Una linterna sin pilas

4 diciembre 2008

El señor T. que no necesita trabajar, está muy contento porque se ha comprado una linterna. Normalmente no se la podría pagar con el dinero que le da su madre, pero, ¡qué demonios!, un día es un día; y en el anuncio se veía tan bonita.

Los primeros días son geniales, hace sombras, deslumbra a la gente por la calle, lee libros bajo las mantas,…, puede hacer tantas cosas con su fantabulosa linterna que cuando empieza a perder intensidad se siente un poco apenado, y al final, con las pilas gastadas, su mirada se apaga con la de ella.

Durante un par de días se siente triste y solitario, al terceroo decide pedirle un aumento a su madre, pero ella no quiere dárselo.

El señor T ha encontrado trabajo en el centro de la ciudad, aprieta torinillos a unas máquinas que no sabe ni qué son. Con su primer sueldo compra las pilas más potentes y duraderas para su bella linterna. Ya no tiene tanto tiempo para disfrutarl, pero aún le queda algo.

Al mes y medio de trabajo se da cuenta de que pierde mucho tiempo en el camino a la fábrica y se compra un coche. Ha tenido que hipotecar su pisito, pero todas las mañanas va como el viento por la carretera.

El coche no gasta mucha gasolina, pero aún así le supone un gasto. Hasta que deje de pagar la hipoteca el señor T hará horas extras, no le pagas mucho, pero le llega para la gasolina, y con el tiempo que ahorra en el camino, tiene más para jugar con su linterna. Lástima que ahora gaste más tiempo trabajando, «pero, ya verás cuando acabe con la hipoteca»-piensa. También piensa que ya que tiene coche debería cuidarlo un poco. Precisamente ayer vió unos alerones fardones anunciados en T.V. Salieron dos días después de comprarse el coche. Si lo hubiera sabido se habría esperado, pero ahora no puede volver atrás. Y, entonces, el señor T, que necesita trabajar para vivir, se pone muy contento porque se ha comprado unos alerones. Normalmente no se lo podría pagar con…

LaRataGris.


Cagando flores

28 noviembre 2008

En invierno mi casa es como un iglú, el gélido viento se cuela por cada grieta y toda la familia nos agolpamos sobre la vieja estufa de butano, en el comedor. El único lugar donde el calor nos hace querernos.

Y allí voy aguantando como los demás, aunque la necesidad apriete. Sólo si la mierda esta asomando aventuro a levantarme del sofá para sentarme esta vez en la frialdad del water. Me acomodo con lentitud, frotando las manos como si esos fuese a calentar la taza. Pero no sirve de nada, se me congela el culo y el forullo sale igual que un carámbano que cuelga de una cueva.

Después me limpio, rapidito para volver corriendo al sol que aleja el frío, dejando pegotes de excrementos aún pegados a las nalgas. Es realmente asqueroso, una historia que podría haber obviado, o al menos maquillarla un poco para que sonase mejor. Pero pensé, por mucho que la adorne nunca cagaremos flores.

LaRataGris.


Historia del primer diccionario enciclopedico o vida obra y milagros de vivaldi

21 noviembre 2008

Vivaldi, Antonio (1678- 1741). Violinista y compositor ital. Director de orquesta y compositor titular del conservatorio de la Pietá de Venecia. Creador prolífico, compuso más de 470 conciertos. Destacan su concerti grossi; 75 sonatas; 43 arias; 23 sinfonías, y 47 óperas. Son particularmente célebres los poemas descriptivos que forman sus Quattro Staggioni.
Diccionario Enciclopédico Salvat Alfa.

Historia Del Primer Diccionario Enciclopédico

O

Vida, Obra Y Milagros De Vivaldi.

El señor Albert Todredi estaba preocupado; no hacía ni dos años había decidido montar una próspera editorial sin pensar que en mil setecientos cincuenta y uno ya no sería tan solvente como imaginó en un principio.

Todos sus libros acumulaban polvo en la sección de saldos de cualquier librería. La Física Para Químicos, La Grandeza Del Insignificante, El Álgebra Del Pintor, Los Sueños Del Insomne,… de ninguno había conseguido vender más de diez ejemplares. Ni tan siquiera unos pingües beneficios que le ayudasen a olvidar la idea de que su próxima publicación, posiblemente, sería la última.

***

En todas las épocas han existido trabajos grises como el de Antonio Nadie. Un hombre bajito e inseguro para quien el único legado de su padre había supuesto una influencia imposible de esquivar. Así, a la edad de treinta y nueve años, no había pasado de ser el chico de los recados en una empresa de segunda. Sus horas se consumían en un horario de oficina y una vieja silleta de madera donde descansar de vez en cuando. Una persona vacía, la carcasa de un ser humano que años atrás alguien abandonó por inservible. Se había personificado la infelicidad en un hombre sin porvenir que añadió una consonante entre nombre y apellido para darse un prestigio negado.

