si algún día se olvidaba se había grabado su propio nombre en la piel. Alberto, rodeado de hojas y violetas, en el antebrazo derecho.
El resultado, hortera incluso para él, merecía la pena. Todos le recordarían sin remedio.
Se había sentido un poeta mientras le indicaba al tatuador como acentuar las puntas de la A, mostrándole como cerrar la O y cuantas gotas de rocío dibujar sobre los pétalos.
-Quiero- Le dijo – que la gente lo lea y lo admire, que piensen: que bello.
Pasaba el tiempo, atenuaba el color. Su cuerpo entró en la decadencia de de la edad y la melancolía. Aunque nunca había parecido un hombre tatuado, con el único dibujo de su nombre, sus flores; ahora era aún peor. Con la piel triste empezó a vestirse como una persona que ha olvidado algo.
-¿Alberto?-se leía el mismo y se preguntaba- ¿Quién será ese Alberto?
LaRataGris
Hace tiempo, como en un cuento lejano, sucedió algo mágico: la gente se puso de acuerdo para hacer el bien.
Por supuesto el capitalismo se apropió de la idea.
-Os apoyamos- dijo ese capitalismo-. Seguid comprando.
Y la gente empezó a pagar por la idea que dijo era suya. Compró su compromiso y aplaudió hasta tener las manos rojas porque el capitalismo solo había tardado varios siglos en hacer lo correcto.
-Bravo- gritaban
-Gracias, comprad- les insistía el capitalismo.
Mientras la tendencia estuvo en alza todo fue muy especial. Todos reforzaban la idea, todos se sentían orgullosos, todos a super muy, mucho, a tope.
Pero la moda pasó como los segundos en el reloj.
– Esta moda, este ahora es nuestro verdadero yo. Seguid comprando.
y mutó como cientos de veces había hecho antes, el capitalismo siempre se adaptaba para que siguiéramos comprando: mentía, fingía.
-Lo que sea necesario; eso haré pero no dejéis de comprar. Por favor, por Dios, por Shiva, por las Tortuga Ninja en el capítulo cuarenta y tres. Comprad.
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