
Otra vez que se me hace grande la chiquilla. Sigh, siempre mi pequeñita, aunque le pese.

Otra vez que se me hace grande la chiquilla. Sigh, siempre mi pequeñita, aunque le pese.
A las siete siempre esperaban al asesino: con sus uniformes impolutos y la pose marcial.
Oteaban el horizonte esperando verlo aparecer y, casi, era un alivio que no sucediera.
No había enfrentamiento, no necesitaban imponerse aunque, bien es cierto que, un asesino andaba suelto.
Mientras, él, el asesino, se reía de sus trajes condecorados, de la larga espera y de la hora prefijada.
Media hora más tarde podía salir a matar con tranquilidad. A las siete siempre estaba en casa. Preparaba una mochila con cuatro cuchillos, destornilladores y una lija del dos con la que despellejar a sus víctimas. Todo a los siete y media mientras, siempre a las siete, esperaban al asesino.
LaRataGris.
Por un segundo la cola pareció detenerse por demasiado tiempo. Una eternidad frente al jardín, sin poder entrar. Él, que era el siguiente, empezó a desesperar cuando cerraron la puerta y leyó en el cartel: Disculpen las molestias, la visita se reanudará en breve.
– ¿ Qué pasa?
– Están arreglando un desperfecto. En seguida volveremos a abrir- le dijo el de seguridad.
Su reloj continuó una carrera que estaba a punto de perder; la eternidad parecía ir más rápida que aquella maldita cola.
– Ya puede pasar- Un operario le franqueó las puertas del cielo sin demasiado entusiasmo.
Dentro, en un cuadrado de uno por uno, empezó a respirar la felicidad. Alfombrado con césped natural natural y tres margaritas diseminadas entre las hojas verdes. Aspiró hondo mientras pasaba y salía por la puerta de en frente.
– Siguiente – escuchó del otro lado mientras el pensaba: Espero que sea suficiente hasta que pueda volver de nuevo.
LaRataGris
No era más que un segundo, un instante tan bonito que le pretendían las horas. La una, las dos, las tres,… Tanto daba si era de mañana o de tarde, la noche más profunda también quería que aquel fuera uno de sus momentos.
Para convencerlo le mostraban el tic tac de su paso, le ofrecían un lugar preponderante en la esfera de su reloj.
– Podrías ser el cambio de hora- le tentaban-. Incluso, si quieres, puedes ser el segundo que se aleja de un día para entrar en el siguiente- le decía la medianoche.
Le regalaban los oídos, le suplicaban, le exigían pero el se fue como un suspiro, solo y sin darse cuenta.
LaRataGris
El viento que nos movía se había detenido de golpe. El velero se mecía sobre una bandeja de plata mientras nosotras quemábamos el tiempo en caladas lentas y profundas. Aspirábamos y pasaba una hora, expulsábamos una nube que se quedaba enganchada en el cielo y otro instante, otra hora, una vida.
Al amparo de la calma chicha, rodeados de un desierto de aguarumores, nos giramos hacia el capitán buscando algún consuelo.
– Somos- vosotras quería decir- las que tenemos que soplar-. Y claro que era un tenéis muy alejado del tenemos. Que absurdas sonaban las obligaciones en esa mar congelado.
La naturaleza contaba chistes de nuestra situación y nosotras; hombres y mujeres de la tripulación, le hicimos caso al capitán, porque era lo que siempre habíamos hecho. Estábamos acostumbrados a que nos meciese el viento, que solo él, el capitán, general de mil guerras, fuese nuestro guía.
Soplamos y soplamos hasta quedarnos sin aliento y ni así aprendimos de nuestros errores. Preferimos morir bajo sus ordenes a remar en otra dirección.
LaRataGris