– Antonio V. de Nadie- decía llamarse- descendiente directo de un gran linaje. – Hijo de mendigos- le recordaban sus compañeros, entre risas, cada vez que alguien nuevo en la pequeña compañia entablaba conversación con el, venido a más, ordenanza.

***

Aquel, en el que esperaba Albert, era el único cuarto de la casa en el que aún se podía estar. El resto, repletos de ejemplares que ni las liquidaciones querían, se habían convertido en inexpugnables fortalezas a las que la inaccesibilidad había obligado al desuso. Todredi, sentado en una de las treinta sillas que había dispuesto por la sala, se daba cuenta que su nuevo lanzamiento moría por momentos sin aún haber nacido. Miraba el reloj intranquilo- sólo se retrasan una hora- intentaba consolarse sin éxito- Porque a quién voy a engañar, Sorbil ediciones no ha sido más que un espejismo, un negocio con futuro que nunca funcionó. Cuando me devolvían volúmenes y volúmenes, desde donde se hubieran tenido que vender, intentaba ser optimista, ir de casa en casa hablando a la gente de un producto que, supuse, no conocían demasiado. Volviendo a llamar a la puerta de enfrente si me cerraban en la que estaba. Consiguiendo que pocos se interesaran, pero unos pocos que compensaban a la mayoría. ¡ Qué gran desengaño!- gritaba mientras se llevaba las manos al rostro escondiendo una cara abatida por el cansancio, ocultándose una habitación vacía a la que no habían acudido ninguno de sus clientes con la respuesta deseada- ¿Cuál es el libro que todos ellos hubieran comprado?- sollozaba finalmente dejando que el eco fuera una contestación insatisfactoria.

***

Es una tontería que vaya- pensaba Antonio- Hace al menos dos horas que debió comenzar la reunión, seguro que todos fueron puntuales y ni tan siquiera se dieron cuenta que yo aún no había llegado. Quizás tendría que volver a casa antes de hacer el ridículo- pero si era esto último lo que realmente quería, no todo su cuerpo estaba de acuerdo. Sus piernas, por ejemplo, desobedecían y enlazaban pasos hacía el viejo edificio donde, es un apartamento cochambroso, le había citado un hombre al que ya no recordaba.

Poco a poco, subía las escaleras, dudando golpear a aquella puerta verde del tercero B de la que salía un alto y desgarbado rostro enjuto que plastificaba la desesperación. Se acercó hasta él y, sin saber qué decirle, entrecortó unas palabras que a duras penas podían entenderse- ¿ es aquí la reunión?

***

Sentados bajo un calabobos de Abril dos hombres hablaban sin que la gente que pasaba protegida por paraguas les prestara atención. El uno con esperpénticos gestos; el otro con tímidas afirmaciones que animaban al primero en absurdas disquisiciones que, realmente, sólo escuchaba el viento. Hasta que, de repente, una de las estridentes frases pesaba demasiado como para perseguir a sus compañeras y se veía obligada a quedarse entre aquellos extraños oradores- Me llamo V. de Nadie- decía la oración- V. de Nadie- no la quería oír Albert- Nadie- intentaba imponerse-¡ Nadie!- por fin atento a su exclamación.

***

Ocho meses después, un escrito encabezado por «Estimado Don Nadie» le preguntaba a Antonio si sabía quién fue Vivaldi para inmediatamente después contestarle unas líneas más abajo:

«No fue nadie, y, sin embargo… cuando descubrí, gracias a ti, qué hacer para escapar de mi pequeño bache decidí agradecértelo con una broma que implicaba a su persona. La inocentada de Pensamiento Único, mi nuevo libro, ¡no! nuestro hijo. El que gestamos bajo la lluvia, cuando me enseñaste que sólo un ser insignificante compraría «La Grandeza Del Insignificante»; que como el resto de mis libros, era demasiado particular para un público amplio; sólo para químicos, pintores, insomnes,… Aprendí mucho aquella tarde, a buscar la globalidad, unir todos los fragmentos de humanidad en una sola obra, en la que, el día veintiocho, todo el mundo podrá resolver sus dudas.

Todas las preguntas ordenadas de la A a la Z, como en un diccionario, pero más completo, un diccionario enciclopédico, con un único error … en el capítulo de la V : Vivaldi, Antonio (1678-1741) prolífico compositor italiano cuya creación más celebrada ha sido «las Cuatro Estaciones».

Un personaje ficticio que sólo tú y yo conoceremos, pues a quién se le ocurriría buscar lo inexistente. Una persona creada de la inmensidad de tu pequeñez…»

No pudo acabarla. Abrió una página cualquiera, que fue para la M y después se acercó hasta aquella otra consonante en la que encontró lo que ya esperaba.

