En el silencio de la noche se quebró en un ruido seco y constante.
– Es la hora – se dijo en el ritual de poco antes de la una. Recogió el desorden del momento y, como una inercia más, se derrumbó derrotado.
Una madera a la deriva; dejando que las olas de las sabanas empapen su espalda y la deshagan lentamente.
La piel cae como polvo, como semillas.
Respira un poco más lento, intentando concentrar sus heridas a lo largo de la columna vertebral, consciente del grito de cada una de sus células.
Inunda el colchón con los flujos de la desesperación, de la aceptación.
Respira tan profundo que se arquea hasta quebrarse con un sonido seco y penetrante. Las costillas atraviesan su piel, se retuerce como los nudos de un árbol. Sus huesos atraviesan la cama, se transforman en raíces con las que absorbe los nutrientes del suelo. Entonces germinan las semillas que había plantado, se le enredaban atándole un poco más a la tierra.
El cansancio, el dolor, le abandonan, desaparece en dirección contraria a los nutrientes.
Llora en ausencia de tormento. Completamente desconectado se hace consciente del daño. Se hace uno con el miedo y, finalmente, se duerme en la tortura de no sentir.
Se desprende, desaparece.
Al día siguiente, como cualquier otro día, rompe raíces y vuelve a rodar ajeno al descanso. Obviando cada pinchazo, todos los rotos. Normaliza el daño y la pena.
No hubo nada extraño en caer muerto, en que drenase su sangre, que cayera como hilos de olvido. Durmió como un vegetal y se levantó dispuesto a dolerse de nuevo.
LaRataGris
Escrito por laratagris 












