La calle pequeña. Mi madre conocía a toda la gente que vivía en nuestra calle. Como si se hubiera estirado su pueblo en una línea recta y allí estuviesen la Maribel, la Jacintita, la Encarna, la hija de la Lola; igual que en el pueblo.
Siempre se paraban a saludar y hablaban, hablaban y hablaban mientras yo quería llegar pronto a casa para ver el Capitán Harlock.
La calle estaba llena de pequeños coImados, panadería, un kiosko en la intersección con la calle de arriba y, dos casas más allá, La Pelona tenía una papelería donde me compraba mis primeros cómics.
Existían ciertos Códigos: los sábados comprar dos de pan porque el domingo descansa la panadera, el fin de semana se comía pollo al ‘ast muy, muy, hecho con patatas y allioli; en casa no se cocinaba, se cenaba ensalada de pasta con los restos de la comida. Los niños podíamos ir a la bodega si mamá se quedaba sin sal, aunque para ello tuviéramos que cruzar la carretera.
Pero llegó el centro comercial y las tiendecitas dejaron de ser rentables. El aire acondicionado, las actividades, la cantidad, el precio. Los pequeños comerciantes cerraron la persiana y alquilaron sus locales a talleres de costura.
Había horas de mucho tráfico: dejando telas, recogiendo ropa; coches en doble fila, actividades que molestaban al barrio. Protestaron y se llevaron los talleres a un polígono, cerca del centro comercial.
Se quedaron los locales vacíos, esperando tiendas que nadie quería asumir. Una calle dormitorio que se llenaba del ruido de cuatro bares.
Ya nadie se conocía. El tejido roto, la vida degradada.
La tele hablaba de ocupas, de ladrones, de inmigración cuando era el capitalismo el que lo había echado todo a perder.
Hay cosas que nunca cambian en el barrio. Un defecto es allí una virtud, o al menos un rango distintivo que nadie más posee.
Por eso a patitas de alambre le molestó oír hablar de una nueva a la que le habían reasignado su mote
– Yo llegué primero. Ya me llamabais así-. Se reivindicó- ¿Para que necesitáis otra patas finas? – intentó que otro apodo calara.
– Mira-le dijo Big Papito- Ella parece hecha de un alambre más fino y tú, con los años, has ido ganando peso. Claro que ella es pata de alambre.
– ¿Y eso en qué lugar me deja? – Lloró.
– No seas llorona, llorona – la rebautizó Sam el cojo.
– Yep – sentenció la Joven patitas – renovarse o morir.
Pero la llorona no quería cambiar, prefería recurrir a la magia.
…
La bruja vivía a las afueras del barrio.En primavera recogía hierbas frescas para hacer promesas de amor y alguna que otra poción que no tenía demasiada demanda. A veces venían a verla para que les dijera el futuro o para echarle mal de ojo a un jefe cabrón. La llorona apareció suplicando su ayuda.
– ¿ Tienes la lagartija ?- Preguntó la bruja.
– Me ha costado conseguirla-. Le dijo mientras le acercaba el bote de cristal donde el reptil arañaba las paredes asustado.
-Que rico – se relamió- Entonces ¿qué querrás por este manjar?
– Quiero ser menos pues engordé, lloré y otra ocupa mi lugar. Quiero tener las patas tan finas que casi desaparezca.
– Que delicioso – la bruja se relamía, saboreaba. se movió rápida y siIenciosa entre tubos, flores y ungüentos que mezclaba sin descanso-. Toma- le dio un vaso lleno -, no bebas demasiado de golpe.
La llorona lo vació de un trago, desapareció sin que nadie la echase en falta y, sin ella, sólo quedó una patitas de alambre.
Todas nos conocíamos en el barrio y sabíamos de que pie cojeábamos. Como se movían las calles, renqueantes, pero seguras y directas.
Sabíamos quien era el listo, la que mejor lo arreglaba todo, el pesado, el homosexual… cada uno tenía su etiqueta, su San Benito.
Podíamos señalar a la puta sin temor a equivocarnos, hablar de lo que cobraba, con cuantos viejos se lo hacía y de que el Cefe era el que le había pegado las ladillas.
De lo que no teníamos ni idea, ni queríamos saber, era de como había llegado a esa situación. Si era feliz, si cambiaría de tener la oportunidad. Sólo era la puta asiática del barrio, con eso era suficiente.
Como la vieja del visillo, el modernikis, la supermadre y el sucio fontanero,… todas las profesiones y, sobretodo, la profesional.
Elixir entró en el bar como si el mundo le perteneciese. Sin ver a los habituales, con la mirada certera sobre una mesa en sombras.
-¿Elixir? un nombre extraño para una chica.
-¿De donde te has caído?- ignoró la conversación casual para llevar las riendas-. La mierda no debería salir del estercolero.
-Soy de aquí, igual que una princesa como tú.
Ella apagó el cigarro sobre su propia mano
– Los de aquí no nos escondemos en rincones oscuros. Somos exhibicionistas profesionales ¿De dónde eres Y qué ostias buscas?
-Soy Indiana Jones en busca del Santo Grial. Soy Prometeo y te traigo el fuego de los dioses.
-Te has equivocado de mausoleo. Ninguno de estos fantasmas te dirá cual es la copa ideal. Para ellos siempre es la última, se la beberán antes de que te des cuenta y el fuego hace tiempo que nos consume sin que ningún bombero sepa apagarlo .
-Entonces he venido a disfrutar del viaje, aunque ya hayas escrito mi final.
-Joe- le gritó al camarero sin dejar de mirar los ojos del extraño- ponle tu mejor veneno, hoy está invitado a su funeral.
-Entonces parece que e si tendré suerte y me llevare una copa.
-No confundas mi amabilidad. La gente como tú no es bien recibida. Tomate el mejunje y largate.
-Estudiare tu propuesta mientras pienso ¿a qué sabe tu elixir si te beso?¿si pruebo tu piel?
-Sabe a hombre muerto. Lárgate y no hagas el imbécil.
Pero no estaba dispuesto a fingir normalidad, Cavó su tumba y escribió su propio epitafio.
En la futura zona alta de barcelona se encuentra el barrio de los bares; donde se desayuna, come, merienda y cena en terracita, entre colegas borrachos y familias simionucleares… se ha multiplicado la vida sana. Les han regulado los carriles para bicicleta, se han reglamentado unas zonas de estiramiento y ahora se pasan la vida corriendo entre resaca y resecas lenguas. Se otorgan la medalla de oro a la deportividad y es para todos los participantes por que- tío,- se apoyan unos en otros- te quiero- se la merecen.
Hay también un paseo sobre el que discurren las terrazas más turísticas. Frente a cada una de las mesas el ayuntamiento ha colocado bancos para los cojos, los que lo están dejando o quien no pueda pagarse una silla privada. Desde allí ven como se intoxican los pudientes y, si alguno de los afortunados siente orgullo de su barrio, podrán pelearse por un trozo de lomo o un pincho moruno. Lo lanzan con cierto protagonismo, contentos de que no se muera de hambre en aquella tierra de nadie donde, como siempre, el dinero marca si estas de fiesta o bajo tratamiento.