***

Para que un secreto sea tal, lo ha de conocer al menos una persona, sin son dos los partícipes es que ha empezado a extenderse y si te sientes pequeño y marginado necesitas que te acepten a cualquier precio. – ¿Y qué significa esa letra en tu nombre?- se burlaban de nuevo- ¿Por qué no lo buscas aquí que dicen que están todas las respuestas? Ja, ja, ja…- y allí estaba. Antonio leyó con orgullo las dos líneas dedicadas a su tocayo imaginario, dejando perplejos a sus compañeros que, sólo tras un buen rato intentaron replicar- Pero ese hombre está muerto, ¡no puedes ser tú!

– Eeeh, sí- las mentiras se hacen fuertes entre ellas- es que fue mi tío abuelo político- empezando a creérselo- ya os dije que desciendo de un gran linaje- propagándose, siendo por primera vez respetado.

***

En uno de los rincones, Albert, había comenzado a apilar todas las cartas que en la última semana habían empezado a llegar. Era la primera vez que alguien perdía el tiempo en felicitarle por su obra y, esto, le llenaba de satisfacción. Y no sólo eso si no que hoy mismo había recibido un inmenso paquete, con remite desconocido, que abría nervioso. En un sobre, una misiva que le explicaba que el resto de papeles que le acompañaban no era más que la correspondencia que Vivaldi mantuvo con la madre del desconocido. Lo dejó de piedra, pero no fue la única que lo paralizó. Desde ese momento diferentes personas de distintas partes del mundo le notificaban infinidad de acontecimientos del compositor inventado. Desde anécdotas hasta partituras pasaron por sus manos obligándole a aceptar una fábula, a creer lo increíble.

***

Como el año anterior, un ventiocho de Diciembre, otro «Estimado Don Nadie» le preguntaba a Antonio por Vivaldi:

«… aunque más que por él, le pregunto si alguna vez fue real. He tenido miedo de que descubrieran que fue un engaño, todo ha ido demasiado rápido y ya no me atrevo a decir la verdad porque me tomarían por loco, o acaso no lo estaré ya. He oído tantas veces sus composiciones, antes nunca lo hice y … por favor contésteme, dime que no existió realmente.»

«Querido Albert»-contestó- «Ahora puedo decirte que sí fue real, aunque antes nunca lo hubiera dicho.»

LaRataGris.


Cátodos inodoros

5 noviembre 2008

Como un relámpago, siempre cae igual. Al menos, así ha sucedido esta vez, y no parece distinto a otras veces que lo vieron por televisión. Edificios caídos, gris por todas partes y olor a algo que nunca antes habían olido, por que los informativos nunca traían el olor.

Pocos que han sobrevivido, casi un milagro, o más bien no, deliberado, que nadie olvide lo que paso. Se necesita que alguien recuerde los vahos saliendo de la tierra, envolviéndolo todo, incluso a los fantasmas de carne quemada y ese olor nauseabundo, penetrante.

Nunca te puede pasar a tí, «Ayer pague el recibo de la luz, del agua, la comunidad, basura, circulación pero ese olor…»

De los vivos ya no todos andan, cojean o se arrastran: pero los que aún tienen movilidad saben donde ir, a cualquier sitio, lejos. Huir de allí encontrar algún lugar tranquilo donde olvidar. Pero alguien tiene que recordar.

Y entonces, si, hay un milagro, sobre la mesa de madera, una vieja marca que ya nunca funcionara, pero será suficiente, o tendrá que serlo. Si la encendieran en todos los canales verían imágenes del bombardeo: los vapores, hierro incrustado en cemento, cadáveres calcinados, mutilaciones, pero ya no estaría el olor de cuerpos putrefactos, sus cuerpos descompuestos que les insisten en que han sido ellos, que hoy el telediario explica su historia y que como todas las historias tiene un final. Y por un instante la ven encendida. Se imaginan terrores inimaginables y se marcha el olor, ese terrible olor, todo se olvida y nadie recuerda nada. Carta de ajuste.

LaRataGris.


Sombras chinescas

28 octubre 2008

Son como sombras chinescas hablando entre ellas. La más alta dice qeu no sabe de qué hablar, al contrario que la pequeñita y juguetona tiene tanto que expresar y tan poco tiempo como efímero día.

La grande insiste en callar, en ocultarse hasta el crepúsculo, morir en él sin que nadie sepa que un día pensó. Pero, oh!!!, los jóvenes, con sus bravatas, con sus sueños y esperanzas, no deja de hablar, no necesita ni respirar. A la grande esto le incomoda un poco, por si alguien la oye hablar:
«No deben saber de tu pensar»- le dice recriminandola. Pero por dentro sonríe, pues sabe que en otra puesta de sol fue menor y como a su amiga le gustó pensar. La diminuta sombra también sabe que la mayor pensó y que ella como la otra crecerá. Pero se entristece al pensar que podría cambiar como cambia quien se hace mayor. Decidió no crecer y luchar por ser sombra juvenil. Muere en la penumbra del callejón sin saber si otro día seguirá siendo así.

