Se acercó en silencio, intentando que su respiración no moviera las moléculas de aire.
– El Observador- susurró su presa – modifica el experimento.
Si lo escucho hizo caso omiso. Agazapado continuó de cacería mientras el sujeto a estudiar fingía pacer en aparente tranquilidad.
Creo que no me ha detectado. Rasga sobre el papel, esboza una imagen del animal, su entorno; intenta reflejar todos y cada uno de sus detalles. Unicamente respira cuando cree haber capturado su esencia.
– El observador- vuelve a decir la cobaya justo antes de salir brincando.
Pero el observador no hace caso, ya ha obtenido su trofeo. Lo vuelca todo en un libro que ofrece al mundo.
Baja flexible, reincorporación gradual,… llámalo como quieras que sigue siendo lo mismo. Las personas tienen derecho a enfermar sin que nadie te tenga que decir nada.
Su nombre era la contracción de dos nombres que se rompían, el susurro silencioso de una enredadera llena de flores marchitas.
Nos conocimos un mes de enero, junto al estanque.
Él llevaba a cuestas su vida triste mientras yo caminaba con cuidado por no pisar ninguna bomba.
La conexión fue inmediata; caímos muertos sobre el mismo lecho de hojas. Nuestras almas atrapadas en la tierra de los vivos y nuestros cuerpos sin poder tocarse, intangibles.
Mi nombre era el suyo invertido, mis ideas suyas también.
Ya nadie recordaba a Andrés. No como si hubiese desaparecido, más bien como si nunca hubiese existido.
Teníamos amigos en común con los que crecimos, con los que nos dolimos, que siempre preguntaban: ¿Andrés? ¿Qué Andrés?
Tampoco nadie recordaba ni una sola de sus actuaciones como mago. Andrés el grande, nunca fue el mejor prestidigitador. No destacaba ni por arriba ni por abajo. Llegaba hacia volar una carta a la que se le veían los hilos y lo solucionaba con alguna gracieta. Pero es que se habían borrado los videos de sus actuaciones, se esfumaron todas sus fotografías, desaparecieron los recuerdos
Ni siquiera sus padres parecían saber quien había sido. Para ellos solo estaba Iván, su hermano pequeño, que tampoco pensaba en el mas que como un amigo invisible al que había llamado Andrés.
Unicamente yo parecía haberlo conocido. Como un esquizofrénico que inventa voces, volviendo una y otra vez a nuestra última conversación.
-El consejo – me hablaba del consejo secreto de magos y brujas – me ha convocado para una misión de la que no creo poder volver.
Luego me entregó el medallón de Lera y nos despedimos con un abrazo.
Esa misma noche el medallón brillo antes de que todo el mundo se olvidara de él.