Y tu sombra ¿sabe pensar por sí?

LaRataGris.


El container hermético

20 octubre 2008

Mi horario es sencillo y rutinario en la medida de lo posible, es decir, a menos que el jefe necesite que haga más horas extras , o que algún cliente rezagado quiera ser atendido, por tiempo indefinido, fuera de mis horas de trabajo. Así pues, ficho a las cuatro de la tarde con la esperanza de poder escapar a las diez olvidando todo lo que me halla podido pasar entre las cuatro paredes de la tienda. Los sábados es un encierro total, mañana y tarde.

Mi compañera de piso sigue un patrón similar. Solo que ella entra a las dos y media para quedarse hasta las ventidós treinta. Nuestra vida real se convierte en un limbo extraño en el que no existes para nadie. Ni tan siquiera el televisor, tan preocupado por las preferencias, se interesa por dos personas ajenas al fabuloso prime time. Te bombardea con la basura de siempre, con una calidad incluso inferior, o al menos así era antes de que decidiésemos desconectarla para siempre.

Nuestro mundo se reduce a dormir hasta tarde, desayunar poco y solaparlo con una opípara comida que te mantenga estable el resto del día. Al menos hasta que puedas cenar tras una hora de trayecto. La basura se acumula en la cocina, no podemos bajarla ni antes de irnos ni después, cuando llegas y no eres más que un fantasma inexistente. Si alguna vez te ha tocado tirarla y has leído la pegatina que tienen todos los containers, antes de que alguien la arranque, claro está, sabrás que te piden que lo hagas de Siete a Nueve. Nos han prohibido tirarla y para esto es para lo único que se nos tiene en cuenta. En los vertederos municipales hay expertos analizando tus desechos. Buscan saber cuánto tardas en lanzarla y si estás dentro del horario. Les ahorraré el esfuerzo, nosotros no seguimos su horario. Quieren que todo funcione con la precisión de un reloj suizo. La idea no es reducir las horas de condena si no temporizar la vida. Para esto último, yo les propongo que a las nueve el cubo se cierre herméticamente. Una cámara debería vigilar que no la deposites al lado y una multa, pues todo se arregla con dinero, te ayudará, en mi caso, a que la almacene toda en casa, hasta el domingo en que pueda seguir sus pautas.

En Navidad, que se abre de lunes a domingo, montaré un vertedero en la cocina o si no me llevaré la bolsa al trabajo y a las siete pediré permiso para salir un momentito, siempre a cuenta de vacaciones, por supuesto.

LaRataGris.

Tras escribir la historia me dí cuenta que según el municipio el horario de la pegatina puede variar, por eso allí donde se indica el horario de mi ciudad cámbialo por el de la tuya.


La pareja disfuncional

14 octubre 2008

A tí te gustan las mujeres y a mi los hombres. Tú eres una niña y yo un crío. Nos damos la mano por la calle, somos extraños.

Lo que te hacía parecer más bonita era que eras un marimacho, hablabas con fuerza y te pintabas barba de dos días. A tí te gustaba verme de gitana, con mi falda plisada, haciendo que volase delante de tu cara. Remarcaba mis labios y enloquecías, tú me llevabas bailando lento y era así como nos queríamos.

Luego llego Tami, que te llenó la cabeza de tonterias. Te queria normal, amando a las chicas de tu mismo sexo y sin apenas resistencia te saco de casa.

Yo me quedé solo, pensando en tí; cómo me gustaban tus calzoncillos cuando te metías calcetinas de paquete y jugabamos en la eternidad.

No es cierto que me gusten los varones, ni las hembras, lo que quería era estar a tu lado, con nuestras rarezas, sin más. Besarte en los labios, dejarte mi marca, que te moleste mi carmín.

No creo que me llegases a amar, solo buscabas reflejos que no eran ciertos, espero que ahora seas feliz, aunque yo sólo me quede con los recuerdos.

No te olvides de que si algún día necesitas un medio hombre, aquí estaré para tí.

LaRataGris.


El formato desconocido

8 octubre 2008

La imagen es perfecta. Cada niño tiene los rasgos bien definidos, con sombras difusas sobre los pliegues de la ropa y un sudor frío que imita el nerviosismo de su mente en cada pregunta del maestro.- ¿Los tres formatos dominantes?- articula Juan- El jpg de las fotografías,- con cada palabra agacha más la cabeza- el bitmap y…- duda- Gif?- cuestionándose su propia afirmación.

-Muy bien, sientese.-se deja caer en la silla, aún transpirando, mientras otra niña comienza a exudar al escuchar su nombre en la voz metálica del adulto.

Un tenso silencio se difumina por el aula, intranquilizando el, ya de por si nervioso, intelecto de Juan. Sus pensamientos parecen caballos desbocados que, a punto de traicionarle con sus relinchos, le obligan a desconectarse presionando el botón del baño. Apaga su visor y desaparece la clase, esta en su cuarto.

Se relaja un poco, acaricia un disket de tres cuartos que descansaba en su regazo y suspira soñando con lo que contendra. Cuando regrese a la escuela se habra obligado a olvidarlo, para que la red no lo detecte en sus ondas, esa extensión desconocida que su ordenador no reconoce.

Al visitar a su abuelo, siempre recuerda lo que es el sol. El se lo explico una vez- es la bombilla que ilumina todas las habitaciones-le dijo- de cuando la ciudad estaba conectada por calles y la gente podía pasear fuera de la red- hoy ya nadie sale de casa. Su visor imagina una puerta en un pasillo, parcialmente pixelada por ser lugar de paso, tras la puerta se abre la estancia a la que quiere acceder y allí ve al anciano, junto el holograma de un fuego que no da calor.

-pasa hijo, pasa- la voz trémula vibra en el tweter interno. Le da dos besos en la mejilla, controlando el escalofrío que provoca el roce de una imagen real con otra generada.

Suele escuchar con atención las historias que le cuenta del pasado, deja que divague sobre cualquier insignificancia que el octogenario considere oportuna y, si no fuese por el enigma del formato volvería a dejarse llevar de la mágia de otros tiempos- ¿Qué extensión es la TGA, abuelo?

Sorprendido reconoce el término obsoleto- Eso es muy antiguo, apenas quedaban cuando yo era niño y desde luego me extreña que tu conozcas el termino.

.bueno, me han explicado algo en historia de la informática, pense que tu…

-Si, si claro que se algo- pierde su mirada en el techo, buscando el hilo de lo que contara a su nieto- Eran archivos de imagen, muy pesados, ocupaban tanta memoria que acabaron desechandolos por otros formatos más interesantes.

-¿ Y que tenían?

-Vete a saber, lo que hubiese querido guardar su dueño- decepcionado por estar igual que al principio comienza a marcharse cuando- eso si, corria un rumor.

-¿Si?- sus ojos parecen a punto de estallar de la emoción

-Si, dicen que antes de desaparecer algunos subversivos se encapricharon del formato. Aprovecharon que se comenzaba a aparcar y el echo de que cada vez fuera más difícil de abrir para guardar en este formato lo que llamaron el proyecto Pandora

-¿ Y que paso después, abuelo?

-Nada, se dejo de conocer la leyenda. Supongo que sería un bulo para que nadie intentase guardar algo en TGA, o quizas los detuvo al policía, no se hijo mio, no se.

Siempre que se desconecta ve la misma puerta que se cierra tras de si. Da lo mismo de donde venga, a donde vaya. Es madera imitación a wengue, de un marrón oscuro que no disimula los nudos de lo que se supone fue un árbol. Al fondo del pasillo que se abre frente a el la misma reproducción, en esta ocasión, tras ella, se materializara su cuarto mientras su mente asimila la reentrada.

No nota la reestructuración de su cuerpo, no puede dejar de pensar en lo que su abuelo le acaba de contar y, eso, le distrae. No siente a su ser formarse al girar el pomo y no reconoce la habitación cuando se dibuja ante el. Es más oscura, llena de papeles y un hombre iluminado por una vieja pantalla de ordenador.

-pasa- le invita sin apartar los ojos del monitor- espero que no te importe que haya entrado en tu sistema. Yo soy xibec- voltea todo su cuerpo, tendiéndole una mano amigable al desconcertado Juan Asustado tiene la tentación de correr, alejarse de aquel individuo que no debería estar allí. Sus piernas reciben la orden, dispara su masa por el pasillo, buscando el amparo de su abuelo. Al abrir de golpe la puerta de la que salio se vuelve a encontrar con el desconocido.

-es fantástico lo relativo del espacio en la red ¿no crees?-no espera respuesta-anda pasa, no sigas esparciendo tus pensamientos. Aquí dentro nos protegen firewalls, no entrara ni saldra nada que yo no quiera.

Venciendo su reticencia se ve arrastrado al interior

-te estuve escaneando ¿sabes? La red no es un buen sitio para esconder secretos, pero que demonios, de otra forma yo no tendría trabajo ¿no? Anda dame el disket – retrocede un paso aun mas acongojado- no te preocupes joder, no te lo podría quitar. Tu eres un virtual y yo no pienso salir de aquí para que alguien me halla preparado una encerrona en tu cuarto, si ni siquiera viajo entre redes, lo hago todo desde aquí- señala el tft- con el observo y atraigo solo lo que me interesa. Sin necesidad de ese hiperrealismo por el que pagais tan alto precio. Venga que no tenemos todo el día, metelo e tu máquina y enviame su contenido, vamos a ver que guarda tan celosament ese niñito.- sin saber por que le hace caso- bueno una imagen, bien tardare un poco en encontrar su algoritmo asi que si quieres ponerte comodo estas en tu cuarto.

Sus dedos se mueven rápido por el teclado, apenas se adivina el movimiento debido a la velocidad que alcanza. Pasan las horas, una tras otra, incontables.

-bueno ya esta, acercate a verlo, no es tridimensional asi que no te lo puedo enchufar a un visor. ¿sabes? Hubiese estado bien tener otra imagen para comparar el codigo pero bueno, tampoco sabremos si hay algo mal.

Poco a poco se forma la imagen, de una forma lenta, difusa al principio para precisarse mas tarde.

En ella se ve una niña, un dibujo modernista con vuelos en la falda que se desdibuja sobre un fondo negro. Sostiene un cofre hermosamente cincelada en verde y dorado. El hacker la mira extasiado, rozando el plasma con los dedos, montando unas aguas sobre otras en la figura de la niña-ahhh!!! Pandora.

-¿Quién es?-pronuncia sus primera palabras en la habitación.

-no es un quien, es un que. Un símbolo de la libertad. Solo ella puede abrir la caja cuando quiera, no acepta las ordenes, el mayor mal de nuestro tiempo, el pensar por uno mismo. Ese es su secreto.

-¿Y que hago con el?- la respuesta llega sin una mirada de quien solo tiene ojos para su pantalla.

-olvidala, pierde el formato por que cuando salgas de aquí no tendras protección y tu mente sera un hervidero de lo que has visto. Te descubrira la red si no sabes ocultar tus pensamientos.

Más que nunca querria ver el sol, más que nunca querria que no fuese delito lo que esta pensando por que sabe que la guardia neuronal entrara en cualquier momento en su cuarto para quitarle el disket y quizas algo más.

LaRataGris.

 


El cazador de estrellas

30 septiembre 2008

El cazador de estrellas es más pequeño de lo que puedes imaginarte. Es sólo un crío que, en el tiempo que tardas en decir esta frase, ya ha dejado de serlo. No quedan niños en Palestina. Los que no han muerto en la guerra, han crecido demasiado deprisa. Sus frágiles mentes se fragmentaron para evitarse sufrimientos innecesarios, son diminutas versiones de un adulto. No juegan, únicamente intentan proteger sus vidas para que el cuerpo alcance en estatura la madurez que las circunstancias les han impuesto.

El uniforme le va grande al cazador, le hace tambalearse el peso de su fusil de asalto y el cazamariposas casi parece una broma, como si alguien lo hubiese colocado para decirnos-¿no te das cuenta?¿no ves que no tiene más de trece años? – Y quizá tenga razón. Bajo la capa de rabia, en lo más profundo de esos ojos inyectados en odio, un corazón infantil debe estar latiendo por salir a jugar con sus amiguitos, pero no puede, tiene una misión que cumplir.

Las estrellas no son de nadie. De tanto en tanto algún necio las reclama como conquista de su pueblo o las intenta utilizar de símbolo de su lucha. Ellas brillan en el cielo, ajenas a los conflictos mundanos, mientras que los hombres se inventan todas estas historias que justifican sus locuras. Por ejemplo, cuenta la leyenda que, sobre el suelo de Palestina, prende el fulgor de aquella que señala con su fino haz de luz la tierra prometida.

La Estrella de David no es más que una lámpara colgada en la bóveda celestial. La colocaron allí donde les convenía que iluminase y cada noche, la ironía hace que un gigante la suba para después bajarla cada mañana, que el engaño sea perfecto y todo el mundo pueda ver que el cuento es real.

Nuestro niño-adulto dibujaba un mapa del firmamento. Una pequeña guía en la que lo dibujado era todo lo que ya había explorado y quedaba por escudriñar lo que aún permanecía virgen en su hoja. Observó detenidamente cada puntito de luz, analizó el más ínfimo detalle de cada astro hasta estar seguro de que no era la que necesitaba, entonces hizo otra marquita en su papel y continuó la búsqueda. Ya había terminado con la mitad de lo que alcanzaba la vista.

A veces la casualidad nos lleva hasta rincones que el trabajo no sabe ver. A veces alguien arranca una estrella del cielo, la desintegra entre sus manos para conseguir algo de polvo estelar y cuando abre los puños para ver su tesoro, el viento le roba una pizquita que cae sobre una cabeza. Tan poca cosa que apenas se giró a ver qué es lo que estaba pasando, pero suficiente como para ser intrigante. Y, cuando el cazador atraído por la plateada brisa, decidió mirar en una de las zonas en las que ya se había parado, estaban desapareciendo todos los luceros. Perplejo, repasó sus dibujos para comprobar cómo éstos tenían un mayor número de estrellas en aquel cuadrante. Volvió a mirar la devastación que tenía lugar sobre su persona y entonces vió las palmas recogiendo las luces nocturnas. Era un ser tan desproporcionado que no se explicaba cómo hasta entonces no lo había visto nunca. Sus pies se fundían en el suelo hasta parecerse a una tierra sin dueño. Las manos no eran más que nubes tapando las estrellas, de sus labios salían los vendavales que gopeaban la región y sus lágrimas eran las escasas lluvias del lugar. Era un enemigo tan formidable que en su vasto tamaño sabía pasar desapercibido convirtiéndose en el paisaje.

Él, en cambio, era tan diminuto que desaparecía ante los ojos del titán. Ni tan siquiera era una hormiga, simplemente se había convertido en una insignificante motita a la que ignorar.

De una forma mecánica recogía, aplastaba y se llevaba a la boca todo brillo que se cruzaba en su camino. Allí mezclaba su saliva con el polvo y obtenía una pasta pegajosa que había perdido la belleza de las antiguas dueñas. Con esta mezcla era con la que iba construyendo un extenso muro alredededor de una única estrella, que en el centro de una nada azul marina brillaba sin demasiada gloria pero engrandecida en su soledad.

Como un átomo chocándose repetidas veces contra la pared, así se sintió al inicio del viaje. Más bien poca cosa que grita una rebeldía que nadie escucha. La nula resistencia de la bestia contrastaba con la complicada ascensión. Fue prácticamente imposible subirse al pie, lo hizo saltando por el dedo pequeño, enganchándose a la uña y desde allí trepando hasta la pierna. El vello corporal, duro como las ramas de un árbol joven, le sirvió para simplificar el esfuerzo.

Más tarde se colgó de sus ropas, viajaba entre los pliegues y las arrugas, improvisadas carreteras que hacían más sencillo el seguir subiendo. Dejó atrás su fusil, demasiado pesado como para seguir cargándolo e inútil contra el enorme enemigo, abandonó el cazamariposas agotado por el esfuerzo de llevar cualquier cosa. A la altura de la cintura no llevaba más que lo justo y necesario. Había subido tanto y tan rápido que el oxígeno empezó a escasear, la presión taponaba sus oídos y el viento, a esa distancia del suelo, era gélido azote que había comenzado a helar sus esperanzas de éxito. Aún así continuó escalando, calentándose con la idea de ayudar a su pueblo o al menos intentarlo, no dejarse morir sin más a mitad de ninguna parte. Resbaló varias veces con la escarcha formada y, a punto de desfallecer, cuando realmente no podía más volvió a notar un leve bochorno que parecía aumentar con la altura. La cercanía de las estrellas parecía irradiar una suave brisa que le daba una nueva vida. A partir de ese punto con las fuerzas recuperadas todo se hizo mucho más fácil hasta llegar al hombro.

Aquí los movimiento eran más bruscos. Los brazos no paraban de girar de un lado a otro, recolectando, llevándose hacia los labios, contruyendo,…

El cazador suspiró ante la última prueba y comenzó a correr en dirección a la mano, soñando con que no se caía, al menos tenía que llegar hasta el codo y desde allí podría saltar al muro.

Los pelos dispuestos como una selva negra le ponían trabas a la par que le servían de asidero para no perder el equilibrio.-Un poco más- se animaba para darse fuerzas- sólo un poquito más- y llegó.

Bajo sus pies, el muro de polvo y saliva se extendía inmenso, alejándose hasta el infinito. En uno de los territorios serparados se podía ver la bóveda celestial sin dueño, repleta de puntitos de luz. Hacia el otro lado un mar yermo, con una única estrella rodeada de, ya pocas, lucecitas que iban desapareciendo.

Abandonó la muralla, dejando que las aguas cubrieran su cuerpo. Mientras nadaba hacia su destino se fué fijando cómo una estela plateada quedaba tras él, formada por las partículas que se le pegaron en el muro a los pies. La tranquila calidez iba inundando cada vez más su espíritu, hacía tiempo que no se sentía tan bien.

Estaba a apenas unas brazas de la estrella y ya podía distinguirla de una forma bastante clara. Era de metal forjado, de seis puntas perfectamente cinceladas. Su luz provenía de una pequeña vela que habían puesto en su barriga, protegida del viento por una cúpula de cristal. Cada detalle parecía preciosamente estudiado, su belleza meditada para ser suficiente sin apabullar. Fuertemente anclada, cuando llegó el cazador sabía que tendría que forcejear para poder llevársela, de nada le serviría el cazamariposas abandonado. Miró una vez más al gigante, ciego hasta el momento a cada uno de sus actos, cuando viera moverse la estrella seguramente prestaría más atención a lo que allí pasara. Por un momento pensó en abandonar mientras podía. Toda la harmonía que había respirado en este lugar le había servido para borrar su rabia, no quería tener que seguir luchando pero tampoco quería no poder volver nunca más a aquel sitio, con la partida de su odio había quedado espacio en su cabeza para otras ideas que le llevaban a la misma conclusión, aunque por distinta senda.

– He caminado por la piel de un gigante.- pensó- era como una montaña enorme que me aceptó a pesar de ser de otra raza. También me he bañado en un cielo que no es el mío, y sus aguas me han acunado igual que se hace con un hijo. Estoy tocando una estrella que no ha de iluminarme y, sin embargo, me ilumina. Nadie debería adueñarse de lo que es de todos.

Se sumergió buscando el lugar en el que la estrella estaba atada. A su alrededor, millones de cuerdas fluctuaban en la suave corriente, sin nada que sujetar. Buscó entre su ropa algún cuchillo con el que cortar la soga pero lo había dejado todo por el camino. Sustituyó la fría hoja de metal por el marfil de sus dientes. Mordisqueó diez veces y salió a respirar, volvió a hundirse y de nuevo fuera. Podría haberse pasado media vida así pero no tenía tanto tiempo. Pronto amanecería y, entonces, el gigante vendría a recoger la estrella, y si él no se la había llevado aún todo el esfuerzo habría sido en balde. Desesperado, comenzó a tirar con todas sus fuerzas pero no consiguió nada. Sus músculos se tensaban una y otra vez. Parecían querer reventar la piel del pobre cazador que había decidido llevarse de allí aquel trofeo costase lo que costase. Con la única idea en la mente de evitar que siguiese marcando aquel lugar como el sagrado de unos pocos, se peleó contra su propia racionalidad que le aconsejaba abandonar, luchó contra el dolor que le provocaba el esfuerzo y finalmente se vió recompensado. Cuando el último gramo de esperanza le había abandonado el cuerpo, un rayo de luz vino a iluminarlo. La fibra fue cediendo poco a poco, al principio de una forma apenas perceptible, pero cada vez más evidente, hasta que consiguió partirla. Y la alegría desbordó su cuerpo.

Duró bien poco. Al quedar libre de ataduras, la lámpara se desprendió, cayendo hacia la tierra a una velocidad vertiginosa. La cuerda aún atada por uno de los extremos, se enredó en el pie del cazador y le obligó a seguirla cielo abajo hasta una muerte segura.

El gigante, a su vez, intuyendo el peligro, salió corriendo hacia la estrella y sin ver al pobre desgraciado la cogió antes de que ésta tocara el suelo, salvándola de quedar aplastada. No tuvo la misma suerte él. Al detenerse la caída de una forma tan brusca, sufrió una fuerte sacudida que le hizo desenredarse para seguir precipitándose. Intentó asir el cabo suelto, pero la tierra ya le había llamado.

Nadie llora una muerte que forma parte del paisaje, nadie lo echa en falta ya que, incluso, su trabajo lo realiza otro. El nuevo cazador de estrellas es solo un crio. Viste hecho un facha, con unos aparatos que no le servirán de nada ante el magno enemigo. Ha decidido dibujar un mapa del cielo con el que poderle robar los símbolos a sus adversarios. Tuvo la idea al encontrarse porción ya pintada, él continuó por la otra mitad.

Puede que con el tiempo, con la muerte de unos poquitos más, aprendamos a convivir, aunque lo más seguro es que no sea así porque, para eso, el ser humano tendría que dejar de vivir en territorios para empezar a hacerlo en una tierra de todos.

LaRataGris


Infantil

23 septiembre 2008

He perdido la noción del tiempo. Sé en qué año estamos, aunque no sé muy bien qué significa esto. Dos mil cinco, nací en el treinta y tres, así que ahora debo tener nueve o diez años, aún soy joven.

Miro a mi alrededor, estoy rodeado de viejos. Cada día más arrugados encorvados del peso de su propia edad, presos de un cuerpo frágil. Me comparo con las imágenes del televisor, de las revistas, también llenas de ancianos. Deben tener entre veinte y treinta y pico. Nunca se sabe con esto de las operaciones. Aún sigo siendo un crío a su lado.

Una vez pasé por quirófano, no por aparentar lo que no soy, no tenía arrugas que planchar. Quise retrasar mi madurez y ahora debo aparentar tres años- ¿a que nadie diría que ya tengo dieciocho?

Pensar en esto me da dolor de cabeza. El otro día escuché en el telediario que se habían disparado las ventas de aspirinas infantiles. Es curioso porque ya no veo niños por las calles. A parte de mí, todos son como momias. Incluso el presentador, actuando como un adolescente que no se admite tal cual es, no como yo, que nunca renegaré de mis cuatro añitos tan bien llevados.

Debo ser el último niño de la tierra. Me tomo mi aspirina sin un buen resultado. Nunca lo tiene pero soy joven, eso es lo importante, tengo nueve meses.

LaRataGris.